El campo y la industria eran claves, en la mirada de Juan Bautista Istilart

Opinión

Por José Mariano Pérez

Istilart, siempre un paso adelante

05|07|20 11:53 hs.

En la crónica anterior había comentado que el primer trabajo que tuvo Juan Bautista Istilart en Tres Arroyos fue en el Molino Mayolas. Este se encontraba situado en la unión del arroyo Orellano y Del Medio, que dan nacimiento al Claromecó. Se ubicaba a 7000 metros del centro de la ciudad. 


El establecimiento fabril de Mayolas, inaugurado el 22 de marzo de 1890, fue el primer molino harinero y la primera industria de nuestra ciudad. Inicialmente se llamó Molino Tres Arroyos. Se trataba de una fábrica no contaminante, ya que aprovechaba las aguas de los dos arroyos como impulso hidráulico para la molienda. La fuerza impulsaba al rodón que constituía el alma del molino. Dos tajamares construidos sobre los arroyos Orellano y Del Medio, hacían derivar las aguas por un canal que después de pasar por las instalaciones del molino se desagotaban en el arroyo Claromecó. 

A los dos años de crear el molino, Don Félix Mayolas muere de un ataque cardiaco. Su viuda continuó con la industria, pero otros acontecimientos hicieron que el molino, poco a poco, fuera perdiendo vigencia ya que establecimientos similares, como Molino de la Rosa sobre el Río Quequén Salado y Molino Americano colmaron la demanda de harina de los lugareños.


Juan Bautista Istilart, en una ilustración de Pomo


Istilart a poco de andar e impulsado por su espíritu inquieto se fue dando cuenta de que el trabajo administrativo no era lo que más le interesaba y, como consecuencia de ello, descubrió que su realización como individuo estaba en una actividad ciertamente diferente. "Me asignaron un sueldo de sesenta pesos mensuales. Como en las oficinas no estaba muy a gusto, me hice pronto cargo de dos máquinas trilladoras. Con ellas logré dos cosas: emanciparme económicamente y descubrir mi verdadera vocación: la mecánica", dijo en una entrevista que le realizó la revista Mundo Argentino de la ciudad de Dolores. 

“Me hice pronto cargo de dos máquinas trilladoras. Con ellas logré dos cosas: emanciparme económicamente y descubrir mi verdadera vocación: la mecánica”


Por sugerencia de Teófilo Gomila, fue que Istilart se hizo cargo de la primera trilladora a vapor que existió en el partido de Tres Arroyos. Era de marca Clayton. Cuenta nuestro protagonista que la primigenia trilladora la consiguió fiada. Con su explotación, a los pocos meses y con la ayuda de un crédito otorgado por el Banco de la Provincia de Buenos Aires, compra la segunda máquina y así sucesivamente, logrando formar una flota importante. Se había convertido en contratista rural. El comentario que hiciera Don Juan Bautista con suma humildad no fue, sin embargo, un hecho de escasa relevancia, ya que marcó el comienzo de una nueva era en los campos del partido de Tres Arroyos. 

Istilart decía “este lugar, cuna de nuestra agricultura, estaba estrictamente encerrado dentro de los límites del ejido de las chacras del partido y fue motivo de escándalo, para un muchacho de poco más de veinte años, que era yo, el constatar que se habían sembrado 50 hectáreas, pues creía que la agricultura era para las chacras y la ganadería para los campos”. 

En el tiempo libre que le dejaba la cosecha emprendió pequeñas empresas, tales como representaciones comerciales, teneduría de libros, una casa de fotografía (la primera de Tres Arroyos y cuyo laboratorio fue encontrado décadas más tarde en la vieja casona de calle Suipacha frente a Huracán) y una panadería. Tenía una capacidad de trabajo formidable. 

Durante la noche, quitándole horas al sueño, e iluminado con un viejo farol a querosén, leía cuanto libro pudiese conseguir. Principalmente le interesaba aprender sobre física, matemática y organización comercial, sin dejar de lado la filosofía. Dedicó la mitad de sus días al estudio y la meditación, y adquirió en el libro esa admirable y profunda preparación intelectual puertas afuera de colegios y universidades. Ávido lector, se alimentaba de conocimientos día tras día y sumado a su innata inteligencia, vislumbró que el futuro estaba en la industria y el campo.    

Por José Mariano Pérez