Vio la luna porque la noche estaba azulada y la bruma fue debilitándose y quedando atrás

Opinión

Tema de Mujeres. Secretos de Amigas

Leopoldo V

19|07|20 12:23 hs.

Por Raquel Poblet


Sinopsis: Sonia Brandon es una modelo veterana que gobierna la ciudad de Cabanillas. Lleva en la cintura una microcámara monitoreada por el Partido Moderno, que es el partido de gobierno del momento. 

Conoció a Leopoldo en Tailandia en un viaje publicitario. El vive en Buenos Aires y viaja a Cabanillas cuando ella lo llama. 

Los habitantes abandonaron sus casas y residencias y se recluyeron en villas miserias enrejadas y emplazadas sobre las dos plazas principales. 

Hacía un tiempo largo que Sonia no llamaba a Leopoldo para hacerlo ir hasta el pueblo. Hacía un tiempo bastante largo, quizá unos meses. Era bastante raro. Y tenía que asumir y aceptar que aquellas urgencias de su amiga Sonia lo hacían sentirse héroe o protagonista de algo. Y asumir también que a veces, cuando trabajaba (actividad esporádica y dispersa), se distraía sin querer recordando la figura estilizada subiendo y bajando las escaleras de la casa con ese conjunto de pantalón y blusa color nude que flameaba a cada escalón que bajaba. Lo distraía también recordarla besando y abrazando a la gente en la ceremonia de inauguración del Laberinto Cultural. También lo perturbaba y lo sacaba de su trabajo el recuerdo de las luces de las pantallas del pueblo, esas innumerables pantallas con Sonia en todas las poses y en fragmentos de ella, de sus piernas o de sus hombros. O ese cartelón enorme que lo llevó al accidente en la curva de la entrada. O peor. Recordaba sin querer la visita a la villa fabricada a voluntad por los mismos habitantes, una villa toda hecha con aspecto de post guerra por los montículos de escombro y por el gas pimienta pedido y requerido, como ya dije, por los mismos habitantes. O la maldita camarita que la transformaba en una bella robotita, en una cálida muñeca atractiva, porque, debo reconocer que mi amigo Leopoldo tiene algo de antiguo machirulo. 

La memoria lo asaltaba en medio del laburo. Le aparecían las imágenes sin que él las buscara. Las peores, las más invasivas, eran las de ella queriendo besarle el cuello, qué atracción sentía ella por el cuello de él, y él besándola en la cara, en los ojos, en el pecho, en esos pechos, con ese aroma; el cuerpo de Sonia es grande, esas piernas dóciles y resistentes, las caderas, esa partecita blanca cerca del ombligo, y todo lo demás, todo lo que viene y que ahora no puedo contar porque soy una narradora pacata y estoy hablando de un amigo. Qué le voy a hacer… 

La memoria no lo dejaba trabajar, y, haciendo un leve esfuerzo, notó que hacía cinco meses y una semana y media que ella no lo llamaba. Esa precisión en el conteo del tiempo significaba algo. Decidió que al día siguiente iría a revisar el auto y, bien descansado, sin urgencias, luego de un buen desayuno y de haber dado instrucciones a su empleado Iván y a la Señora Lidia, saldría tranquilamente. Eligió la música para el viaje y se fue a dormir temprano. Pero durmió poco y mal. Se levantó al alba, se tomó un café negro rápido, se lavó la cara, los dientes y salió urgido, se metió en la ruta y manejó los seiscientos kilómetros. 

Cargó gratis el tanque en lo de don Nicasio. Este se disculpó por no tener flores para la Intendenta y le dio unos gajitos que trajo de la casilla de atrás de la estación de servicio. 

