Opinión

Por Juan Francisco Risso

Rescates (Dos)

02|08|20 10:04 hs.


Aquel muchacho que escribió el cuento –y que cazaba con perro- tenía su pedigree. Por ejemplo, contaba con el famoso alelo 334, cosa que lo llevaba a vivir “a su aire”. 

 Otro, llamémosle, “error genético” determinaba que no pudiese pisar los llamados “clubes de servicio”. En un 99% determinaba que no fuese jamás invitado siquiera a una cena. Quizá producía “algo” en sus miembros. Si por un error se le hubiese cursado una invitación, él mismo la hubiese rechazado. Antes de haberse interesado en Groucho Marx, tenía ya esa idea de no ser miembro de un club que tuviese a él mismo como socio. 

En 1985 fue candidato a primer concejal por el Partido Intransigente, del famoso “Bisonte” Alende. De hecho, esos clubes se erigían en factores de poder y convocaban a los candidatos. Menudo problema. Como quien bebe aceite de ricino -o con curiosidad- lo invitaron. Tras arduo debate interno, el revolucionario Partido Intransigente finalmente lo envió a la cena. También como quien bebe aceite de ricino. 

 Cuatro años después publicó “El señor Céspedes”. Y comprobó que el pueblo estaba dividido en dos. Gente que él no conocía lo detenía para felicitarlo. Por su parte, sus anfitriones llamaron a una reunión para tomar medidas. Cuatro años después casi nadie lo recordaba. “Ese que usa buzo de colores”, dijo un elegante abogado. Las propuestas iban de enviar anónimos a medidas legales. Finalmente la sangre no llegó al río. 

 Yo creo que, a la manera de Balzac, sólo trató de plasmar una pintura de su época. Ustedes dirán. Porque leía a Balzac y a Maupassant; he heredado sus libros. No era comparable a Balzac, obviamente. Pero llegó a adiestrar bien a su bretón y a tirar bien al vuelo. Va textual. 

 El señor Céspedes 

 Imaginemos que esta mesa es una ciudad de unos cincuenta mil habitantes. La botella de vino, la jarra y el sifón son edificios -tiene pocos, claro-. Las listas del mantel podrían ser las avenidas. Esta miguita que pongo acá es el señor Céspedes, nuestro protagonista. Aquí la pongo. El no se considera pequeño en absoluto. Al contrario. Está vestido con muy buenas ropas, aunque no es naturalmente elegante, y la papada -prolijamente afeitada- se posa sobre el nudo de la corbata de seda italiana. 

A esta altura del relato, el señor Céspedes ya se ha labrado una excelente posición económica y social en la ciudad. Para atestiguarlo, señalemos que es vicepresidente del club de vínculos y beneficencia “El Círculo Argentino”, que originalmente se denominara “The Circle”. Sin embargo, con motivo de aquella espantosa Guerra de Malvinas, los integrantes locales del club tuvieron ocasión de descubrir al imperialismo, y entonces no vacilaron en romper vínculos con la central estadounidense, rebautizando la filial. Después la cosa se fue olvidando, las relaciones con las grandes potencias mejoraron, pero quedó “El Círculo Argentino” definitivamente acriollado. Allí, el señor Céspedes concurría a cenar los miércoles por la noche: unas veces asado, otras tallarines. Pero siempre comía muy bien. 

 El club tenía sus rituales. Previamente se izaba la bandera argentina, en un mástil muy pequeñito colocado sobre la mesa, que obligaba a tomar el cordoncillo con la puntita de los dedos. Pero ninguno de los miembros consideró nunca que la ceremonia fuese ridícula. Al contrario. 

 Luego se pasaba lista de asistencia, y allí solían enfrascarse en largas discusiones reglamentarias acerca de lo justificado o injustificado de tal o cual inasistencia. Estas disputas eran zanjadas por el secretario, que -reglamento en mano- ubicaba el artículo pertinente y se lo leía a sus antagonistas en voz alta y provocativa, remarcando los párrafos importantes. 

 Después venía el recuento de la actividad semanal, con alguna que otra discusioncilla, esta vez breve, pues de allí se pasaba directamente a cenar y -además del apetito reinante- el asado amenazaba con recocerse. 

 Finalmente quitaban las servilletas de los platos y entre bromas servían excelente vino mientras el cocinero de turno repartía las porciones. 

 Además de ésto, el club recaudaba fondos para gente desvalida, a través de kermesses, colectas y otros medios. Por cierto, los miembros eran gente ducha de ganar dinero, y de tanto en tanto ponían esa habilidad al servicio del club, que es como decir al servicio prójimo. Con lo recaudado compraban artículos que luego donaban, pero –previamente- concurrían al periódico local y se fotografiaban junto a cajas de zapatillas, pilas de cuadernos o junto a un ventilador para la sala médica. Esta inexorable fotografía no era para lucimiento personal, sino para difundir la obra del club. 

