Opinión

Por José Mariano Pérez

Istilart y la Biblioteca Sarmiento

13|09|20 19:42 hs.

La Biblioteca Sarmiento de Tres Arroyos abrió sus puertas en 1899 como dependencia del Centro Recreativo de Comercio, que había sido fundado dos años antes. Este último no tenía un carácter exclusivamente cultural, sino que su objetivo era propender “a la vinculación de sus socios, cultivando el espíritu de asociación por medio de recreos honestos, bajo la forma de bailes, veladas y las fiestas que la comisión directiva crea oportuno organizar” y “defender los intereses comerciales en general, y los de los asociados en particular, cuando se trate de aquellos cuya defensa redunde en interés común”. 


En este marco, se proyectaba tanto la creación del club como de la biblioteca que, sin embargo, se halló desde sus comienzos abierta y disponible para el público en general. 

Este perfil corporativo, que fue abandonado en 1910 cuando se disolvió el Centro en favor de la biblioteca, marcó la extracción social y ocupacional de sus fundadores y principales impulsores que, durante los primeros diez años de su funcionamiento, fueron mayormente comerciantes. 

Una media docena de socios del citado centro, con marcado interés por la cultura, propusieron la creación de una biblioteca, objetivo que se cumplió el 15 de enero de 1899. En un periódico de la época, mediante un importante aviso, el Centro anunció la puesta en funcionamiento de la Biblioteca. Para celebrar dicho acontecimiento se llevó a cabo una gran fiesta en su sede, ubicada en la esquina de Maipú y Moreno, a media cuadra del actual edificio de la Sarmiento. El domicilio exacto era Moreno 393. 

Con el paso de los años la biblioteca fue incorporando material y a la vez, asociando tanto a niños como a mayores. Pagando cincuenta centavos por mes o cinco pesos por año, cualquier persona retiraba libros. Los socios del Centro no abonaban dicha cuota. 

En 1909 se reconoce la personería jurídica del Centro y el 1º de enero de dicho año se realizó una velada a beneficio de la biblioteca. En tal oportunidad el maestro José Martí ejecutó un himno que compusiera expresamente, cuya letra fue fruto de la inspiración del escribano Enrique Jonás. 

Con la desaparición del Centro, un grupo de socios se hizo cargo de la biblioteca, transformándola en un ente autónomo. En principio se la llamó Biblioteca Popular. Ese grupo estaba integrado entre otros por Federico Frugone, Sebastián Costa, Arturo Rivolta y Juan Guillamón. Designaron como bibliotecario a Juan Bautista Istilart que desde la creación de la entidad se había acercado a la misma como un ávido lector, pasando varias horas del día leyendo sobre diversas cuestiones, que a la postre cultivaron su espíritu. 

En 1910 hubo un contratiempo que gracias a Istilart y Sebastián Costa se pudo superar. El Centro de Comercio había caído en bancarrota y sus autoridades, con el fin de abonar parte de la deuda estuvieron a punto de entregar todos los volúmenes que componían su biblioteca para saldar una deuda con el Banco Nación. Los mencionados vecinos aportaron el dinero suficiente para abonarle a la entidad bancaria y los libros no cambiaron de mano. Luego de la venta del edificio del Centro, la biblioteca se radicó en calle Chacabuco entre 9 de Julio y Maipú. 

En 1915 la biblioteca llegó a contar con su propio reglamento (redactado por Istilart y Jonás), que fuera aprobado en asamblea general llevada a cabo el día 25 de marzo de dicho año. 

El año 1925 fue muy positivo para la institución puesto dado que se adquirió la propiedad de avenida Moreno 334, que posee desde entonces. 

En esa adquisición tuvo una participación principal Juan B. Istilart, ya sea por las gestiones que efectuara como miembro de la comisión directiva donde puso su empeño y utilizó sus influencias para lograr juntar los fondos necesarios para la compra. Personalmente donó 45.000 pesos de su peculio, y junto a otras donaciones, se juntó el dinero requerido para la compra. 

En 1927 nuevamente Istilart contribuye con la Biblioteca, de manera singular, donando el hall que forma la sala de lectura del edificio. De su imaginación y su pluma, surgieron los planos. En su fábrica se confeccionó el armazón de hierro y operarios suyos realizaron la colocación del techo de dicho hall, que representó un gasto mayor a 6 mil pesos. 

Istilart, lector empedernido, hombre dueño de una cultura general eximia, encontró en la Biblioteca Sarmiento un lugar donde pasó largas horas cultivándose. Su visión de futuro hizo que vislumbrara que la educación era prioritaria para el progreso de los pueblos. Su aporte desinteresado permitió el crecimiento y mantenimiento de la más antigua biblioteca de la ciudad.