Omar (el primero de la derecha) y el resto de los mozos y empleados del Rancho de Chichí junto a Die

Sociales

Por Valentina Pereyra

La bandeja del 10

23|08|20 08:37 hs.

A Omar Antonio Gargaglione, mozo del Rancho de Chichí en el verano de 1992, le tocó en suerte atender a Diego Armando Maradona y su familia. El recuerdo al detalle de una noche imborrable para el camarero. Y el agradecimientos a quienes fueron sus maestros

Por Valentina Pereyra

- ¿Cómo te llamás, maestro? 
- Omar. 
-¡Qué grande, le serviste primero a mis viejos! 

Aprendió de Luis Di Croce que siempre se atiende primero a las personas mayores y se lo grabó a fuego. Aquel día en el “Rancho de Chichí” no pudo seguir las órdenes del dueño que enfundado en un enorme sombrero negro vociferaba: ¡Primero a Diego! 

Omar Antonio Gargaglione trabajó en el correo desde los 15 años, ingresó en 1971 cuando el servicio postal funcionaba frente a la plaza San Martín, pasó por el edificio de Maipú, por Reconquista y San Martín y se jubiló en 2005, en la avenida Moreno. 

Su primer trabajo fue como mensajero y ocho años después de su ingreso al correo aprendió el sistema de “punto y raya” del telégrafo. Durante años compartió el código Morse con la cuchara y el tenedor que usaba para trinchar. 

Hace 40 años formó una familia con Marta y empezó a transitar una profesión que lo apasionó. 

Un golpe corto, uno más largo, otro corto. Los nudillos repiquetean sobre la mesa del living de su casa. Punto, punto, punto, raya… Insiste. Por sus manos pasaron buenas y malas noticias, salutaciones, informaciones urgentes, todo se registraba letra por letra en la máquina que marcaba los comunicados sobre una cinta. Una tarea solitaria.


Omar contó que un baile de egresados en El Fanal organizado por Armando Guinea, en 1986, fue el comienzo de su carrera como mozo (Foto: Marianela Hut)


Un compañero del correo -Horacio Luque- trabajaba de mozo los fines de semana y fue quien lo convocó a servir en un baile de egresados en El Fanal organizado por Armando Guinea, a quien Omar menciona como “un maestro”. Fue en 1986, el comienzo de su carrera como mozo. “Aprendí a trinchar con cuchara y tenedor, algo que ya no se usa, ahora las camareras sirven con pinzas”. 

Un tiempo después Luis Di Croce lo contrató para atender en Dulcinea, trabajo que desempeñó durante 15 años en el salón de la calle San Lorenzo. “Cuando Luis cerraba los veranos me contrataban en el Rancho de Chichi”. 

Los días de semana se desempeñaba en el correo y los viernes, sábados o domingos de mozo donde lo convocaran. “Mi sueño es hacer catering, ya hice tres fiestas, pero eso es lo que me encanta”. 

A lo largo de su carrera nadie le chasqueó los dedos, “el mozo no puede estar ahí parado mientras en una mesa falta la bebida, el pan o lo que se necesite. Tenés que estar siempre atento y antes que se termine la bebida hay que ofrecer y servir para reponer inmediatamente lo que falta”. 

La cuchara y el tenedor bailan entre sus dedos, sirven algún manjar imaginario que levanta del mantel que cubre la mesa del comedor de su casa, trincha, mientras despliega un sinfín de anécdotas. “Mis amigos dicen que me hago el humilde, pero que me gusta contar, es que conocí tantos artistas y personajes en el Rancho de Chichi cuando se hacían los shows como a Horacio Guaraní, El Trío San Javier, y al más grande, aunque yo soy de la Academia”. 

Luis Di Croce -a quien también llama “el maestro”- le enseñó a atender las mesas -que se sirve por la derecha para retirar por la izquierda- y el respeto por los comensales. “Eso no lo olvidé jamás, ni siquiera ese día en el que me traicionó la costumbre y la profesión a pesar de Chichi”. 

