Opinión

Editorial

¿Un año perdido?

09|08|20 09:17 hs.

Los más optimistas, observando la evolución de la pandemia y su distribución geográfica, pensaban que luego del receso invernal, las escuelas, (al menos en la mayoría del territorio del país, salvo claro, el AMBA, Área Metropolitana de Buenos Aires), volverían a abrir sus puertas y, lentamente, recibir a estudiantes y docentes, para que vuelvan a compartir el espacio irrepetible del aula. Ese deseo se está incumpliendo, pero a pesar de ello, directivos, docentes y estudiantes continúan intercambiando aprendizajes virtualmente, combatiendo la desigualdad y las asimetrías de una sociedad que pese a las dificultades, mira hacia adelante. 


Los efectos, como todo en educación, se verán en el futuro. Es poco lo que se puede decir acerca de si existieron o no aprendizajes y, si fue así, en qué medida. Lo que es clara, es la desigualdad y el esfuerzo del sistema y sus principales actores: maestras y maestros, profesores y profesoras, directivos, para combatirla. Las historias que lo grafican, son muchas y emocionantes. Humanas, compasivas, solidarias, llenas de un optimismo inquebrantable. 

La educación no se mide por un año. El 2020 está siendo muy especial, particular, pero hubo otros detrás y vendrán otros después. En ellos también se educó y educará, y forman parte, junto al actual, de un proceso largo, que tuvo y tiene varias etapas. El ciclo actual es una foto que integra una película que todavía está en desarrollo, dentro de la cual es una larga escena más. Es importante verlo de este modo. Porque un año no define la educación de una persona. Máxime si ese año no fue ni es, un desierto educativo. Se enseñó y se aprendió de otra manera. Educar es más que un conjunto de contenidos curriculares, es mucho más que un esquema arquitectónico que distribuye aulas y espacios en un edificio, es más que una calificación y un promedio. Es, en principio y fundamentalmente, el mensaje de un esfuerzo compartido, que persiste a pesar de la inequidad social, en brindar herramientas que permitan un diálogo, una conversación con la cultura propia y ajena, en toda su magnitud y diversidad. Es una disposición que se aprende a la par de la familia y los amigos, en la compañía de docentes. 

Se escribe mucha teoría educativa, circulan explicaciones diversas, aparecen gurúes que habían hablado de la importancia de la tecnología en la educación, se ofertan cursos, charlas, programas, que argumentan sobre el momento y lo que dejará. Es lícito, es razonable y en muchos casos necesario. Pero el principal detalle no debe ser descuidado. Mientras eso ocurre, mientras muchos descubren la desigualdad socioeconómica que existe desde hace tiempo en la Argentina, una vocación persiste, apasionadamente en todo el territorio del país. 

No debe mirarse este año como perdido. En primer lugar porque no es cierto y porque esa es una visión que desprecia la labor docente. Eso no significa que no haya que analizarlo, poniendo blanco sobre negro y negro sobre blanco, para poder elaborar conclusiones y reflexiones a partir de él. En segundo lugar, es una gran oportunidad para comenzar a pensar en serio el sistema a partir de las escuelas, del aula al ministerio. No al revés, dado que una perspectiva como esa no ha dejado de fracasar, por enfatizar siempre la teoría sobre la realidad. En tercer lugar: ¿qué más se necesita ver, observar, descubrir, evaluar para valorar, respetar, incentivar y reconocer la castigada labor docente, social y económicamente? 

El ciclo actual no fue un fiasco. Hay mucho por hacer todavía, a pesar de un contexto que se presenta sin disimulo para convencer que no tiene sentido seguir adelante, qué pone obstáculos día tras día y qué insiste en que este año en términos educativos, fue solo una pausa vacía. 

Por suerte la realidad presenta matices y es variada, no puede ser descripta de un solo modo y su complejidad más que una turbación, sobre todo para los que intentan hacer de ella una versión comprimida y elemental, es su riqueza. Dentro de ella, los docentes, más que pensar en lo que se perdió, sienten que no hay tiempo que perder. Por eso, siguen haciendo la diferencia.