Sociales

Por Valentina Pereyra

Predestinados

13|09|20 17:50 hs.

El rugido de un motor conmovió al silencio lugareño. Un cazador montado en su moto rondaba, pero las presas dormían la siesta así que la vigilancia fue corta y aburrida. El verano del ‘52 no era más caluroso que otros, pero fue único. 


El polvo giró junto con las ruedas furiosas y se coló en el aullido de los conductores. El viento que los había sacudido en la ruta, a esa hora, se derretía sobre las veredas solitarias de la empedrada cercana a la plaza de Gonzales Chaves. 

- Acá no hay nada, yo no vuelvo más. 

Sin embargo el destino es cosa seria para Víctor Dannunzio y Mirta Julia Cadek, la única hija de un checoslovaco que llegó a Argentina disparando de la guerra. 

Tener 18 años y una moto recién comprada habilitó a Víctor y a sus amigos a recorrer territorios alejados de sus pagos. Chaves fue el destino elegido y para allí salieron, la desilusión los alcanzó ni bien llagaron, las calles desiertas y ninguna chica fue el saldo del día. Dieron unas vueltas a la ciudad que dormía la siesta sin reparar en la coleada teatral que el joven representó antes de emprender la retirada. 

Aunque a desgano, Víctor aceptó regresar a Chaves con su amigo Piruco Di Marco para disfrutar de una fiesta. Estaba convencido de que ya no regresaría después de aquella tarde infernal de verano, pero los bailes lo pudieron. Piruco vendía fruta que llevaba a la localidad a 50 kilómetros de Tres Arroyos. El trabajo lo relacionó con otros chavenses y, por pura coincidencia o designio del universo, su amigo lo invitó a una de las fiestas populares en el Club Independencia. 

Pondría esa noche el primer ladrillo. 

“Me insistió y fui al baile, son circunstancias de la vida, para mí hay cosas que están destinadas”. 

La primera vez que la vio caminaba junto a otras dos chicas, pero Mirta lo cautivó, “ella se me quedó”. La sacó a bailar, se divirtieron, pero hubo cometarios que enojaron al muchacho que juró no regresar jamás a Chaves. “Por ahí medio nos peleamos, pueblo chico infierno grande, de yapa teníamos mala fama, íbamos muchos chicos a bailar desde acá”. 

Mirta escuchó los rumores que desaconsejaban relacionarse con los tresarroyenses que sólo llegaban a Chaves a cazar. Su amiga era hermana de uno que salía con Víctor y metía la púa, “me decía que me olvidara de esos vagos, así que la próxima vez que lo vi le dije: ‘Olvídate, ándate de acá’”. 

Levantó la primera fila de la pared de su casa y con buen nivel. 

- A ese no le des bolilla, anda con los vagos de Tres Arroyos, dice mi hermano que son plaga. 

- No pienso ir más al baile, tampoco voy a volver a verlo. 

- “Yo ahí no vuelvo más”, pensó Víctor que no estaba dispuesto a tales injurias. 

- Por eso digo que son destinos. Hubo otros bailes, pero ninguno de los dos quería volver. Así que amigos en común desplegaron destrezas de Celestina y armaron un muy buen plan. 

- Dice Mirta que te espera en el baile. 

La hija del ruso Cadek jura que jamás salió de su boca esa frase. 

- Vamos al baile, ya compré las entradas así que me tenés que acompañar. ¡Dale Mirta no te hagas rogar! La súplica de su mejor amiga la dejó sin alternativas y ese sábado rumbeó desganada para la empedrada. 

“Yo no estaba yendo, me había enojado, pero el otro -Di Marco- siguió yendo, entonces dije: ¡Na! ¡Yo no voy más! Pero si Mirta me lo pedía…” 

Llegaron engañados al salón frente a la plaza en la entoscada, la banda de jazz del momento interpretó su tema y ninguno resistió el baile con el otro. 

“Resulta que ella no sabía nada, fui pensando que me esperaba y no sabía nada. Su amiga y el mío arreglaron todo hace más de 60 años”. 

Otro ladrillo en la pared y varias filas más para llegar al techo. En 1958 se pusieron de novio, se casaron el 5 de diciembre de 1964 y se instalaron en una casa que alquilaron en la avenida San Martín al 900. 

