Bargmann junto a uno toro colorado. El alemán creo la cabaña primero de Simmental, en 1980, y luego,

El Campo

A días de su 17º Remate Anual, cumple 40 años

La Torcacita: sangre alemana para lograr la mejor genética Angus

10|08|20 09:32 hs.

Desde siempre, sus integrantes resaltan que La Torcacita es una gran familia, que cada integrante cumple un rol, y que entre todos conforman un equipo, un buen equipo. 


Desde siempre se definen, además, como una cabaña chica, donde se trabaja en forma ordenada, con el objetivo de criar hacienda con una genética útil para los productores ganaderos y que cada cucarda que logran en las distintas exposiciones en las que participan significa sumar una cuota más de prestigio.

Ese es uno de los legados que dejó Heinz Bargmann, el alemán que hace cuatro décadas decidió comenzar con la cabaña, como un desafío productivo surgido a partir de su pasión por emprender.

Entonces, para repasar los 40 años que está cumpliendo La Torcacita, que este año dará su 17° remate anual, no hay ejercicio mejor que reciclar la charla que La Voz del Pueblo mantuvo con Bargmann, quien falleció en 2017, en el establecimiento de De la Garma en 2005, a pocos días de la tercera subasta de la cabaña.

Un personaje 
El hombre desnudaba su personalidad en el primer contacto. Cuando ofrecía la mano para el saludo ya soltaba la primera sonrisa y dejaba al descubierto su amabilidad y buen humor. Su primitivo castellano le potenciaba la simpatía. Así, quedaba por el piso la idea de un frío e inaccesible alemán que uno se imaginaba encontrar al llegar a La Torcacita, en De la Garma. 

Heinz Wilhelm Bargmann debía ser el más argentino de los alemanes o el más sudamericano de los europeos. “Me gusta más vivir acá que allá”, decía este comerciante, tal como se autodefinía. 

La charla se dio en el sencillo pero coqueto comedor del casco del campo, envuelto en el calor del hogar y con mugidos de los más variados tonos como sonido de fondo. Como debía ser, porque Heinz era un ganadero apasionado. Aunque sus inicios nada tuvieron que ver con las vacas.

“Desde chico fui comerciante y siempre estuve relacionado con animales. Yo empecé vendiendo pescado, conejos y después con palomas de pedigree. El negocio más lindo de mi vida lo hice a los 13 años, una venta de palomas, en una exposición después de la guerra. En esa época eran muy pocos los que tenían plata, sólo los chacareros. Después de la muestra el hijo de un estanciero me pagó un valor tan alto por las palomas que me pude comprar mi primera bicicleta, que en ese entonces valía lo que hoy un auto”, recordó aquella tarde invernal durante la charla que se dio como parte de una especie de “día de campo privado” que le brindó Heinz a este diario. 


“Sin este cariño por la Argentina no se hace un proyecto como este”, aseguraba Heinz en su rudimentario castellano al referirse a La Torcacita


Con mucho sacrificio y tras vivir una durísima posguerra, su visión comercial le dio paso a la incursión en otros animales y empezó a dedicarse a la distribución de alimentos. Se dedicó a las especies salvajes y por la liebre conoció la Argentina. “La primera vez que vine fue en 1973 y me enamoré de este país”, explicó. No tenía relación alguna con el campo, es más, “ni siquiera sabía lo que era una vaca”. Pero sí interés por aprender. Empresario de raza, en 1977 durante una de sus habituales visitas al país le ofrecieron el campo La Torcacita y seducido por el buen precio lo compró. Ese fue el comienzo de todo. 

“En principio tenía 1070 hectáreas, luego le anexé más superficie hasta llegar a las 2150 hectáreas actuales. Pese a que todos los asesores consultados me recomendaron inclinarme por la agricultura, como buen comerciante decidí ir contra la corriente. Hice un poco de agricultura, pero para alimentar la hacienda”. 

El negocio terminó siendo brillante porque por una fuerte sequía él fue el único que tuvo reserva de pasto para alimentar a su hacienda, entonces compró novillos muy baratos para engordarlos y los vendió a precios que le dejaban un sabroso margen. “Empecé sin nada. Las primeras hectáreas las sembré con servicios de terceros porque no tenía ni una herramienta”, comentó. 

