Opinión

Por Juan Francisco Risso

Rescates (cinco)

27|09|20 01:26 hs.

Ya sabemos que el autor en realidad era un lector. Nunca trató de instruirse en lo literario. Sólo una vez fue al taller de la señorita Noris Hermida. Una erudita. Gran profesora. Y por alguna razón que se desconoce, muy humilde en el trato con los demás. Allí aprendió que hay “temas arquetípicos”. O sea: siempre se escribe sobre lo mismo. Y Noris Hermida enumeró algunos: la muerte, el amor, el paraíso perdido. Y alguno más. Yo agregaría a esas hecatombes a nivel global, escenarios de aventuras fascinantes. Está El Eternauta, del siempre recordado Oesterheld. Pero aquello fue, en realidad, una guerra con los marcianos. Tema que la TV reedita lunes, miércoles y viernes, con efectos súper especiales. 


Pero es fácil de ver que la mente adocenada del autor prefería el holocausto atómico. La radiación. Y todos los personajes, en su mayoría lamentables, que van entrando a ese escenario de edificios derruidos y autos abandonados. Y allí se corren aventuras diversas. 

Con esa corta mentalidad mal podía presagiar la llegada de un bichito tan pequeñín –pero viviente- como enemigo de la raza humana. Payaso como era, su relato va en clave de humor, por así decirlo. 

 Ah, hay quien sostiene que todos los paraísos son paraísos perdidos. 

Simón

Carlos Alberto le recordaba a un estúpido llamado Carlos Alberto. Mejor Emiliano, como su abuelo materno, a quien nadie conoció personalmente. Salvo la abuela, y por un breve lapso. Es difícil sentir cariño por un dato. No, Emiliano no. Simón. Simón El Bribón. Una película francesa que no llegó a ver. Simón, un bribón, eso era seguro. Cuando todos los hombres estuviesen ya definitivamente adocenados, entonces 

Simón El Bribón resistiría por ahí, haciendo el amor con bribonas como él en cuartuchos, robando en los supermercados. Todos trabajarían muy seriecitos frente a una pantalla de computación. Menos Simón, claro. Pero un día llegaría el diluvio, el mundo quedaría sin energía, los monitores se apagarían inexplicablemente, los autos se detendrían y sus conductores abrirían el capot sin resultado. Nadie sabría qué hacer. Hombres y mujeres supuestamente importantes, atrapados en ascensores, se mearían encima de sus carísimas ropas, literalmente. Pero Simón sabría encontrar el recodo del río para arponear truchas -usando un palo con un clavo en la punta- o armar trampas para palomas. Y hasta se daría el lujo de eructar después de comer.

Ya los historietistas presagiaban un futuro donde -bomba atómica mediante- quedarían sólo tres grupos. Los “elegidos”, que pudieron resguardarse según un plan gubernamental, individuos de excelente aspecto pero excesivamente pulidos, hombres casi afeminados, mujeres que jamás conocerían el verdadero goce, todos enfermos de asepsia y de un excesivo respeto por las normas. Luego vendrían los ex seres humanos afectados por la radiación, los “mutantes”, deformes, monstruosos y -siguiendo una vieja ley- malignos, resentidos, dañinos, ocultando sus deformidades y sus llagas bajo harapos, y cuya sexualidad y medios reproductivos siempre fueron una incógnita para el lector. Y el tercer grupo -cuya simpatía vislumbra- estaría formado por humanos que, por circunstancias fortuitas, no fueron afectados. Este porque estaba en el sótano eligiendo una botella de vino, otro -un niño- que fue resguardado por sus fallecidos padres antes de que llegara la radiación atómica, aquella, espeleóloga de profesión, a quien la bomba cogió en el fondo de una caverna y al salir se halló con la sorpresa. Uno aquí, otro allá, poco a poco van reconociéndose entre sí, se agrupan, intercambian información referida a los malignos mutantes, conocen el desprecio de los elegidos que, sistemáticamente, hacen rancho aparte y evitan las malas compañías. Hermosas humanas con vestimentas escasas y rotosas, que ponen al descubierto sus deseables y bien dotados cuerpos. Los de sexo masculino, revólver o cuchillo al cinto, exhiben atléticos torsos. 

 No soy yo el culpable de que el padre de Simón prefiriera los comics a los libros. Es -además- una vieja polémica la de quienes ignoran la historieta frente a los que sostienen que no es un género menor. 

 Un guión sin sobresaltos haría caer a una hermosa muchacha de los elegidos en manos de los mutantes. Simón -humano, pues se sabe que ni la bomba puede con un bribón- la salva providencialmente. Dadas las circunstancias -y nuevamente en nombre de la divina providencia- hace el amor a la muchacha, desde siempre habituada a la inseminación artificial o a la fecundación in vitro. La muchacha quedará entonces con la mente dolorosamente dividida, y así por varios números de la historieta, sin decidirse redondamente por Simón y sus muchachos, quizá abogando infructuosamente ante sus pares en favor de los humanos, haciéndoles ver a los elegidos que viven en una nube de pedos, a consecuencia de lo cual será amablemente introducida en un desintegrador, y sólo podría ser sacada del atolladero en el último segundo por una nueva y arriesgada intervención de Simón y sus humanos. Gente desprolija y sudorosa, amiga de fornicar y de comer con sus manos trozos de bestia asada al fuego, pero también capaces de acciones heroicas. Así delineaban los guionistas la fisonomía de cada grupo. 

