La pobreza afecta a millones de argentinos

Opinión

Editorial

Mientras tanto

06|09|20 12:24 hs.

Es probable que la pobreza en la Argentina supere el 45% a fin de año. Una medición mezquina, que esconde la verdadera realidad de un mal, que en nuestro país no deja de crecer. El economista indio Amartya Sen (Bengala, 1933 y Premio Nobel en 1998), explica la pobreza como la ausencia de capacidad para convertir derechos en libertades reales. Es decir, como la imposibilidad real de poder decidir hacer algo, de elegir como deseamos vivir. Pero indiquemos un ejemplo concreto. 


En términos educativos, todos los niños y adolescentes tienen derecho a la educación. Pero en la práctica, ¿Todos/as pueden asistir a buenos establecimientos educativos? ¿Todos/as pueden comprar los libros o útiles necesarios para hacerlo? ¿Todos/as tienen conectividad? ¿Todos/as cuentan con un espacio adecuado para aprender? Y la lista seguiría. 

Consagrar un derecho es una condición necesaria pero no suficiente. Los gobiernos deberían incrementar las capacidades para la vivencia concreta, cierta y consistente, de los derechos de sus ciudadanos y ciudadanas. La enumeración de derechos indispensables y, específicamente, su real goce, desde la perspectiva de Sen, nos haría concluir que nuestro país vive una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia, en términos de alimentación, acceso a la vivienda digna y de todo aquello que haga humana nuestra existencia.

Parece una exageración, pero una mirada objetiva de la situación en la que vivimos, nos acercaría a un punto de vista que, como mínimo, nos sorprendería. 

Llegados a este punto, conviene recordar, que la decadencia argentina, no tiene autor o autora conocido. Es como ocurre con los libros clásicos la Ilíada y la Odisea, atribuidas a un tal Homero, autor del que no se sabe a ciencia cierta si existió. Sí, que sus historias forman parte de una tradición oral que fue recorriendo la Antigüedad hasta ser convertidas en libros por sucesivas manos escribientes. Dicho en buen romance, nuestra lenta pero persistente caída no paga derechos de autor en forma exclusiva. 

Fueron varios y varias, de distinto estilo, expresividad y horrores de ortografía, quienes la elaboraron. Por eso, salvo en el mundo académico, motivados por un afán de conocimiento y de reflexión, es inútil que la discusión pública consista en echarse culpas de manera sistemática. Ningún grupo político, espacio o partido, dirigencia empresarial o sindical, puede esgrimir inocencia alguna. La sociedad tampoco. ¿Entonces?

En todas las disciplinas, para frecuentarlas bien, es importante conocer sus bases. Aprender su reglamento y sus maneras de hacer esenciales. Cuando se las maneja bien, es posible dar un paso más. Es el límite que separa la sobriedad, el buen hábito, la buena práctica, del talento mayor o del virtuosismo. Pero es imprescindible lo básico, hacer bien su ABC. Luego aparecerán los talentos destacados que convivirán con los buenos ejecutantes. Ambos disfrutarán lo que hacen y se realizarán como personas. Pero detrás siempre habrá un trabajo concreto para transformar una capacidad (algo que tenés) en una aptitud (llevarlo a la práctica), para luego convertirse en competente en ella. 

El país tiene casi la mitad de su población sin la capacidad cierta de ejercer sus derechos. Es decir, sin la posibilidad de decidir cómo vivir, sin la aptitud de materializar sus sueños


Nuestro país hace décadas que descuida los fundamentos apoyado en creencias nocivas, como la Excepcionalidad Argentina, aquella idea de que somos una porción de Europa en Sudamérica habitando en una llanura en donde se tira una semilla y crece todo; por nuestro afán de seguir liderazgos personalistas; por nuestra idea errónea de ser todavía un país de clase media y otras fantasías que obturan nuestra mirada sobre la realidad de las cosas.

Confundimos los términos: tenemos capacidades, pero no las transformamos en aptitudes. Por esa razón, no somos socialmente competentes en aquellas cosas que podrían hacernos mejor. Homero parece que era ciego, pero las distintas voces y manos que recogieron sus famosas historias, al parecer, por el resultado de ellas, hicieron honor al talento y competencia original suya. Por eso se siguen leyendo. Capacidad, aptitud, competencia. En ese orden. Como en la educación humana. Tan elemental que no lo vemos, porque nos aferramos a golpes de suerte, a buenas cosechas o al carisma de alguien. 

La historia que nos contamos acerca de nosotros mismos como sociedad, no es del todo negativa. Pero debería ser solo una porción de nuestras ocupaciones. El país tiene casi la mitad de su población sin la capacidad cierta de ejercer sus derechos. Es decir, sin la posibilidad de decidir cómo vivir, sin la aptitud de materializar sus sueños. 

Mientras tanto, debatimos asuntos que hoy no son relevantes; convertimos los tribunales en instrumentos de la política; descubrimos que una parte de la dirigencia juega al juego de los espías; que es posible amasar fortunas de manera rápida, exótica y sin cumplir los compromisos sociales con el fisco y seguimos creyendo que solo el voluntarismo cuenta para sacar a las sociedades del estancamiento y la pobreza. Mientras tanto, millones ven crecer la brecha entre sus anhelos y sus posibilidades.