La buena decisión inicial le dio el impulso para meterse de lleno en la ganadería. Y apostó fuerte: creó la cabaña, primero de la raza Simmental en 1980, y a partir de 1989 de Angus.   

La familia
Hasta que la salud se lo permitió, Heinz viajaba a la Argentina cuatro veces por año y en cada oportunidad se quedaba entre dos semanas y un mes, la mayoría del tiempo en el campo. Confesó que a él le gustaba la idea de instalarse definitivamente acá, pero había una parte de la familia que no quería abandonar Alemania. Una de sus hijas se casó en el país y le dio cuatro nietos argentinos. 

A lo largo de los años, Bargmann cultivó un cariño muy especial por estas tierras. Justamente ese sentimiento resultó fundamental para seguir buscando mejorar la cabaña y desarrollar un establecimiento familiar modelo cuya principal actividad productiva es el engorde ecológico a corral. “Sin el cariño por la Argentina no se hace un proyecto como este”, repetía. 

El proyecto tiene que ver con lograr la excelencia en la raza Aberdeen Angus, un desafío enorme y en el que involucró a parte de sus afectos. “Esta es una empresa familiar y en donde todo se hace con mucha pasión”, explicó. 

Su hija Ingrid, su yerno Joaquín Riecke y Federico Cano, un veterinario amigo, eran quienes llevaban las riendas del emprendimiento cuando Bargmann estaba en Europa. Hoy a ese equipo primario hay que sumarle a su nieto Jan. “Y trabajando todos los días con los animales tengo a tres personas de muchísima confianza. Francisco Lang, quien es encargado del campo desde 1981, y quien tres veces por semana recibe el llamado de Heinz de Alemania para ver cómo anda todo; Jorge De Marcos, el cabañero desde hace 12; y Bodo Von Saldern, quien realiza el asesoramiento veterinario desde el comienzo”, se preocupa por dejar en claro. 

De ese tridente el que hoy continúa es Francisco. El cabañero tras la jubilación de Jorge es Martín Aguilera y el veterinario es Maximiliano Von Saldern. El equipo lo completan Luis, Tato, Pedro y Javier. 

Los premios 
Tanta dedicación e inversión en buena genética hicieron que la cabaña alcanzara un estándar excelente y eso derivó en la obtención de varios premios. 

En lo que tiene que ver con animales puros controlados, La Torcacita ganó el circuito bonaerense de la raza en 2004. Y en puros de pedigree en 2003, en Azul, sacó el Reservado Gran Campeón; en 2004, en Cañuelas, el Reservado Gran Campeón y Reservado Gran Campeón Senior; en 2005, también en Cañuelas, obtuvo el Gran Campeón Macho; el Reservado Campeón Senior en Palermo; y en 2012 el Campeón Dos Años.

Para Bargmann “los premios son la bandera de la Cabaña y el certificado de calidad. Es algo que nos pone muy orgullosos. Esperamos seguir así para poder ofrecerle a los criadores comerciales animales mejorados para sus rodeos”. 

En aquellos días cuando se dio la visita a la cabaña, el gobierno de Néstor Kirchner había decidido la suspensión de las exportaciones de carne y una intensa sequía castigaba al sector ganadero. Sin embargo, Heinz avisaba que él iba por más: “La coyuntura actual es difícil, pero no debemos bajar los brazos. Debemos seguir trabajando en la mejora de nuestra ganadería, incorporando genética y seleccionando nuestros rodeos. Vendrán tiempos mejores y debemos estar preparados. En La Torcacita creemos en el desarrollo ganadero de la Argentina”, se despidió esa vez. 

Un cierre que calza perfecto con la actualidad de la cabaña, que el 21 de agosto llevará a cabo su 17 remate anual, por primera vez en forma virtual y en el marco de una emergencia sanitaria que hace que el futuro sea un enorme signo de interrogación. 

Pero los que continúan el legado están convencidos de que el camino a seguir es el trazado por Bargmann y apuestan al trabajo y a la evolución.