En Chaves Mirta tenía peluquería y muy buena clientela, profesión que dejó en Tres Arroyos diez meses después de casarse con Víctor. La decisión llegó con el nacimiento de César, su hijo mayor, que la impulsó hacia la dura tarea de ama de casa, así que Víctor fue el encargado de sostener económicamente su casa. 

“Sacamos bien las cuentas y pensamos que no convenía seguir con la peluquería. En esa época los metalúrgicos trabajábamos muy bien”. 

Los cimientos bien profundos sostuvieron las paredes del hogar hechas de buena mezcla. 

 Una familia 
El ruso Cadek, papá de Mirta, trabajó en los elevadores de Bunge y Born y cuando se jubiló puso un vivero, su esposa atendía una de las dos florerías del pueblo, “Las Hortencias”. Dicen que el checo era un hombre rudo, pero amigable, aunque muy cuida de su única hija. Víctor lo conoció el día del cumpleaños del ruso. “No fue tan terrible, el tiempo nos hizo muy buenos amigos, era bravo, pero mucho porque le metían la púa, le decían que su hija no se podía meter con este vago”. 

El padre de Víctor vino a la Argentina desde Italia en 1922, después de la guerra del ’14. “Cuando papá se embarcó nació mi hermano mayor y estuvo siete años sin poder volver. Después de ese tiempo mandó a buscar a mi mamá -Ottaviano de apellido- y a mi hermano que ya tenía siete años”. 



En Tres Arroyos se instalaron en una quinta de 20 hectáreas que estaba bajando la Ruta 3 hacia la avenida San Martín pasando el puente, frente a la casa embrujada, a la Estancia San Armando. Allí se criaron tres mujeres y tres varones Dannunzio, el menor de ellos es Víctor que el 15 de marzo cumplió 80. 

Desde los 16 años trabajó en la Fábrica “La Atómica”, en la avenida San Martín hasta que le tocó la colimba. Su cuñado le enseñó albañilería así que podía alternar la metalurgia con la construcción sin problemas. 

En el ‘62 volvió del servicio militar, un año de mucha sequía, así que no salía tanto trabajo en el campo y tenía que meterle pata si se quería casar. En el ‘63 le salió otra oportunidad y entró a trabajar en EIMA mientras seguía con la albañilería después de hora. 

Para colocar el primer ladrillo de la nueva pared presionó suavemente hacia la mezcla, revisó que esté nivelado con la ayuda de la cuerda guía y le dio para adelante. 

En el ‘79 la EIMA cerró y para ese tiempo Víctor ya tenía mucho trabajo de albañil, además, vivía bajo el propio techo. 

Comenzaron a construir su casa hace 52 años, al principio era un departamento chiquito que luego se transformó en un gran nido. “Le compré el terreno al vasco Ubiría que me lo dio a pagar, compré ladrillos y con mi cuñado la levantamos”. 

Mientras la vivienda de Alberdi 755 avanzaba, los Dannunzio pasaban sus días en la casa alquilada de la avenida San Martin. Mirta se tomaba el colectivo azul todos los días hacia la obra. Llevaba a los chicos, pero cuando el invierno les endurecía las palabras los dejaba al cuidado de una tía. Su esposo esperaba ansioso la cebada de mates y su compañía. “Ella me esperaba con un farol Petromax en la obra porque yo volvía de la fábrica directo a seguir levantando las paredes”. 

El 17 de agosto del ‘69 se cambiaron a la casa donde todavía viven. 

Entre los hermanos, los primos, y el mate infaltable de Mirta las hileras de ladrillos completaron la altura deseada, cuidadosos retiraron los excesos de mortero y revisaron que estuviera todo nivelado. 

El piso de portland no se revistió hasta que fueron pasando los años y llegaron los chicos. Terminaron la pieza, la cocina y el baño para entrar y después, agrandaron. “En ese momento era difícil para los trabajadores, nunca fue fácil, por eso tenía dos trabajos y hacía changas los sábados y domingos, pero no me quejo de la vida porque fue hermosa”. 

Víctor es de Boca de Tres Arroyos y de Buenos Aires, pero su experiencia futbolera fue en Central, carrera que se truncó justo el día en que su equipo tuvo la oportunidad de ascender a Segunda. La final se jugó el sábado de su casamiento. “No estuve porque no puede. Quedaban Central, Claromecó y Argentino Junior, jugábamos la final en cancha de Quilmes, me fueron a buscar para que estuviera en la cancha, pero Mirta dijo: ¡No, cómo va a ir!”. 

