Opinión

Por Juan Francisco Risso

Rescates (Uno)

19|07|20 12:33 hs.

Borges decía que publicaba sus cuentos para no seguir corrigiéndolos. Algo así. Yo tengo, al menos, sus defectos. Y con el advenimiento del procesador de textos confieso que me salía de la vaina por retocar un poco el cuento que viene. Adecentarlo. Pero no me pertenece. 


Perteneció a un tipo todavía joven, cazador con perro, lector con veleidades de escritor, que años ha publicaba aquí mismo. Casualmente -o nada casualmente- se llamaba como yo. Él lo escribió. Y hoy dijo la radio que han hallado muerto al joven que yo fui. 

Entonces… va como lo escribiera su autor. Mi hija, que lo tipeó, sólo tuvo que agregar un acento. Al menos no tenía faltas ortográficas. Porque en lo demás dejaba bastante que desear, dicen. 

La pared medianera
Comencemos por este lado, si prefieren. De este lado de la medianera vive don Pérez, solterón, jubilado como maestro de la escuela de Artes y Oficios. Su vieja y descascarada casona está decorada con cosas tales como la Virgen de Luján, el Sagrado Corazón y retratos de sus difuntos padres. Deprimentes cuadros ovalados en color sepia, desde los cuales un hombre en anticuada vestimenta de domingo mira con ojos redondos, o aquel del matrimonio con un niñito vestido de marinero, en el cual costaría reconocer al propio don Pérez, de gorrito y falso silbato al cuello. 

Pese a ser solterón empedernido, don Pérez ama la vida y ama a los animales. Dejando de lado el gallinero, posee dos teros, una perrita pekinesa y un loro hablador, conocido como El Pepito. Ataviado con un viejo short, camiseta musculosa y zapatillas Boyero, don Pérez pasa largo rato enseñando palabras al Pepito, que habla, canta y silba de un modo francamente humano. Luego pica carne con la cuchilla y al llamado de “teri teri” alimenta a los teros, mientras la perrita -vieja ya- duerme sobre una frazada en desuso. 

Una o dos veces por mes concurre a cierto prostíbulo donde -desde hace años- mantiene relaciones con La Marta. Ya entrada en años, la pobrecilla lucha contra las injurias de la vejez. Sus senos, por ejemplo, libran una guerra desigual contra la ley de gravedad. Si está de pie, se ubican por debajo de la línea de flotación, dándole un aspecto triste. Si está acostada, huyen hacia los costados. Ha quedado relegada a clientes del estilo de don Pérez, que al menos es amable y demora bien poco en sus menesteres. 

Antaño, La Marta solía proferir grititos y exclamaciones que acicateaban al cliente, acelerando el proceso. Ahora, cuando don Pérez llega al momento culminante, ella se limita a levantar las cejas. Por lo demás, no puede evitar cierto cariño por ese fiel jubilado de camiseta musculosa, grandes calzoncillos de tiro alto y calcetines con ligas, que suele llegar con huevos o damascos de su producción, y con su bigotillo prolijamente recortado. Este es don Pérez. 

Del otro lado de la medianera viven don Otto Schmidt y su esposa. Don Otto ingresó muy joven a la Unión Telefónica, donde se jubiló con excelente concepto después de una vida de trabajo. Actualmente ha montado un taller de tornería en el fondo de su casa, y se especializa en rectificar campanas de frenos de automóviles. Toma la vida en serio y ríe bien poco. Trabaja con el ceño fruncido y pone atención a la tarea.

Doña Ethel, su esposa, también toma la vida en serio. No permite que nadie entre al inmaculado living de la casa, y quien excepcionalmente lo haga deberá usar patines de felpa. Y si luego pasa al baño verá prolijas fundas plásticas sobre el inodoro y el bidet, y también podrá oler la limpieza del recinto. Doña Ethel aprovecha hasta la última molécula de los alimentos y de los productos de limpieza, y ha confeccionado un edredón de retazos. Con estos personajes ya podemos comenzar el cuento.

Una mañana -como todas las mañanas- don Otto se encaminó de ceño fruncido al galponcito del fondo y principió por lubricar el torno. Luego lo puso en marcha, momento que estaba esperando el Pepito -oído atento- para ubicarse en la medianera y comenzar a insultar a don Otto. Terminada la fase de los insultos, El Pepito atacó la marcha peronista, cuando todos en el pueblo sabían que don Otto era radical, hincha de River e hincha de Chevrolet. 

