Lucas sonríe y saluda a la cámara. Lo acompañan Germán y Pochola Castro y dos cuarteadores

Claro, Reta y Orense

Claromecó, rumbo al Centenario

Hombre de mar

13|09|20 10:00 hs.

Por Fernando Catalano


Pertenece a la tercera generación de una familia de pescadores y su apellido -de origen holandés- es protagonista a lo largo de la centenaria historia de Claromecó. 

El mar es su lugar, lo surca en lancha o en moto de agua en diferentes épocas del año, con la misma facilidad con la que cualquiera conduce una bicicleta. Socialmente se distingue por la energía con la que se mueve y se relaciona, tiene una personalidad carismática, fresca y natural, con la que además –junto a su esposa- cría a su descendencia. 

Lucas Mulder, como su padre Enrique (El Lobo) y también su abuelo, ha sabido construirse como un verdadero hombre de mar, un ámbito en el que elije trabajar todo el año ya sea como guardavidas y también como pescador. 

“Hoy arrancamos a las 5 de la mañana en tierra cargando la carnada y saliendo a pescar. Como contamos con una embarcación más rápida tenemos una hora de navegación a la zona de pesca”, contó este jueves a La Voz del Pueblo 

Como capitán de la embarcación comparte sus salidas con Germán Castro (primero de cubierta) y Pochola Castro (marinero). “Hoy levantamos 28 nasas (son unos 75 cajones), vamos derechito para la costa, estamos pescando afuera de Orense, a unos 15 kilómetros”, indicó. 


Pochola, Lucas y Germán, sacando la lancha del mar (fotos Caro Mulder(


Explicó que esa salida tenía que ver con que se aproximaba un frente de viento. “Va a venir viento de tierra, y para esquivarlo -porque vamos muy cargados- nos dirigimos hasta la costa y seguimos hasta Claromecó”, describió. 

Cambios en la pesca 
Haber podido llegar a trabajar con su abuelo –que también se llamó Enrique- le posibilitó hacer más amplio el espectro de su experiencia que decididamente conoció en detalle trabajando de marinero para El Lobo, su padre. “Con respecto a la pesca, ha cambiado en muchas cosas. Sigue siendo pesca artesanal pero las embarcaciones son de fibra, más rápidas”, dijo. 

Y recordó que su abuelo alcanzó a hacer temporada de mero, una especie que su papá comenzó a pescar en los 80. “Hoy se han mejorado y optimizado los rindes, antiguamente te daba un cajón por canasto, hoy lo mejoramos. Mi abuelo principalmente -mi papá también- pescaban con trasmallos únicamente tiburón”, mencionó al referirse a los cambios en la actividad que hoy tiene prohibida la pesca de escualos, pero que se ha diversificado y ha logrado extenderse a lo largo del año, siempre que haya qué pescar. 

Criado en la playa 
Con fresca naturalidad cuenta que se crió en el mar, donde se gana la vida de enero a enero. “Laburo todo el año en la playa, el verano de guardavidas, el invierno con la pesca. Soy un agradecido a Dios de los laburos que tengo y de las satisfacciones que me traen”, aseguró. 

De muy chico – a los 13 años y después de haber tenido una niñez “muy agradable”- ya trabajaba con El Lobo como cuarteador. Era el encargado de sacar la lancha a tierra. “Mi primer laburo fue con los caballos, en aquel momento mi abuelo vivía y laburábamos los dos juntos. Ya no pescaba”, dijo al repasar esos tiempos. Instantes después -y entre risas- comentó que “al contrario de lo que cree la gente no comemos mucho pescado, somos más carnívoros”. 

Sobre la pesca artesanal confió que tiene de bueno “que no es rutinaria, más allá de que uno haga lo mismo, cambia todos los días”.

