Policiales

Por Juan Francisco Risso

Rescates (cuatro)

13|09|20 02:18 hs.


Quien lea este cuento dirá que su autor era peronista. Pero en un principio era gorila. No tanto como para bancarse gobiernos militares, eso es obvio. A decir verdad era un gorila que, cuando le daban la guitarra a él, tocaba canciones de Daniel Viglietti, de los Parra, cosas así. A cierta altura se hizo del PI, de don Oscar Alende. No era ni chicha ni limonada. Perfecto para él. A ese sujeto había que darle una guitarra o una máquina de escribir para entender qué era. Esa es la verdad. Yo creo que finalmente agarró trote. Pero no se lo puedo asegurar.  


La cabeza de jabalí

Debo reconocer que nuestro anfitrión era verdaderamente distinguido. He de reconocerlo, a mi pesar. Mi esposa -que siempre ha sido un poco superficial- estaba lisa y llanamente fascinada con aquel sesentón maduro y corpulento, que con ojos empequeñecidos de simpatía nos rodeaba de atenciones. 

Como todo hombre de bien, nuestro anfitrión se había asqueado de la política. Sin embargo, su fe y su vocación de servir a la comunidad habían renacido al filo de la vejez con la aparición de un partido local, un partido que no se ocupaba de la política, sino de los problemas concretos de la ciudad. Un partido que no estaba integrado por políticos, sino por vecinos conocidos y honestos. Eso nos explicó en tanto nos servía un excelente borgoña de no recuerdo cual cosecha.

Mientras aspiraba el bouquet que exhalaba la copa, le contesté que todo ello era muy cierto, pero que no debíamos olvidar que esa asociación vecinal se había formado en torno del último intendente del gobierno militar. Luego levanté la copa para admirar el color del vino a contraluz, y agregué que era fama en todo el mundo el genocidio que se había cometido durante dicho gobierno.

Nuestro anfitrión, que no tenía ya ojos empequeñecidos de simpatía, pero aún sí excelentes maneras, me aclaró que en realidad dicho intendente -fundador del partido- nada tenía que ver con las tropelías que “se decían” del gobierno militar. Por el contrario, quizá era el único intendente honesto de los últimos tiempos.

Yo levanté el dedo índice y abrí la boca para responderle que la explicación era pueril, y pensaba agregar que sin civiles colaboracionistas no existirían los golpes de estado. Pero mi esposa me propinó un fuerte taconazo en la espinilla, mientras interrogaba a nuestro anfitrión sobre una enorme cabeza de jabalí que nos miraba feroz desde el tiraje del hogar. Me consta que mi mujer odia la caza, como cazador se los digo.

Debajo del trofeo había un treinta-treinta a palanca. Un treinta-treinta de aquellos que eran la pesadilla de los insurgentes en la revolución mejicana. Un federal con un treinta-treinta podía partir desde muy lejos el espinazo de un revolucionario, se partía con ruido de madero que se parte. Pero nos estamos desviando.

Bien, los ojos de nuestro anfitrión volvieron a achicarse de simpatía, y restó importancia al trofeo. Pero ya nadie detendría la narración.

Mientras reponía vino en las copas semivacías explicó que aquel jabalí era apodado “El Mañero”, por el daño que hacía y por la imposibilidad de darle caza. Había despanzurrado a todos los perros de la comarca.

Desde muy lejos -dijo- escucharon los frenéticos ladridos de la jauría, y allí estaba El Mañero, empacado, cercado por los perros, defendiéndose bravamente. Mi mujer miró los impresionantes colmillos.

El cazador echó entonces pie a tierra, para evitar que el caballo se encabritara con los disparos, sacó el treinta-treinta de la montura, “ese que está ahí”, y tomó puntería desde la posición rodilla en tierra. En ese momento El Mañero atropello al caballo del baqueano, pero nuestro anfitrión hizo tres disparos en rápida sucesión que voltearon al jabalí.

“Lo acostó”, dijo señalando el rifle, al cual le adjudicaba todos los méritos. 

Una perfecta combinación de hombría, buen pulso y modestia. El auditorio estaba fascinado. -Mi mujer lo veía con ropas de explorador y el fusil humeante-. Finalmente mencionó el impresionante kilaje del animal. 

