Domingo Faustino Sarmiento

Opinión

Editorial

Civilización o barbarie

13|09|20 11:39 hs.

  “…Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo… “
(Comienzo de “Facundo”)

Fue Sarmiento, quizá, una de la mentes con mayor capacidad de pensar el futuro y trazar un camino para llegar a él, más lúcidas del siglo XIX. El impacto de su imaginación política, se hizo sentir también durante el siglo pasado y sus coletazos llegan todavía, como un eco fuerte, intenso, colándose en el trasfondo de la discusión pública actual. 

La interpretación desbocada de sus ideas, enfatizando el carácter voluptuoso, caprichoso y violento, en muchas ocasiones, de su temperamento, desvía la atención de la profunda claridad de sus puntos de vista. Es cierto, la política lo cegaba, su ambición personal lo dominaba y sus excesos contradecían muchas veces sus palabras escritas. Pero hablamos de un ser humano en años convulsionados y, seguramente, en el Olimpo de los próceres criollos, el sanjuanino, acaso sea el más humano de todos. 

Civilización significaba para él una República de ciudadanos educados, participando en la vida pública, administrando su propio gobierno, con una propiedad de la tierra más dividida, al estilo del Farmer norteamericano, alejada de los latifundios y sus propietarios, que manejaron la política argentina a fines del 1800, defendiendo sus intereses materiales, replegados sobre ellos mismos y negando la participación a las mayorías surgidas de la inmigración y la alfabetización masiva. 

Es por ello que creía en un Estado vigoroso, activo, que desarrolle acciones positivas para construir esa sociedad nueva que él tanto deseaba. La educación pública fue su desvelo. En su concepción, el sentido de ella, no es la mera instrucción, es decir, la formación en una serie de habilidades para realizar actividades productivas e insertar a las personas en un mercado de trabajo. Eso estaba también, pero en forma secundaria. Fundamentalmente, su intencionalidad principal, era la edificación de una civilidad, que en su sentido más pleno refiere a la construcción de ciudadanía, a una República en donde el debate, la discusión de individuos educados, constituya la condición sine qua non del progreso. 

Era provinciano y sus mejores páginas son aquellas que retratan su infancia, descrita en “Recuerdos de Provincia”, y las que se encuentran en el extraordinario, inacabable y polisémico “Facundo”. Y nuestra mención es a propósito. Barbarie no era para él la provincia, el interior y el caudillo per se. Era todo aquello que alejara de la construcción de una República de ciudadanos a la Argentina. Acciones, decisiones, batallas intelectuales y de las otras, provengan de donde provengan, pero que atenten y menoscaben el sendero a ese Estado social y político por el cual luchó hasta el final de sus días. Por eso la aclaración acerca de su temperamento, que es la forma, muchas veces, no el fondo de sus conceptos. Detrás de ella, hay un sistema de ideas concreto por el cual abogó. No odiaba a las provincias ni a los caudillos. Detestaba la ignorancia, la ausencia de civilidad, el latifundio, los privilegios y los gobiernos en donde el materialismo marque el camino. 

Fue el primero que denunció el cinismo de la clase propietaria argentina y su ignorancia, venalidad y mezquindad para pensar un país más allá de sus narices. Fue el gran impulsor de la educación pública. Constituyó su razón de ser y para ello viajó por el mundo para estudiar cuál de los sistemas era el mejor para la nueva nación sudamericana. Impulso la ciencia y las artes, escribió sin pausa, ejerció el periodismo y tuvo una vida privada azarosa, caótica, reflejo también de su personalidad de hacedor. 

El viernes fue el Día del Maestro y quizá sea una de las fechas más acertadas del calendario de efemérides. Sarmiento fue eso y conoció como muchos y muchas en la actualidad, la falta de valoración, el trabajo en malas condiciones y la ausencia de políticas sólidas para combatir la desigualdad y la inequidad en el acceso y el ejercicio pleno del derecho a la educación. Bramaría ante discursos vacíos y repetidos. Se arrebataría ante la tibieza de la política y ante la pobreza de sus acciones. Todos estos aspectos, parafraseando sus ideas, muestras actuales de una forma de barbarie que persigue a la Argentina, desde su apuesta inicial de 1810. Barbarie que no es patrimonio de una clase o sector productivo, de una provincia o de una ciudad en especial. Barbarie que es resultado de una mentalidad que no deja avanzar a la Argentina, atándola a un pasado que debería abandonar de forma definitiva.