Opinión

Editorial

Fantasmas

30|08|20 16:45 hs.

Fueron desafortunados los comentarios del ex Presidente Eduardo Duhalde en relación a sus profecías de Golpe de Estado y sobre la posibilidad, según su visión, de ausencia de elecciones el próximo año. Sus aclaraciones posteriores, con una intención explicativa de las mismas, podrían haber sido evitables. En ellas, atribuye que sus dichos, que levantaron una polvareda política, tuvieron origen en "un desenganche de la realidad" o en “un comportamiento psicótico momentáneo”, que habría sufrido, provocado por la pandemia y la cuarentena. Ideas y explicación del nacimiento de las mismas, destempladas y carentes de pulso político. 


Uno de los basamentos de la democracia, son sus instituciones y los instrumentos por los cuales los ciudadanos y ciudadanas participan y expresan sus puntos de vista. El sufragio libre, en elecciones competitivas y plurales, regulares y limpias, es el mecanismo por el cual se llega al poder en un sistema como el nuestro. No hay otra manera, no existe otro procedimiento o regla para el acceso al gobierno municipal, provincial o nacional. Una aclaración obvia, pero necesaria. Las figuras providenciales, las ideas disparatadas, los razonamientos sencillos para explicar cuestiones cruciales y profundas, son plausibles de surgir en épocas de grave crisis, auspiciando con ideas vendibles tragedias políticas y sociales. 

Es imprescindible, aún más en contextos como el que estamos transitando, aferrarse a los mecanismos institucionales. Son ellos, especialmente en situaciones de gran desorientación e incertidumbre, los que marcan un sendero de previsibilidad, un camino en donde hay estaciones regulares que sabemos que debemos atravesar. Y en las cuales, en ejercicio y cumplimiento, de nuestros derechos, deberes y obligaciones, elegimos las opciones que más nos convencen, con la mayor libertad posible. 

La Argentina conoce de interrupciones de sus ciclos democráticos y de las innumerables excusas y fundamentos que se utilizaron para justificar los mismos. La primera de las libertades es la de expresión, porque nos permite decir lo que pensamos y defender a las otras, resultado de una larga lucha de la humanidad, lucha que aún no concluye en muchos países y para muchos sectores minoritarios, en otras sociedades y en la nuestra, nobleza obliga, también. Por eso es preciso ser contundente en la defensa de la democracia y de las libertades que la sostienen. Así como responder con argumentos, razones y espíritu republicano, a todos aquellos que con declaraciones, actos y cometarios públicos, mancillan y ponen en duda los logros de una larga historia colectiva. Historia que, quizá, en tiempos como los que corren, tendría que ser motivo de orgullo. 

Una de las respuestas a la crisis de nuestros días, es la sencilla de “más democracia”. Y significa, ni más ni menos, su defensa con nuestra forma de hacer y de decir, en la manera de encarar nuestras obligaciones y trabajos, en nuestra apuesta al bien común. A pesar de los dolores, de los males y de los profetas de las soluciones fáciles y de los apocalipsis por venir. Fantasmas, estos últimos, de un pasado que debemos ahuyentar sin titubeos.