Kennedy y Frondizi, en el encuentro que mantuvieron en Palm Beach en diciembre de 1961

Opinión

Política

Palenque ande rascarse

23|08|20 11:03 hs.

Escribe Roberto Barga

No alcanza todo el asombro disponible para salir del aturdimiento que generan las peleas del debate público argentino. La pasión que emplean los distintos actores que imponen agenda (comunicadores, políticos opositores u oficialistas) para discutir la nada, es notable. 

El último encuentro opositor que tuvo lugar el 17 de agosto evidenció que el ágora puede ser un lugar de catarsis, pero en ningún caso garantiza que la conversación social se emparente con discutir algún tipo de rumbo, que permita vislumbrar por dónde van los tiros de lo que tendría que hacer la Argentina, si pretende ser un lugar medianamente habitable en los próximos años. 

Pero lo que se pone de relieve en las manifestaciones que acontecieron el 17 A en muchas ciudades del país, es un plano espejado que impulsan dos ex presidentes que aun dominan el centro de gravedad político. Siguiendo esa lógica gramnsciana entre lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no termina de nacer, la discusión pública queda acotada a un duelo de necesitados. Por un lado, la vicepresidenta empuja una reforma judicial que limpie el fuero federal de jueces siempre prestos a socorrer oficialistas y a perseguir opositores, y por el otro lado, Mauricio Macri empuja manifestaciones opositoras para voltear esa futura reforma, que él supone, será su espada de Damocles judicial. 

En cualquier caso la pregunta inevitable es: ¿Qué tiene de urgente la reforma judicial? En medio de una crisis económica descomunal, producto en buena medida del arrastre de los últimos años de caída del PBI y rematada por una pandemia que sabemos cuándo empezó, pero no cuando termina, ¿Son conscientes, los que tienen responsabilidades de gobernanza, que Argentina puede terminar el año con un derrumbe de más de 10 puntos del producto? A juzgar por la esperpéntica conversación pública que impulsan, parecería que no. 

Nunca como en estos días que corren, quedó en evidencia la falta de dirección estratégica, la falta de brújula. 

Peguemos una vuelta por algunos lugares del mundo. La Europa del norte superó la oposición de los denominados “frugales” encabezados por Holanda, que no querían financiar al mediterráneo europeo, a los que juzgan vagos e ineficientes. Pero se impuso el criterio de Ángela Merkel, y el Banco Central Europeo le dará a la maquinita de fabricar euros. El aporte será de 750 mil millones y por poner un ejemplo, España se lleva en la repartija, 140 mil millones, entre créditos y ayudas a fondo perdido. Luego de la experiencia de 2008 con la caída de Lehman Brothers, nadie quiere repetir el austericidio, que consistió en salvar a los bancos y dejar tirada a la gente y a sus hipotecas.

Sigamos de recorrida: Asia, con su gigante a la cabeza, o sea la República Popular China, tiene sobreabundancia de divisas, dado que el gran tirón de sus economías son las exportaciones con valor agregado. A esa región le sobra el “cuero” para estimular el consumo si le hiciera falta. 

“El tema es qué hacemos nosotros para no quedar más periféricos de lo que ya somos por geografía y por lo que vendemos al mundo”


EE.UU tiene la enorme ventaja de poseer la moneda en la que se transan más del 70% de las operaciones en el mundo. Ese país-continente, aparte de liderar el escenario internacional, representa el 25% de toda la economía mundial. Puede darle a la máquina de fabricar dólares sin problema y encima le coloca deuda a China, que no le queda otra que comprarla, si es que quiere seguir colocando sus productos en el gigante americano.

Como vemos, muchos países tienen “palenque ande rascarse”, el tema es qué hacemos nosotros para no quedar más periféricos de lo que ya somos por geografía y por lo que vendemos al mundo. Y en esto de emular a Lenin y su famoso libro pre revolucionario llamado “Qué hacer”, no hay otra que tener un oído fino para la música que suena en el mundo. 

Es tiempo de dejar las zarandajas de lado y centrarse en la realpolitik; comprender la correlación de fuerzas y aprovechar las contradicciones que esta crisis del coronavirus arroje. 