Interviene nuevamente, haciendo notar que el verdadero jabalí no es demasiado pesado, ya que posee una gran cabeza pero un cuerpo relativamente pequeño y magro. “Sucede -agregué- que por aquí los jabalíes se mestizan con chanchos comunes, de los cuales sale un animal corpulento, o directamente gordo.”

En una palabra, insinué que nuestro anfitrión había cazado un jabalí falsificado, un cerdo común, y por ellos recibí el segundo taconazo de mi esposa.

Después de propinarme el taconazo, ella señaló los grandes colmillos y declaró que un cerdo común jamás tendría defensas semejantes. Yo dije que los cerdos comunes -padrillos, claro- en realidad tienen grandes colmillos, y recibí el tercer taconazo, más fuerte que los anteriores. Opté entonces por callar.

De allí en más ignoro por dónde discurrió la conversación. Sólo recuerdo al dueño de casa alcanzándome la ensalada waldorf, descorchando vino, cortando rodajas de carne.

A los postres la conversación recaló en la entonces reciente insurrección mejicana de Chiapas. Con gesto despectivo nuestro anfitrión declaró que los rebeldes no eran indígenas ni cosa que se le pareciera, sino “los facinerosos de siempre”. Yo abrí la boca y levanté el dedo índice para explicar quiénes eran -en mi concepto- los facinerosos de siempre, y recibí el cuarto y último taconazo de la noche. Poco después nos despedimos y nos retiramos a casa, para alivio de mi pierna derecha. Creo que me retiré con una leve cojera. 

Ya en casa, abrí un cajón de mi escritorio y saqué una vieja fotografía en color sepia. Pasé una mano por la superficie, como si pudiese así verla más nítida. Era una cuadrilla de esquiladores, fotografiados junto a un destartalado camión de los años veinte. Si les pusiéramos unas cananas en bandolera y unos rifles en sus manos diríanse revolucionarios de Zapata. Pero nunca empuñaron un arma. Eran peronistas, que sólo empuñaron la tenaza cuando el General les decía que corten el alambre, que rompan el candado y que vayan a votar.

El segundo de la izquierda se afincó en Pedro Luro, zona de jabalíes. Solía cazarlos “con los perros y a cuchillo”, y sólo para consumo. También oficiaba de guía, con sus perros de raza indefinida, pero siempre efectivos. El Capitán -cruza lejana con algún airedale terrier- era el primero en alcanzar al chancho. No lo acometía, pero lo empacaba, e inmediatamente llegaban los demás En alguna cacería, en medio del monte, eché de menos al Capitán. El baqueano me explicó entonces que la semana anterior había guiado a cierto cazador que llegó recomendado y bien equipado: montura propia, un treinta-treinta y un tres-cincuenta y siete a la cintura. Ubicaron el rastro de un buen macho y los perros lo alcanzaron. Cuando ellos llegaron, el chancho estaba rodeado, en medio de ladridos estremecedores. Sin desmontar, el cazador sacó el treinta-treinta, pero no tiraba. “Tírele, que me va a matar los perros”, pidió el baqueano, pero el hombre no tiraba. Y cuando el jabalí revoleó por el aire al Capitán -que aulló abierto en canal- el baqueano ordenó: “deme el winches”. 

Lo atrapó en el aire y le puso al chancho un tiro en el codillo. Lo desinfló.

El segundo tiro fue para el Capitán, que había conseguido pararse y se pisaba las tripas humeantes. Después cuereó al jabalí, sacó impecablemente la careta y descarnó el cráneo. Un trofeo perfecto. Desde el dormitorio mi mujer me reclamó impaciente. Miré un rato más aquella cuadrilla de desharrapados, pasé suavemente la mano por la fotografía y la guardé de nuevo en el cajón. 

Entré al dormitorio, donde mi mujer leía una revista para mujeres. Después de contemplarla un momento, le pregunté por quién votaría en las próximas elecciones comunales. Ella se encogió de hombros sin dejar de leer. Entonces le apunté con el dedo índice y abrí la boca para decirle que debíamos aclarar definitivamente un par de cosas en ese mismo momento, y no después, y que además debía saber la verdadera historia de aquella cabeza de jabalí. Como ella no dejara de leer, opté por bajar el índice, cerré la boca, luego me senté en la cama y desaté el cordón de mi zapato derecho. Es que mi mujer -hay que reconocerlo- siempre ha sido un poco superficial.

Tres Arroyos, marzo de 1995

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