 En la reunión mensual extraordinaria se ofrecía una conferencia sobre algún tema de interés general. Después de haber escuchado en meses anteriores una extensa exposición sobre trolebuses y otra sobre redes eléctricas, el señor Céspedes -a cuyo cargo recayó la conferencia de diciembre- se decidió por la temática “Red Cloacal del Gran Buenos Aires”, exposición de una hora veinte que salió reproducida -casi en totalidad- en el matutino local, y así toda la población supo el destino de los excrementos del conurbano. Seguidamente, en su carácter de invitado especial, el reverendo Cabeza -el padre Cabeza, como se le conocía- abordó el tema “La Navidad”, dada la proximidad de dicha fiesta religiosa. Finalmente se sorteó un libro (ganado por el escribano Maceiro) que resultó ser “Vida de las Abejas”, en edición rústica. 

 El señor Céspedes había ingresado a “The Circle” como excusa para ausentarse de casa por la noche, y así visitar a su amante. Incluso tenía dicho a su esposa que las reuniones eran miércoles y viernes, pero en cuanto a esto nada tenemos que reprocharle. Claro que no. Céspedes había formado una hermosa familia. Por las noches miraban todos juntos “Tiempo Nuevo”, y el señor Céspedes indicaba a su mujer e hijos que atendieran los párrafos salientes del conductor Neustadt o de sus ocasionales invitados. Además de “Somos”, el señor Céspedes leía la revista “Visión”, a la cual estaba suscripto. En realidad, sólo la hojeaba lo indispensable para enterarse de los desatinos cometidos por las inexpertas democracias latinoamericanas, en tanto a los gobiernos de mano fuerte -como el de Pinochet, por entonces en su apogeo- sacaban el país adelante. Sus ojos se posaban en los títulos mientras soltaba risitas de conmiseración o meneaba la cabeza. Los artículos no acusaban explícitamente a nadie, pero él sabía leer líneas y sacar conclusiones ¡Cuántas estupideces se cometían en nombre de la democracia! 

 También tenía un soberbio chalet de tejas, un automóvil último modelo (y otro más modesto para su esposa), una videocassetera, dos televisores color, un comercio floreciente y una colección de Historia del Arte que nadie abrió jamás, salvo para disecar flores. 

 El futuro le deparaba lindezas tales como teléfono celular, vehículos 4x4 y viajes a la Isla Margarita. Pero antes de que llegara a conocer esos milagros de la técnica y de la hotelería, un día el señor Céspedes murió. Bien, sacamos la miguita del mantel y la arrojamos al cenicero. Y así obviaremos sus exequias, las parvas de participaciones en el periódico, su lustroso y carísimo ataúd, en forma de gigantesco cigarro, con asas de plata y todo lo demás. 

 La beneficencia no ataca las causas de la miseria ni combate la injusticia, por cierto, pero en cambio permite negociar con mejor margen la salvación del alma. El difunto señor Céspedes había sido un poquitín adúltero, un poquitín usurero y otro poquitín explotador. Su faceta piadosa, empero, le permitió sobrevolar el Infierno, pasar a muy baja altura sobre el Purgatorio y aterrizar sin novedad en el mismísimo Paraíso -se supone que las oraciones de su santa mujer colaboraron-, restando únicamente determinar qué pabellón le correspondía. 

 Un atareado San Pedro observó el listado y con un seco “sígame” se internó por un sendero de polvo de ladrillo, entre canteros de flores y añosos árboles. El primer pabellón decía “Gente de Mar”, y el difunto señor Céspedes escuchó gruesas risotadas, chillidos de mujer y hasta ruido de cristales rotos. “No es la oficialidad”, pensó despectivamente, mientras caminaba a paso vivo en pos de San Pedro. 

 El segundo pabellón -con cancha de squash y minigolf- decía “Ejecutivos”. Allí observó a un señor de prolijas canas practicando con el putter. San Pedro lo señaló con el listado que llevaba en la mano: 

 -Infarto o úlcera de duodeno -dijo sin detenerse. 

Finalmente se detuvo ante un pabellón que llevaba únicamente el número cinco. -Acá- indicó señalando con el pulgar. 

-¿Y qué viene a ser?- quiso saber tímidamente el señor Céspedes. 

-Maridos engañados- Tras una pausa lo miró con franqueza: -Cornudos, como dicen allá. 

 El señor Céspedes sintió un vahído, pero consiguió recuperar la serenidad, y recordando a su santa mujer, dijo con voz trémula, señalando el listado: -Debe haber un error don… San Pedro. 

 Éste cerró los ojos con fastidio y bufó un “siempre lo mismo”. Después se puso los puños en la cintura y mirando a Céspedes a los ojos le espetó: 

-Así que vos no podés ser cornudo ¿no? Entonces decime: ¿qué hacía tu señora los martes después de comer? -Iba al club de jardinería… -Má que club de jardinería, si vos viniste al Paraíso justamente por eso. Dale, entrá… 

-Lo bien que hizo- dijo para sí el señor Céspedes encogiéndose de hombros. Porque como buen usurero, adúltero y explotador, era hombre práctico. Y -fuera como fuera- estaba en el Paraíso. Y por una eternidad ¿qué más podía pedir? -Por lo menos acá no va a venir el padre Cabeza- se animó mirando la fachada. Después, sonriendo, entró al pabellón.

 Abril/ 1989    

Te interesaría leer