¿Es conveniente pujar con U.S.A para tratar de imponer a Gustavo Beliz como Presidente del BID o convendría ir con Brasil, sentarse en la mesa de negociaciones, olvidarse de la quimera de poner al “opusino zapatito blanco” y apuntalar una ayuda para el Mercosur que contemple créditos y fondos perdidos?

Es poco serio por parte de Argentina apostar todas sus fichas a una derrota de Trump en las elecciones de noviembre y prender una vela para que el demócrata Biden le entregue a la Argentina la llave del Banco Interamericano de Desarrollo. Primero, porque la derrota de Donald Trump puede no acontecer, como señalan algunas encuestas cercanas al propio Partido Demócrata, y segundo y más importante, porque va siendo hora de comprender que el Imperio, no tiene amigos, tiene intereses, que suelen ser permanentes. 

Despejada esa contradicción, surge la segunda cuestión que se antoja como clave de bóveda de este laberinto. Si pudiéramos convencer al mundo desarrollado de que América latina y Argentina en particular, no pueden ni deben quedar relegadas de los fondos de reconstrucción post pandemia, es inevitable preguntarse en qué se aplicarían esos fondos. 

Para encontrar alguna respuesta, vale la pena tirar de archivo e ir a la experiencia histórica. En 1961, la guerra fría irrumpía con fuerza en el mundo. El antagonismo de las dos superpotencias ocupaba toda la atención, y los dos polos estaban en disputa. EE.UU y su Presidente sex simbol, John Kennedy, lanzaban la Alianza para el Progreso, que fue un esfuerzo presupuestario norteamericano, con el fin de detener el avance del comunismo en la región. Recordemos que Fidel Castro y su revolución habían triunfado en 1959.

Era un plan destinado a Latinoamérica, consistente en ayudas para la construcción de escuelas, hospitales y otras obras que el Presidente de aquella Argentina, juzgaba como planes de estímulo menores. Arturo Frondizi, ese excepcional estadista, que intentó industrializar la Argentina entre 1958 y 1962, discutió el sentido de la Alianza para el Progreso mano a mano con Kennedy en el mítico encuentro de Palm Beach en diciembre de 1961. Por supuesto que la tensión de la reunión estaba dominada por la crisis de las cartas cubanas, pero eso es harina de otro costal. Esto no le impidió a Frondizi poner sobre la mesa su sentido estratégico. El argumentario del Presidente argentino era contundente: Argentina no necesitaba que le financiaran escuelas. En realidad lo importante era financiar obras de infraestructuras que le permitieran a nuestro país completar el círculo virtuoso de la industria pesada, tan en boga en aquellos años. Y tan necesaria para salir del subdesarrollo. 

Pasaron muchos años desde aquel 1961. Ya no hay guerra fría. El mundo no es bi-polar y esencialmente hay un nuevo jugador que todo lo eclipsa: China. Tampoco es homologable lo de la industria pesada, pero si se pretende dar un salto al progreso y a la modernidad, habría que plantearse entre otros temas, la digitalización de la economía. Más del 40% de la economía China está digitalizada. Argentina cuenta con unicornios de importancia global, capaces de dar empleo de calidad y bien pagos. A ese camino hay que profundizarlo e ir con ellos de gira por el mundo a buscar fondos. 

Si queremos tener alguna chance de ser atractivos, no podemos llevar una planilla de Excel con el gasto social como única bandera. A esos millones de compatriotas hay que ayudarlos, pero no pueden ser el epicentro de los fondos de reconstrucción, porque estarán condenados a morir en la pobreza. 

El peronismo, a través de su historia, ha dado muestras de pragmatismo. Este es uno de esos momentos donde el sentido de Estado se pone a prueba. El Presidente Fernández tiene en estudio un viaje a China para noviembre próximo. China también forma parte de los países que financian los fondos del BID. Es el momento de elegir con cuidado donde pararse, pero por sobre todas las cosas, habría que ofrecer algo más que fabricar porcinos.   


Roberto Barga