Don Otto fingía no verlo, reclinado sobre el trabajo, pero lo observaba con el rabillo del ojo. Cuidándose de no apagar el torno para no alertar a Pepito, comenzó a estirar la mano hacia una cosa larga, que los humanos llamamos escopeta. 

Si el lector conoce “Los muchachos peronistas” diré que en el momento en que El Pepito decía “triunfaremos” se escuchó una explosión que puso en alerta a todo el vecindario. El Pepito desapareció de la medianera. Quedaron sólo una nube de polvo de ladrillo y algunas plumas verdes flotando. 

Cuando llegó la policía, don Pérez –lloroso- mostraba los restos del Pepito sobre la mesa de la cocina, y entre lágrimas repetía que el pobrecito “no hacía nada”, destacando la inocencia del ave. Don Otto fue detenido y puesto a disposición del juez. A la escopeta le ataron una etiqueta en el gatillo y al Pepito otra en la pata y finalmente los policías se marcharon con todo, mientras algunos vecinos consolaban a don Pérez y otros a doña Ethel, que lloraba retorciéndose las manos. 

Esa misma tarde, ahorros en mano y acompañada por una prima, doña Ethel concurrió al estudio del doctor Rosatto, el abogado más conspicuo del pueblo. Hijo y nieto de abogados, el doctor Rossato tenía un alto concepto de sí mismo, que se traducía en un gesto altivo y displicente. Su magnificencia era total en el invierno, cuando se ponía por sobre el saco su famoso sobretodo azul, que a decir verdad le hacía unos hombros excesivamente anchos. Tan en serio se tomaba a sí mismo que sus colegas solían amenizar los asados de camaradería con anécdotas de Rosatto, las que eran ruidosamente festejadas. Pero el doctor Rosatto, desde el olimpo de su auto último modelo, despreciaba a todos aquellos envidiosos. 

Huelga decir que no daba un sólo paso sin haber percibido un buen adelanto en efectivo. Para determinar la cifra escuchaba atentamente el relato del cliente, observaba sus ropas, su cara, y evaluaba el grado de desesperación. También los médicos sostienen que hay que cobrar mientras la herida sangra. Cobrados sus emolumentos, el doctor Rosatto confeccionó entonces un extenso alegato, en el cual decía que El Pepito, caminando por una rama del damasco, había invadido la propiedad de don Otto, y que además éste lo había confundido con un dañino loro silvestre y cosas por el estilo. Se citaba un precedente en el cual el acusado había sido absuelto por “error de hecho”. Sin embargo el juez enfermó de anginas, a lo cual se sumó una huelga de empleados judiciales, y don Otto pasó algo así como una semana en prisión, compartiendo el calabozo con un levantador de quiniela y con un joven acusado de robar lechones o gallinas. En compañía de ambos perdularios -mujeriegos empedernidos- don Otto entrevió otro mundo, otra realidad. Cuando salió en libertad arrojaba un cigarrillo al aire y lo atajaba con los labios, y hablaba de una forma desconocida para la espantada doña Ethel. 

Más espantada quedó cuando, ya en casa, don Otto exigió tener relaciones sexuales, cosa abandonada desde hacía ya mucho. Pero no paró allí la cosa. Don Otto también exigió poses amatorias extravagantes, aprendidas en sus largas charlas de calabozo con el quinielero y el joven de los lechones. La habitación estaba en la planta alta, y allí intentó don Otto cosas tan extravagantes que en un momento resbaló por la escalera y rodó hasta el descanso. Quedó boca arriba, inmóvil y con los ojos bien abiertos. Doña Ethel dio un grito, acomodó sus ropas y bajó a su lado. Después de un momento don Otto sacudió la cabeza, parpadeó y murmuró “está bueno”. Y así volvió la normalidad al hogar de los Schmidt. 

A esa altura, don Pérez ya tenía un nuevo loro paraguayo de cabeza negra -que se negaba a hablar- y el juez había ordenado tirar a la basura los restos del Pepito y se aprestaba a procesar a La Marta por prostitución, pues la policía la detenía religiosamente cada tres meses -el mes anterior había sido el turno del quinielero-, el doctor Rosatto finalmente sacó libre al joven de los lechones (aunque el juez lo hubiese liberado de todos modos), don Otto volvió a su torno y don Pérez cantó una y mil veces -con ampulosos ademanes- la marcha peronista frente al loro de cabeza negra. Pero éste se negó obstinadamente a hablar, como si sospechara los peligros de la política. Y murió de viejo, ya desplumado pero siempre precavido, y siempre de este lado de la medianera. 

Tres Arroyos, febrero de 1994.