“El nuestro siempre fue un crecimiento sostenido y genuino. La empresa nunca sacó un crédito"

La Ciudad

Un metalúrgico emprendedor e innovador

Hugo Fernández: “Yo necesito venir a la fábrica todos los días”

06|09|20 10:15 hs.

En los 70 abrió la primera tornería de Cascallares. En los 80 fue el primero en radicarse en el Parque Industrial. En los 90 fue el primero en importar motores orbitales hidráulicos para sus cargadores de sembradoras. En los 2000 el primero en poner en marcha el convenio de capacitación firmado entre el PITA y la UNS… 


Hugo Fernández muestra los pergaminos que lo acreditan como un metalúrgico innovador y emprendedor. La charla con el empresario se da en la oficina de su fábrica del parque y en medio de celosas normas de seguridad sanitaria, tal como lo exige la actualidad, y que él refuerza para no correr riesgos. “A los 82 años le tengo miedo al virus. Estoy poquitas horas acá, me cuido. Hay que tener el mínimo contacto con la gente”, dice.

- ¿Por qué no te quedás en tu casa? 
- Porque tengo que venir a acomodar cosas. Acomodo lo indispensable y me voy. 

- ¿Podrías estar sin venir? 
- Se me iba a poner muy jodido. Sufro si no vengo. Necesito venir todos los días. Hasta los domingos me doy una vuelta. 

Desde muy joven puso en evidencia que no iba a ser un Fernández más de la guía telefónica, que estaba hecho de una pasta diferente. Así, recién egresado de la escuela industrial, no dudó en mudarse a Olavarría para trabajar de tornero. Luego volvió para desempeñarse en Eima. Hasta que a principios de la década del ‘70 empezó a hacer historia: instaló en Cascallares el primer taller de reparación de maquinarias agrícolas. El Triángulo se llamó. “El torno que usaba en esa época todavía lo conservo”, comenta con orgullo. “Me fui a Cascallares porque no había tornería”, cuenta. 

En el amanecer de los ’80 decidió instalarse en Tres Arroyos, en un galpón ubicado en Paso al 250. Hasta que en el 83 dio un paso trascendental: su fábrica empezó a funcionar en el Parque Industrial, en un lote que había adquirido dos años antes. Sin luz ni gas ni vecino alguno, sólo rodeado por campo, Hugo fue el primer empresario que echó raíces a orillas de la ruta 3 en lo que en ese momento apenas era un proyecto, y que luego, con el esfuerzo de él y de muchos otros industriales se transformaría en un verdadero polo productivo y ejemplo provincial. 

“El 27 de mayo cumplí 37 años en el Parque Industrial. Me vine porque ya no tenía lugar en Paso. Empecé con un galpón que no llegaba a los 25 metros cuadrados y de apoco me fui agrandando”, cuenta Hugo. 

Aquel tallercito que instaló en Cascallares y esta fábrica que posee hoy están unidos por un camino sólido elaborado con recursos genuinos. Tal vez, ése sea el gran secreto del éxito de Hugo. “El nuestro siempre fue un crecimiento sostenido, pero muy firme. La empresa nunca sacó un crédito, todo lo que hemos hecho lo hicimos con plata propia, siempre con la reinversión de las utilidades. Eso, además de crecer, nos permitió pasar años muy duros, como 2000 y 2001, y poder mantener a todos los empleados. Nunca, ninguno de mis empleados se fue a la casa sin cobrar el sueldo. Eso es muy importante para mí”, reconoce. 

Y agrega: “Vos te podés desarrollar de dos formas: pidiendo plata, y si te va bien seguís y si no, no. O con tus recursos. Yo lo hice con lo mío, entonces sabía hasta donde podía. Crecía y paraba. En este país no hay seguridad, entonces muchas veces hay que ser aventurero. Y yo no lo soy, por eso crecí cuando pude y no cuando quise”.


“El nuestro siempre fue un crecimiento sostenido y genuino. La empresa nunca sacó un crédito, todo lo que hemos hecho lo hicimos con plata propia”, dice Hugo


Está claro, aventurero no es. Pero sí un gran emprendedor. En Cascallares comenzó a fabricar implementos y a lo largo de su trayectoria tiene varios logros. A partir de los ’90 entendió que el negocio pasaba por otro lado, que tenía que evolucionar. Así empezó a ir a distintas exposiciones en Estados Unidos. “Traje tres o cuatro ideas, que las desarrollé y adapté para nuestro país. Y la lista está compuesta por los mixer verticales, espirales con cepillo, motores orbitales hidráulicos, entre otras cosas. “Iba, miraba, y desarrollaba. Por suerte no me equivoqué”, comenta. 

“Yo no inventé nada, lo que hago es adaptar y desarrollar implementos que creo que van a serle de utilidad a los productores argentinos”, explica. 

Metfer tiene vendedores en distintos puntos de la Argentina y cada tanto se hacen operaciones en el resto del país. “Si no tenés mucha plata para invertir en marketing, imponer la marca en el mercado te cuesta toda una vida. Porque es lo que te demanda demostrar que sos honesto en la parte comercial, que si surge un problema vas a responder. Y eso lo hemos cumplido. Por eso, por ejemplo, viene gente de Entre Ríos a buscar una máquina acá. Se debe a que hubo otro productor que le dijo que funciona. Y eso te hace sentir bien”, reconoce con los ojos empañados por la emoción. 

El 17 de octubre Hugo va a cumplir 83 años. “Me gustaría estirar el contrato con la vida por otros 80 años más”, dice con una sonrisa para describir sus interminables ganas por hacer lo que más le gusta: estar en su fábrica. 

    0-0-0-0-0-0-0-0-0-0-0 

Orgullo de fierro
“Una vez fuimos a un campo en Patagones y vimos que había un sinfín de los nuestros. Un amigo que estaba conmigo, se bajó de la camioneta y le dijo al hombre que lo estaba usando: ‘Esto es una porquería. Además, yo conozco al que los fabrica, y es una porquería también’. El paisano lo miró y le contestó medio indignado: ‘Al que los fabrica yo no lo conozco, pero no diga eso porque esto anda muy bien’”, recordó Fernández. 

El cuento terminó con un apretón de manos entre Hugo y el gaucho en cuestión, y las risas de todos. “Ese tipo de cosas a uno le generan orgullo”, comentó el metalúrgico. 


Hugo todavía conserva el primer torno que tuvo en el taller de Cascallares en su inicio como tornero independiente


Idéntica sensación experimentó en otra oportunidad cuando se presentó en la fábrica un ganadero de Ojo de Agua, localidad ubicada en Santiago del Estero, interesado en comprar un mixer. “Decidió venir hasta acá porque lo vio funcionar, y porque se lo aconsejó otro productor del norte. No tenía ni idea dónde quedaba Tres Arroyos, pero hasta se dio el gusto de conocer el mar”, contó Hugo sin ocultar su satisfacción por la curiosa venta.

“Acá vienen muchos productores todo el tiempo, eso nunca ha cambiado. Y cuando varios te marcan la misma necesidad, uno empieza a trabajar para darles una respuesta”, comentó para describir la buena relación que mantiene con el hombre de campo, su principal cliente.