Opinión

Editorial

Infectadura, un concepto extraño

05|07|20 17:53 hs.


El concepto que titula este comentario editorial se incorporó lentamente al mundo político para describir el momento que estaríamos viviendo. Como sus sílabas lo sugieren, es una mezcla de infección y dictadura, cuyo resultado más palpable sería la implantación paulatina, de un régimen de tipo dictatorial o autoritario, utilizando la excusa de la pandemia. 

 Es importante recordar que la dictadura era una magistratura extraordinaria cuyo origen se remonta a la época de la República Romana (529 al 27 a.C.), en donde se le otorgaba (el Senado lo daba) legalmente el poder total a alguien, por tiempo limitado, a raíz de alguna causa lo suficientemente grave para hacerlo necesario: guerras o revueltas políticas, por ejemplo. Es bueno señalar que Roma era un imperio, en donde la ciudadanía era un privilegio de pocos y la guerra y sus efectos políticos inestables podían ser constantes, al igual que las convulsiones sociales o de otro orden, que pudiesen desencadenarse en el centro de sus vastos dominios o en los márgenes de los mismos. Luego el término fue tomando otras connotaciones, resultado de una larga y rica experiencia histórica occidental, ya pasados más de 2000 años desde que se acuño por primera vez el término dictador. 

 Contemporáneamente, la democracia, ha sido definida de muy diversas formas y por esa razón, fue necesario cierto consenso académico para calificar como democrático a un régimen político. Las variedades, estilos y modos, siguen siendo muchas, pero la base imprescindible para calificar como democrático, es común. Son estos, regímenes en donde se encuentras las siguientes características: derecho a votar y ser votado; elecciones limpias donde cada voto vale lo mismo; funcionarios representativos del voto popular; existencia de alternativas políticas diversas; libertad de expresión y variedad de información y la existencia de un marco institucional que garantice esta base mínima. 

 La Argentina la cumple desde 1983. Es la arquitectura básica de lo que se llaman Poliarquías (gobiernos de muchos) y eso no ha cambiado en estos más de tres meses de cuarentena. Sencillamente porque en nuestro país no se han tomado decisiones que hayan alterado en modo alguno el funcionamiento de la democracia en los términos enunciados más arriba. Se ha restringido la circulación, como en todos los países del mundo, por razones sanitarias y se ha ido abandonando dicha resolución, a medida que determinados lugares han visto disminuido sus casos de Covid 19. Los medios de comunicación funcionan, los poderes que conforman el Estado también, con particularidades producto de una contingencia inédita en la historia del mundo, pero sin afectar los derechos constitucionales. Por otra parte, con los resguardos lógicos, la educación funciona y el sistema de salud también, al igual que las fuerzas que garantizan la vida y la propiedad de la ciudadanía en su conjunto. Podemos discutir la forma, la implementación, los estilos, pero el fondo se ha mantenido inalterado. 

 Creíamos necesario recordar esto, porque a veces la disputa ideológica desnaturaliza, por obvios intereses sectoriales, algunas realidades. Eso es entendible, pero al mismo tiempo, no es razonable desconocer que la democracia argentina, aún con sus defectos, ha sobrevivido a las peores contingencias económicas y que sus instituciones son el único continente posible para resolver nuestras crisis. No se puede, nos parece, tergiversar parte de una realidad que nos debería enorgullecer, con el solo objeto de censurar una visión política. Podemos criticar, y desde este medio se lo hace, la ausencia de un plan económico pos crisis o los errores de gestión de la actual administración u otros aspectos de la realidad que nos toca transitar, pero nos parece imprudente y carente de sustento, asociar al gobierno argentino con una dictadura o con regímenes a todas luces violatorios de los derechos humanos, como el venezolano. 

 Por suerte, el sistema político no corre peligro en la Argentina. Nuestra sociedad es activa, los medios polemizan y defienden dispares puntos de vista, las redes sociales son libres y vehiculizan la opinión de la ciudadanía. No está bajo amenaza la primera de las libertades que una dictadura cercena: la de expresión. Por eso el término que titula esta columna nos parece excesivo y desafortunado. Parte de las reglas no escritas de la democracia, son las de la necesidad de un debate lícito, abierto, argumentado y sostenido en hechos. Serio. Alejado de microclimas mediáticos. No importa quienes lo esgrimen, intelectuales de renombre, comunicadores reconocidos o científicos galardonados, el criterio de autoridad no es propio en una democracia sana a la hora de debatir ideas. Sirven las razones ancladas en la realidad. Todo lo demás es frágil e inexacto. Como el neologismo infectadura. 

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