Seguro de sí mismo y entendiendo que para dominar el oficio se las tuvo que arreglar desde pibe, aun teniendo al Lobo de padre, confió que “como en toda actividad comencé de marinero, no de patrón. Comencé con mi papá, y cuando tenía el Búho con Mariano Gómez, él había comprado una lancha. Fueron mis primeras incursiones como capitán, tendría 18 años, ya había terminado el secundario. Pero los primeros laburos fueron de marinero y en la lancha de papá. En El Delfín”, contó sobre su propia experiencia y evocando a una de las lanchas con más historia de la pesca artesanal de Claromecó. 


Descargando los cajones con mero, después de una exitosa jornada de pesca (Caro Mulder)


Pros y contras 
Junto a su hermano Germán actualmente desarrollan a pleno la actividad en las costas del distrito, pero los dos tienen también historia fuera de las aguas locales. “Claromecó tiene ventajas y desventajas respecto a otros lugares. Con German hemos pescado en San Antonio Oeste, yo he pescado en Mar del Plata, (Puerto) Madryn, en barcos de altura, no en pesca artesanal; y al no contar con puertos (en Claromecó) muchas veces es una limitante ya que hay rompiente. Capaz que no hay lugares para echar la lancha, no hay canal, hay mar abierto”, dijo al enumerar los condicionantes naturales de la costa local. 

Algo que cambió con el correr de los años y con el apoyo de la tecnología, es haber logrado cierta independencia operativa. “La distancia a Mar del Plata -que sería la metrópolis conde se comercializa la gran cantidad- hoy es más fácil de acortar por los fletes y la velocidad de los camiones. En la época de mi viejo estábamos más ajenos a la comercialización. Hoy entre la telefonía y fletes uno maneja la comercialización también”, dijo al comparar los cambios de época. 

También observó que en costas como la de Claromecó, a diferencia de otras, “tenés la ventaja que no estar tan observado, ni controlado como en otros lugares. Acá entre los mismos pescadores nos cuidamos y ayudamos”, apuntó.

De todas maneras no dejó pasar por alto que es una actividad que fluctúa mucho. “Un día con el mismo gasto y operativo, podes agarrar 20 cajones y otro día –con lo mismo- podés llenar 70. Pero es lo lindo de la pesca, te gratifica y hay veces que no, que se corta y no hay pescado”, explicó. 

Te tiene que gustar 
Haciendo a un lado que su padre y su abuelo hicieron su mismo recorrido en Claromecó, Lucas afirma que “es una actividad que gracias a Dios uno la elije”. 

Entiende que más allá de ser una forma de ganarse la vida, y de haberse acostumbrado a transitarla, “en la pesca en general no hay sábados ni domingos. Hay buen tiempo o mal tiempo, uno a veces no sabe en qué día vive; sólo sabe si va a soplar viento -o no- y si puede salir al mar -o no- que es lo que uno está esperando”, sostuvo. 


Su hermano Germán, en el extremo izquierdo, descargando también el fruto de una muy buen jornada de pesca de mero. Entre otros lo acompaña, Gustavo Gochi, impulsor del paseo de lanchas para el centenario


Muy cómodo pero también firme en el dominio de su oficio, que pasó a ser una forma de vida de una manera clara, observable y no declamativa, El Lobito, redobla el significado del sentimiento hacia su trabajo. “Cuando uno no está en el mar, está en tierra pensando en cuando va a poder entrar. Te tiene que gustar y lo tenés que disfrutar, porque muchas veces tiene cosas duras, feas, como el frío, los dolores. A veces es ingrato, uno a la pesca la tiene que elegir porque le gusta, más allá del recurso económico”, afirmó en un tono calmo y reflexivo. 

Pero en su caso el apego por el trabajo en el mar, también viene en la sangre. “En el 40 había embarcaciones, mi abuelo se vino a pescar a Claromecó, vendieron el campo y se instalaron. Viene de generación -en generación- vamos a ver qué hacen nuestros hijos”, dijo mientras sonreía al final de la charla.