-Sabe don Leopoldo, son para interiores, para la sala o el comedor. Dígale a Sonia que las ponga en agua y que espere a que eche raíces. La Señora Rosaura lo va a saber hacer… Mire, la verdad, yo quisiera cambiar de rubro. Quisiera poner acá en mi terreno un buen vivero… 

Se ve que el hombre tenía ganas de conversar, pero Leo estaba tan ansioso que no podía detenerse a oírlo. Quiso pagarle y no lo dejó. Bueno, otra vez será…

Siguió camino. En la gran curva el cartel, la gran pantalla de Sonia en Puket, estaba caído sobre el pasto, casi tocando la cinta de asfalto. No quiso mirar mucho, a ver si otra vez… Siguió derecho y entró en el pueblo. Bueno, en la ciudad. El cartel BIENVENIDOS A CABANILLAS tenía los bordes oxidados y estaba a punto de desprenderse. Continuó, dio la vuelta a la rotonda, pasó por la Intendencia. El pastito de las veredas era yuyal, y pastizal crecido. Y se sentía ese aroma de hierbas con gas pimienta o de gas pimienta con hierbas. Tocó el timbre en lo de Sonia. Los pasos de Rosaura, el medio minuto que tardó, el ruidito del picaporte. 

-¡Hola, Leopoldo! 

-¡Leo!

Rosaura lo abrazó con una efusión nunca antes practicada. La bella Sonia se levantó de un salto. Había estado en el sillón frente a la mesa ratona. Las dos mujeres iban a almorzar ahí. Sonia tenía un jogging rosa medio descolorido. El pelo suelto, más largo. Ningún maquillaje. Un poco de ojeras. Dio unos pasos hacia Leo y lo abrazó también con una efusión casi brutal. Lo besó en el cuello, le removió el pelo. Rosaura fue hasta la cocina. Ella siguió apretándolo, él también a ella, le apretó la cintura, las tetas, así, sin preámbulos por un rato, hasta que vieron volver a Rosaura con una gran cacerola. Lo condujo a la mesita adonde se sentaron los dos medio calentitos y mojaditos. Había un gran puchero, excelente menú para el final del otoño.

Leo quiso preguntarle por qué no lo había llamado en tantos meses, pero no pudo meter bocadillo. Rosaura no paraba de hablar. Relató un amor púber en su pueblo chaqueño, un amor oculto con el hijo de un capataz. Sonia la escuchaba con un tedio disimulado. Se ve que a esa historia la había contado varias veces. El puchero le había salido exquisito y se merecía la mejor de las atenciones. A Sonia se la veía renacer con la comida. 

Después del postre subieron a la habitación casi corriendo. Ella empezó a besarlo. No podían parar. Le sacó la camisa, él se dejó, se dejó desabrochar el cinturón, ella se desvistió rapidísimo, bueno, tenía solamente el buzo del yoguin, la maldita camarita, unas chancletas y nada más. Él la abrazó, la apretó, cayeron en la cama e hicieron el amor con hondura, largo, bien profundo, se oían algunos pájaros, se deshizo el tiempo.

La siesta duró hasta que se empezó aponer el sol. En otoño los días son más cortos. Se veía el cielo por la ventana. 

-Leo, sabés, la camarita se apaga y se prende. Ahora no sé dónde está. ¿Vos me ves las arruguitas? 

- Es que funciona más o menos y yo me voy arrugando… No sé. Y el Dueño se está esfumando. Dicen que está en una isla. Igual tendrá que volver. Escasean el sojapan y el jugo Tang. Por suerte los vecinos arrancaron las rejas. 

- ¿Qué dueño, Sonia? 

- El dueño del Partido Moderno. Nuestro dueño, ya sabés. Se rajó. Y te decía que por suerte los cabanillenses arrancaron las rejas de las dos villas ¿te acordás? 

-Ah, hablemos de otra cosa. Hablemos de nosotros. 

- Sí, pero te decía…. Las rejas quedaron tiradas. El servicio de barrido no me responde. Les adeudo sueldos. Tendremos que recogerlas nosotros, yo con los vecinos. No te digo de sacar los escombros porque ellos mismos, los mismos vecinos pidieron escombros tirados. Ya me estoy hartando de esto. Y no quiero ser más modelo. Me harté de los carteles publicitarios obstaculizando el paso. Además nadie los ve porque jamás salen del predio villero. E hice sacar las pantallas con mis videos. Me estaba volviendo loca de tanto verme. 