 De ser salvada del rayo letal, la atractiva ex elegida adquirirá rápidamente el hábito de las relaciones sexuales, y un poco más lentamente se habituará a la mugre, a desgarrar con sus dientes la carne del tapir y aún a comer vísceras de herbívoro con su mierda, plato que un sudamericano había designado como “chinchulín”, vocablo de sonoridad más oriental que latina. 

De haberse llamado “Carlos Alberto” habría tenido un entrenamiento deficitario y una consecuente actuación opaca. De nada le habría servido -después de la bomba- su entrenamiento anterior para transportar hasta la playa dos reposeras, una sombrilla y el equipo de “mate” (infusión americana), caminando tras de su esposa. De poco le habría servido su forma apasionada de clavar el palo de la sombrilla en la arena, cuando solía ufanarse -ante otros veraneantes- de que jamás se la había arrebatado el viento, y explicaba su método para desafiar con éxito la energía eólica. Menos le habría servido su sobreactuación paterna a la época del nacimiento de su primogénito, una melosa pantomima que desarrolló en un período en que el bebé ni siquiera se percataba de su existencia. Después de la bomba se habría metido en el culo su habilidad para plegar el carrito para bebés, o su pericia para maniobrar entre las mesas de un restaurante, sembrando disculpas y cosechando simpatías. Su respeto por las normas y los rangos le habrían servido eficazmente para convertirse en el último orejón del tarro, mientras su esposa, lejos de su vista, aprendería a gozar del sexo. Claro que –en tanto no se apersonara el Apocalipsis- esto no sucedería, y Carlos Alberto hallaría un nicho social donde ubicarse con su sombrilla y su reposera y su automóvil reluciente y su televisor con parlantes estereofónicos y sus compras a plazos y su “señora” y sus hijos, que al llegar a la adolescencia comenzarían a sentir mal olor a los calculados planes paternos. Pero aceptemos que, en cierto sentido, Carlos Alberto brindaba un margen de seguridad. 

 En cuanto a llamarse “Emiliano”, probablemente habría sido mordido por los perros, rasguñado por los gatos y arrojado a tierra por los caballos y aún por los asnos, pues si algo se sabía del oscuro abuelo Emiliano, eso era que carecía en absoluto de suerte. De modo que -después de la bomba, y suponiendo que hubiese sobrevivido a tan terrible flagelo- se habría despeñado de un risco, o ahogado al tratar de cruzar el primer río, o se habría acercado a un mutante con palabras amables, encontrando la muerte allí mismo, del mismo modo en que su oscuro abuelo Emiliano había encontrado la muerte temprano y lejos de su familia. Todo esto le sugería bautizar al niño de otro modo. 

 Rodrigo, Gonzalo, Ramiro, Alvaro, son nombres que recuerdan los consiguientes apellidos Rodríguez, González, Ramírez y Álvarez, apellidos que corresponden -por lo común- a pequeñoburgueses afanados en sus pequeños negocios de esto y de aquello, con la moral propia del pequeño comerciante, que llega a perder la vida defendiendo la caja registradora, en tanto las causas realmente nobles le resultan invisibles. Burgueses centrados en ellos y su grupo familiar, salvo esos abuelos que se van poniendo molestos y a la vez carecen de fortuna, y que son elegantemente radiados a la periferia del grupo, y deben marchar a algún lado con su incontinencia y sus fauces desdentadas. Admitamos, sin embargo, que son reparos un tanto prejuiciosos y aventurados. 

 Diego, quizá, ya que el apellido Diéguez no es común ni trae sonoridades extrañas. Pero hasta el legendario Diego de la Vega, El Zorro, era en el fondo un burgués incurable, un melindroso que no podía pasar un momento sin su valet mudo, rodeado de todo tipo de comodidades, y con esos bigotillos. El padre del niño desconfiaba de un personaje que lunes, miércoles y viernes se pavoneaba en compañía de la autoridad (encarnada por un tal Sargento García), y martes, jueves y sábado decía hostigarla bajo un disfraz propio de una festividad carnavalesca, festividades que en algunas latitudes se designan como “el corso”. Precisamente, el disfraz de El Zorro es infaltable en el mentado “corso”, entre colombinas y arlequines, y quien porta disfraz de El Zorro infaliblemente se siente imbuido de una magnificencia y altivez tan infundada como ridícula. En lo personal, el padre de Simón prefería el disfraz de vaca -que precisa del concurso de dos personas- pues el participante posterior recibe puntapiés de los transeúntes y mascaritas, pero los devuelve presto, con fuertes coces, generando un núcleo de energía allí en la zona donde vuelan permanentemente puntapiés y coces. Sería considerado fuera del código de honor que un integrante del disfraz bovino se saliese de él para liarse a puñetazos. En cambio se permiten coces y cornadas, esto es: la defensa propia del animal representado. Y así llegó a la conclusión de que llamarse Diego era como llamarse Momo, y, cuanto más, evocaba serpentinas y juegos con agua, para no mencionar los sospechosos melindres de Don Diego.

 A decir verdad, ninguno podía compararse a Simón, el bribón revalorizado tras la catástrofe atómica. Ni siquiera Carlos Alberto y sus seguridades hoy y aquí. De modo que inscribió al niño como Simón, y se sentó a esperar los acontecimientos. 

 Tres Arroyos, 8-2-97