La nueva "normalidad". ¿Cuál es la receta? Nadie la tiene

Opinión

Editorial

Virtual - presencial

23|08|20 11:18 hs.

Uno de los legados positivos que va dejando la pandemia es a la vez contradictorio. Muchas de las reuniones, seminarios, cursos e incluso carreras que anteriormente tenían en su formato una presencialidad irrenunciable, fueron perforadas por aplicaciones que posibilitan encuentros virtuales. Hace unos meses, pocos por cierto, muchas reuniones suponían traslados, más o menos costosos, con su correlato de consumo de tiempo, la necesidad de una organización precisa, el requerimiento de espacios adecuados y de una planificación eficaz, para que los y las asistentes convocados se puedan preparar y, finalmente, participar. Hoy esto ya no es necesario, porque es más fácil, simple y directo concretarlo. Por medio de un link que llega a tu teléfono, estés donde estés, te ubiques donde te ubiques y, apropiadamente vestido de la cintura para arriba, la reunión o charla puede ser escuchada y activamente disfrutada. Esto facilita muchas cosas y reduce positivamente otras. Pero, cómo todo, tiene su lado B no tan espectacular.


Se está dando una sobreabundancia de “talks”, sobre todo en el mundo laboral y educacional. Y como todo lo excesivo, muchas veces peca de innecesario. Por otro lado, comienzan a aparecer los síntomas del hastío propio de la ausencia de cercanía, de la imposibilidad de registrar los gestos precisos de los otros interlocutores, de la dificultad por intuir el clima de un encuentro, sobre todo en los educativos, en donde “la temperatura ambiente” es un factor clave para evaluar el impacto del mensaje y registrar la existencia o no de aprendizajes. En los ambientes educativos, la virtualidad dificulta las idas y vueltas propias de una clase “real”, al igual que en las reuniones de equipos de trabajo con muchos asistentes “conectados”. También se observa la repetición de costumbres propias de la presencialidad replicadas sin filtro en la virtualidad. Una cultura tan fuerte no se rompe en poco tiempo. Sin embargo, lo remoto llegó para quedarse y va a requerir un replanteamiento profundo en el mundo del trabajo y en el de la educación, que suponga, entre otros aspectos, un acuerdo entre ambas modalidades. La pregunta es simple: ¿por qué tengo que ir a un lugar si lo que tengo que realizar allí lo puedo hacer del mismo modo, y quizá mejor, desde mi casa? La respuesta puede ser compleja, pero debe ser respondida. 

Martina Rua, periodista del diario La Nación, especializada en temas de innovación y creatividad en el mundo del trabajo, sugiere que lo importante es minimizar la virtualidad, ir más a lo asincrónico (lo que no se produce al mismo tiempo): videos grabados, documentos compartidos y mails. A la vez, propone que es imprescindible que los encuentros virtuales sincrónicos se reduzcan solo a aquellas ocasiones en donde verdaderamente aporten y sean significativos. Agregando que es normal la existencia de excesos en la época en que vivimos, porque es una situación nueva que “hay que domar”. La tecnología en el mundo del trabajo supone darle autonomía al empleado. Claro, no en todos los tipos de trabajo esto es posible y sencillo, como tampoco es fácil abandonar las viejas formas de organización laboral. Gestión de la energía, priorizaciones, acuerdos (intra casa y con el trabajo) y “hacer foco”, son, según Rua, lo que se debe aprender a administrar en tiempos en donde la virtualidad se hace presente fuertemente en los ámbitos más sensibles de nuestras vidas. Como lo son nuestros hogares, con su dinámica, tan íntima y singular, alterada sustancialmente en los meses que corren. 

Por estas razones, en particular por las ubicadas en el lado B de la situación en que vivimos, es necesaria una reorganización de muchos aspectos que antes nos parecían inmodificables. ¿Cuál es la receta? Nadie la tiene. Lo cierto es que se requiere alcanzar un equilibrio entre ambas modalidades, en aquellos lugares en donde empezaron a convivir y competir. Una sugerencia es que a la hora de definir uno u otro modo de encuentro, dentro de las variables para determinar la modalidad que finalmente va a adquirir, se encuentre un ítem que evalúe si la opción elegida potencia o no los vínculos personales. Si los despliega, si los enriquece y si estimula la empatía con los demás. La sociabilidad humana, en definitiva de eso se trata todo este asunto, es la que debemos cuidar. Ella es la que nos termina convirtiendo, junto con la introspección, en la mejor versión de nosotros mismos, como individuos y como sociedad.