- Bueno, olvidémonos. Quedémonos. Hace frío. Cenemos más tarde con Rosaura.

-No, mi amor. Tengo que ir. Con Rosaura rociamos más las villas y mezclamos con un poco de gas pimienta porque también lo pidieron. Están las dos villas envueltas en una bruma. Y parte de la ciudad también. Quiero disipar el gas pimienta. Aunque los vecinos no quieran. No sé qué les pasa. Les encanta restregarse los ojos, toser, respirar mal. Hasta hay algunos que se arrastran por el suelo como pidiendo clemencia, pero piden más gas. No soporto gobernar así. No soporto a esta población masoquista. Quiero liberarlos. Quiero liberar el aire. Aunque sea liberarlo así, con nuestras hierbas y con nuestra respiración 

- ¿Qué respiración? 

Con la hierba la dispersamos bastante, pero con nuestros estornudos y bostezos vamos a lograr más. Nos arremolinamos nosotros en lugar de dispersarnos. Nos tenemos que apretar, abrazarnos, hacernos cosquillas suspirar, toser, estornudar, transpirarnos unos a los otros. Así limpiaremos el aire. Es un plan. Tengo algunos seguidores. Vayamos caminando. Entremos a las dos villas. Llevemos linternas. 

Ante tanta determinación y convicción, Leo decidió seguirla y hasta obedecerla. Salieron de la casa abrazados. Enseguida apareció Rosaura y se prendió al abrazo. Agarró a los dos desde atrás y se apretó a ellos. Hasta les besó el cuello caminando en puntas de pie. Claro que mi amigo no sentía ninguna pasión por la Señora Rosaura, pero se dejó hacer. Le tenía un cariño casi filial. Bueno, era como abrazar a una mamá añeja o a una abuela. Tampoco tuvo mucho tiempo para reaccionar, porque alguien los agarró de la cintura a los tres juntos, así, sin aviso. Era el secretario de la intendencia, que hasta les dio besitos.  

-Respiren, inhalen y exhalen, que ya estamos por llegar -dijo Sonia-, Se ve la bruma a unas cuadras. 

Pero no terminó de decirlo, que otro más grande los fue a abrazar. Era el hijo mayor de los rubios Lingenti, reconoció Rosaura. Siguieron caminando así abrazados en grupo, con el paso medio trabado porque eran muchas piernas juntas. Llegó la señora Recanatti, más bajita y menuda y se puso adelante, pegada a los cuerpos de Sonia y Leo. La bruma estaba más cerca. Pisaron las vallas tiradas en el suelo cuidando de no caerse y penetraron la espesura. Leo tuvo miedo y se agarró más a Sonia. Después sintió que lo agarraban a él. Era una mujer que lo acostó y lo besó. Atrás había una pared y algún animal le pasó por las piernas. Unos chicos se le tiraron encima. La mujer le desabrochó los pantalones. Otros nenes se reían y le agarraban la cabeza. Sonia… ¿Dónde está Sonia? ¿Y los demás? Había alguien arriba de la señora, ¿qué le estaba haciendo? No se podía mover, el cerebro se le expandía. Al lado se sentían gemidos. Y jadeos. Inhalar y exhalar era la consigna, pero en ese aire espeso, con ese aroma y el gas residual, sólo se podía toser, estornudarse unos a otros. Estiró el brazo y tocó las bocas, pero no podía más, atrapado por la señora y por la bruma ciega. Se dejó llevar hasta eyacular así, sin juego, sin creer, sin saber. Se adormeció. Sonia. ¿Dónde estaba Sonia? 