 Servir al 10 
Después del partido a beneficio de Caminemos Juntos que Diego Armando Maradona jugó en la cancha del Club El Nacional, fue agasajado con una cena en el recordado restaurante el “Rancho de Chichí” donde también recibió un obsequio por parte de María Eugenia Fernández de Dibbern, titular de Caminemos Juntos por ese entonces. 


Otra noche inolvidable para Gargaglione en el Rancho de Chichí, con la visita de Oscar Pincho Castellano


Omar escuchó a Raúl Guevara presentar al 10 y lo vio correr hacia el escenario para interpretar con el acompañamiento del Grupo Son el tango “Cucusita”. 

Los nervios ya habían pasado, estaba como espectador y disfrutó del Diego toda la noche. Recibió el mejor premio de su carrera, el reconocimiento del astro a su profesión. 

Diego recibió un presente, le cantó feliz cumpleaños a una comensal, hizo un conmovedor discurso sobre las personas con discapacidad, besó en medio de su show a una de sus hijas que se dormía sobre el regazo de Claudia, y degustó de la cena ante la bulliciosa concurrencia. 

En la previa Chichí había designado las mesas, cada uno sabía qué peines iba a servir. A Omar le tocó uno central y hasta ahí nada diferente a otras cenas, salvo por la ansiedad del dueño del restaurante y por la excitación de los asistentes a la cena. “Era la bombonera, cuando entró Diego, era la bombonera”. 

El buen clima que se vivía adentro del Rancho no tenía nada que envidiar al de los últimos días de febrero de 1992. Luego de los saludos, abrazos, emociones por lo recaudado en el partido que permitiría comprar la casa de Deán Funes al 800 para Caminemos Juntos, Diego caminó hacia una mesa, la que quiso, la eligió al azar. Inmediatamente los mozos señalaron a Omar que esa noche podía recibir roja directa o ascender en la primera vuelta. “Soy hincha de la Academia, me tocó atenderlo a mí. Diego estaba con sus padres, con Claudia y las nenas”. 

Fue el primero en la fila, la bandeja pegaba pequeños e imperceptibles saltitos con cada contracción de sus manos, traspiraba, tenía diez mozos atrás suyo y a Maradona en su mesa. “Me temblaba todo”. Chichí ordenó salir y gritó que tenía que atender primero a Diego, “Luis Di Croce me decía siempre: ‘Carta’ -así el sobrenombre que me puso- atendeme a la gente mayor primero y eso me quedó”. 

Salió y en una acción tan espontánea como inconsciente enfiló hacia la mesa de los Maradona y le sirvió primero a la madre, al padre, a Claudia y después llegó hasta Diego.

-¿Cómo te llamás maestro? 
- Omar.
-La verdad te felicito, ¡atendiste a mis viejos, todos con Diego y vos te acordaste primero de ellos! 

La frase lo condecoró y la acción lo catapultó como la bandeja del 10.

 Cada previa a una fiesta es bien distinta para los mozos, “no sabes con qué te vas a encontrar, he visto de todo en esos eventos, hasta cantar a Maradona”. 



Distintos momentos y lugares en los que trabajó Gargaglione y que tienen un lugar destacado entre sus recuerdos


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Con la bandeja siempre alta 
Omar Gargaglione trabajó de mozo desde el año 1986 hasta 2007. Empezó con Armando Guinea en los bailes de egresados y en Dulcinea con Luis Di Croce durante 15 años. Una de las fiestas que sirvió para él fue el casamiento de un jugador de fútbol amigo de Martín Palermo, “ese día vamos a armar el salón el sábado a la noche y Luis le pregunta al muchacho que se casaba si Palermo vendría a la fiesta, pero no logró esa confirmación”. 

Al domingo siguiente al mediodía el crack de Boca apareció por la calle San Lorenzo al 500 en un Peugeot 504, y la voz había corrido desde temprano. La multitud se agolpó frente al local de Dulcinea lo que obligó al 9 de Boca a entrar por un patio trasero, “cuando la gente se dio cuenta, especialmente los chicos empezaban a saltar por el paredón y a pedir autógrafos. Fue cuando Luis tomó la posta y alcanzó los papelitos para que Palermo los firme, la llegada de gente fue incesante y hasta ahora es un misterio a gritos quién verdaderamente firmó por el jugador. Palermo es un tipo de 1.90 metro al que atendimos bien y vimos cómo se divirtió, bailó y de eso quedó la foto”. 