Nunca se enteró quién ascendió, o no lo recuerda, pero su afición deportiva no cesó, ni por el boxeo ni por sus Boca. 

Las paredes reposaron el tiempo necesario antes de comenzar con cualquier otro trabajo. 

Diez meses después de su casamiento nació César, dos años después Gustavo y una década más tarde Guillermo. Los ladrillos se ensamblaron tan bien que hubo lugar para más amor. “Me traje a una tía de Chaves que vino a pasar unos días y se quedó a vivir, me traje también a mi mamá y a otra de sus hermanas. Por eso hicimos un departamento lindo atrás de casa. Las tres mujeres se me fueron de acá”. 

 Todos a comer 
“Extrañamos en esta época mucho a los nietos, somos de reunirnos todos los domingos para hacer parrillada”. 

Víctor es el cocinero oficial encargado del asado para los 12 o 13 comensales que completan su mesa los domingos. - ¡Hola abuela! ¿El abuelo no está? ¿Me le das permiso para que hable conmigo? 

- Hola abuelo, te voy a hacer una pregunta, vos que sos muy “mañoso”, ¿no me haces una casita de madera? 

No hubo necesidad de otro protocolo, Víctor supuso que el cumplido era habilidoso, o se convenció de eso y puso manos a la obra, cortó maderas y empezó la construcción por pedido. 

Los pares de brazos y manos se blanden en el aire del living de la casa de Alberdi al 700, señalan uno y otro estante de la repisa de los recuerdos en la que los portarretratos cuentan historias de cumpleaños, recibidas, partidos de fútbol, paseos, relatan en línea zigzagueante la temporalidad que fluye memoriosa del alma del matrimonio. En el garaje, el museo del deporte familiar, medallas prolijamente colgadas, fotos enmarcadas, afiches, recorrido obligado que la mirada húmeda de Víctor supervisa y la sonrisa nostálgica de Mirta asiente. 

Mirta y Víctor son muy compañeros, “donde va uno, va el otro” y los nietos completan la construcción. Bernarda, Ornella, Mauro, Bruno, Oriana y Bastian son los materiales perfectos con los que la mezcla pegó muy bien. Las vigas y ¡a techar! Ni un huracán podrá voltear la fortaleza de amor. 




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El Mate Cocido 

Víctor era empleado de la EIMA cuando lo enviaron a controlar unos silos que no habían quedado muy bien armados en una obra en la provincia de Chaco. “Había una obra muy grande en Resistencia y el hermano del doctor Ricci -que era ingeniero- me mandó a Buenos Aires y de ahí un ingeniero me acompañó en avión. Ese día viajé con Landriscina. Fuimos a Gancedo, un pueblo como Cascallares, lindero a Santiago del Estero donde se vivía sin nada”. 

En el único lugar que había para almorzar y cenar se juntaban los próceres del pueblo, el delegado, el comisario, los más mentados que no paraban de contar historias. La preferida fue la del Mate Cocido, un justiciero que robaba en “La Forestal” para repartir entre los pobres. 

“Según me dijeron durante una cena, Mate Cocido se escondía ahí mismo, tenía su guarida en el corazón del monte. Su hermano era farmacéutico, pero no se hacía ni cargo del Mate Cocido”. Por trabajos de EIMA viajó a Córdoba, a América donde conoció a Horacio Cabral, un campeón de boxeo que se mató, “tenía una chevy amarilla”. 

 Las anécdotas incluyen las del servicio militar. Un tiempo antes de cumplir los 80 empezó a “hinchar las guindas” que quería volver a ver a su amigo de la colimba. 

Con la ayuda de César e internet logró cumplir su deseo y Oscar, al que no veía desde hacía 55 años se vino para soplar las velitas con su antiguo compañero de guardia. “Me agarró tanta alegría cuando llegó a la fiesta con la señora, gran alegría”. 

Mirta tuvo miedo que la pandemia no los dejara festejar, los primeros días de marzo traían malos augurios, sin embrago, llegaron justo y unas 100 personas se reunieron para vivar a Víctor y estar juntos. 

Fotos y videos testifican palabras. Sonrisas testifican muy buena vida.