Más en el centro de la villa, adentro de ese soplo de sombras, entre las casillas y los cuerpos estaban Sandra y Eduardo Ferenzi entremezclados con los Rosatti, casi sin saberlo. Y la gorda Camarota apretada a dos hombres, sí, eran dos hombres. Todo el grupo cayó al suelo de golpe, sin golpearse, tosiendo y acariciándose, besándose y penetrándose frenéticamente con la ropa rasgada o rota. Los chicos saltaban y estornudaban, y se hacían manteadas, se oían sus risitas mezcladas con los jadeos de los mayores y con el maullido de unos gatitos. ¿Y Sonia? Rosaura hacía arrumacos con un hombre flaco, acostados los dos, moviéndose poco y sin mezclarse con los demás. El matrimonio Loewenstain se había dispersado. Samuel andaba en un grupo, se lo podía divisar, estaba sobre una montaña de cuerpos que ondulaban acostados, que retozaban sin pausas. Ruth con Nélida Soldati y con Luis Soldati en otro grupo que se unió al de Samuel y otros hombres más que se unieron. 


Pudo identificar a algunas personas. Reconocerlas. Todo se veía como un video pausado. ¿Y Sonia? ¿El cuerpo de Sonia?


Era verdad lo de los estornudos y las respiraciones. La bruma se disipaba un poco. ¿Y Sonia? Las gemelas Lepinguy, siempre juntitas y pelirrojas, se le subieron encima al reposado Leo, como para dormirse sobre él, pero aparecieron, inmediatamente dos chicos como ellas. Serían los únicos jóvenes que quedaban en el pueblo. Completamente desnudos, ellos, se acercaron a ellas y a Leo que estaba debajo. Los vio y sintió que, bueno, ya era suficiente. Caminar abrazado a un tipo es una cosa, pero tener los genitales cerca de los ojos y de la boca, era demasiado. Como pudo, entre toses y bostezos y estornudos, buscó la ropa. Además, se veía un poco mejor. Se calzó los calzoncillos y encontró los pantalones medio embarrados. A la camisa la tenía puesta. Se sacó de encima al cuarteto, suavemente a las chicas y a los muchachos, que quedaron solos haciendo lo suyo, que bien se lo merecen, y despacio los deslizó, los desplazó, pudo de a poco separarse, hasta que se puso de pie. Recompuso los hechos de a poco. Estaba en la Villa del Laberinto. La bruma estaba cediendo. Pudo identificar a algunas personas. Reconocerlas. Todo se veía como un video pausado. ¿Y Sonia? ¿El cuerpo de Sonia? Estaba allí. Sus movimientos inconfundibles, las piernas largas, estaba en el grupo de Ruth Loewenstain y los Soldati. Sonia en una especie de trance grupal. Se dio vuelta y trató de salir. De salirse carraspeando, como embriagado él, pero sin deleite, con una sensación de descompostura, de inminente vómito. Caminó a los tumbos hasta pisar las vallas tiradas. 

Vio la luna porque la noche estaba azulada y la bruma fue debilitándose y quedando atrás. Pasó por la villa Monseñor chicote y la vio igual, con los cuerpos enlazados más reposados y entre brumas. Siguió no tan a ciegas, pero sí como con un mareo. Pasó sin querer por la peatonal de los carteles publicitarios y alcanzó a verlos medio torcidos y caídos. El pueblo estaba en soledad. Perdón, la ciudad, como corrigió Sonia más de una vez. Sí, la ciudad, qué ciudad más extraña. Para mí sigue siendo un pueblo, pensó Leo recordando sin querer su barrio de Almagro. 

Ya casi no había gas pimienta. Sólo hierba. Sí, el aire olía a hierba y eso le gustaba y lo fue llevando sin saber hasta la casa de Sonia. La puerta estaba sin llave. La empujó un poquito y entró. Casi tropezó con la mesa ratona, pero pudo. Atravesó el living, subió la escalera, entró al dormitorio, y, sin desvestirse, se tiró en la cama. Pensó que sí, que se quedaría todo el día siguiente. ¿Y Sonia? ¿Y Rosaura? Ya volverían. 

Buenas noches. 


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