 La Perla 
“A La Perla no entraba cualquiera a trabajar”, fue en la época de Damián Arévalo cuando Omar vistió su casaca blanca y el moño en incontables cenas, casamientos, cumpleaños de 15, en la confitería sirviendo café. Durante las fiestas los mozos se tomaban media hora en grupos de diez para comer y servían sin parar el resto de la jornada. “Raúl Escur era el maître y el catering era tremendo, entrábamos a las siete de la tarde y a las ocho ya largábamos con la copa recepción, los saladitos, la entrada. Después el postre y a las cinco de la mañana, café con leche con medias lunas, a veces estábamos hasta las ocho de la mañana”. 

Jornadas largas y agotadoras, holograma que dibuja en el aire y baja al papel fotográfico testigo de sus dichos. 

Rancho de Chichí 
En el Rancho de Chichí trabajó con otros 15 mozos, con los que se organizaban antes de cada cena show. Repartían las mesas por paños y servían los fiambres con un carrito de tres pisos, “había una gran variedad, te acercabas y la gente elegía. El día que debuté cargué por variedad el carro y empecé a servir de a uno, me llevaba mucho tiempo. Entonces vino Coco Ramírez y me dijo: ‘¡Te vas a volver loco!’ Así que aprendí a hacer un surtido y llegar con varios a las mesas”. 


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"Nunca sabés a quién vas a servir” 
A Omar le tocó servir a la agasajada de un cumpleaños de 100 años junto a Marcelo Marquínez que se festejó en Dulcinea. La señora se sentó en la cabecera y su atención era primordial, “le ofrecemos jugo o gaseosa, pero nos miró y dijo: ‘¡Quiero vino tinto!’ La vimos bailar el vals y fuimos felices con ella”. Todos los festejos fueron diferentes, los mozos saben qué hacer aunque las circunstancias de un casamiento no son las mismas que los cumpleaños de 15 o las cenas show de las que además, eran espectadores. 

“La gente va a una fiesta y se dispone a estar bien, trato siempre de tirar buena onda, un chiste para que se sientan cómodos y que no falte nada. Nunca me chascaron los dedos, eso no puede pasar”. 

Felipe Solá en la Municipalidad, Marcos Peña en el Club de Cazadores, el ex ministro Broda en La Perla, el ex presidente Carlos Menen y el ex gobernador de la provincia Eduardo Duhalde, son algunas personalidades que recibieron buena atención de la bandeja de Omar. “Nunca sabes a quién vas a servir”.

 Hacer un telegrama es una actividad solitaria, servir en eventos es extender lazos con mucha gente, compartir, vivir cada experiencia. Las historias resbalan de sus utensilios, “el organizador de una gran fiesta de cumpleaños recargó damajuanas con vino para completar las botellas que se iban terminando y a otras les puso café”. La confusión saltó cuando un comensal llamó a Omar y le dijo: “A mí el café me gusta caliente”, mientras señalaba la borra de la infusión que bailaba en su copa creyéndose vino.

“Te tiene que gustar, a mí me encanta. Soy el que sirvo en cada asado con amigos, lo hago inconsciente, es algo que me apasiona. Cuando mi hija Marina cumplió 15 lo festejamos en el Centro Danés y por un momento me encontré organizando a las camareras, no pude con mi genio”. 

“Humberto Salaberry ¡un maestro! y la escuela de Gastronomía que tienen en la CGT me parece bárbara, ahí enseñan sobre todo que hay que poner garra, voluntad y el atender con respeto”. 

Para Omar ser mozo es como el fútbol, una pasión, “tenés momentos más difíciles, pero siempre hay que tratar de conformar a los comensales” y, es una profesión que permite la relación directa con tanta gente que te regala amigos, “me nombrás a diez personas y conozco ocho, siempre me gustó atender al público”. 

Apoyó los utensilios para trinchar sobre la mesa y terminó de atender.