El espacio no condiciona el surtido. En el almacén hay de todo y de todas las marcas

Sociales

Almacén de campo, en French 2050

El llamado de “La Quinta”

27|09|20 12:48 hs.

Por Valentina Pereyra


La cortina de eucaliptus guardiana de la paz enfrenta la casa que Mayra convirtió en almacén. Se levanta, se lava los dientes, pone el agua en la pava y la apoya en la hornalla, prepara el mate, enciende la radio, barre afuera y mira hacia las canchas del Complejo de Fútbol de Passo al 2000. 

Saca el pizarrón que decoró con tizas de colores, lo apoya en el piso contra un árbol y mira que las letras se lean bien. “Almacén de Campo. La Quinta”, rojo, amarillo, azul, verde. 

Una tranquera, una puerta de madera, el alambrado, troncos en el patio, arboleda, un banco a la sombra y una casaquinta. 

Mayra Donofrio conoció a Bruno Echarri hace más de ocho años, los presentaron amigos en común, el frío de julio los enamoró y el final del invierno le dio la bienvenida a la nueva pareja. 

Mónica Graciela Ale y Alberto Echarri compraron la quinta antes de que su hijo Bruno naciera, y allí, la mujer puso su almacén. 

Una enfermedad se robó la vida de la suegra de Mayra y la puerta se cerró cuando ella falleció. La joven de 27 años trabajaba en Victoria Cream cuando decidió poner su propio almacén, así que emprendió un nuevo camino. Sin embargo, todavía no era el momento. 


Las únicas voces que irrumpen el silencio de la tarde de septiembre son las de Santino de seis años y Julieta de cuatro, que posan felices junto a su mamá para otra foto para LA VOZ DEL PUEBLO


La puerta está abierta, adentro la heladera con los fiambres, yogurts, mantecas, leches, milanesas, salchichas; el mostrador que sirve de apoyo a las bolsas de snacks, a los pancitos, golosinas, masitas, panchos; atrás la estantería con los artículos de limpieza, de perfumería y en otros peldaños, separados, la yerba, el café, el té; frente a la heladera tres garrafas descoloridas que a la hora del frío hacen la diferencia; detrás de la heladera, Mayra Donofrio sonríe y siente que se eriza su piel cuando ve a través de la ventana que los clientes atraviesan la tranquera para hacer su pedido. 

Las únicas voces que irrumpen el silencio de la tarde de septiembre son las de Santino de seis años y Julieta de cuatro que van y vienen en bicicleta surcando el patio delantero de la casa y en varias oportunidades comprando terreno. “Con el tiempo empecé a trabajar en almacenes, me gustó la atención al público”. 

Sobre una mesa de madera bien cuidada y pintada vintage, tres tazas decoradas con un sticker que dice: “Despensa La Quinta” albergan tres saquitos de té, al lado, una tetera y la azucarera rosa que le da el toque al cuadro. 

Mayra vierte el agua hirviendo que cae descontrolada sobre el saco de té que inunda de color marrón el fondo de la taza, humea y se pierde entre las plantas que decoran el pie de la ventana. 

La quinta 
Llegó a la quinta a los 19 años dispuesta a oír la paz de cada día. La despensa de Mónica estaba funcionando, y, ella, trabajaba en otros almacenes hasta que la contrataron para atender uno en la calle Jujuy 30. 

Las manos no daban abasto, aprendió a despachar a toda velocidad, entraba un cliente, salía otro, había cola, nada de tiempo para decir mucho más que buenos días y buenas tardes. 

A Mayra le gustaba el contacto con la gente, la adrenalina y el vértigo la distrajeron por mucho tiempo. La oportunidad apareció el día que el dueño del almacén en el que trabajaba decidió cerrar. 

David Amaya le ofreció todo lo que había dentro del lugar para que iniciara su emprendimiento. “Arranqué y le fui pagando, hace menos de un mes que le pagué todo lo que le debía. Él me dio una mano, me ayudó muchísimo, me incentivó”. 

Almacén de Campo 
Cuando Mayra renunció a Victoria Cream, el almacén de Mónica estaba cerrado luego de su fallecimiento. Su suegro estuvo de acuerdo que lo reabriera, pero a Bruno le pareció muy pronto y acordaron esperar. “Me gustaba el ambiente, la gente, la zona. Volví a proponer mi idea y, esta vez, mi pareja me apoyó al igual que mis padres Ariel Donofrio y Verónica Tossetti y mi suegro. Estaba por concretar el sueño”. 

La expectativa creció en ella tanto como aquel sentimiento inexplicable que le producía acomodar la heladera, los estantes, poner la mercadería estratégicamente sobre el mostrador. 

Dispuso los muebles de una manera diferente al que estaban originariamente. Abrió y al poco tiempo se dio cuenta que no funcionaba la distribución tal como la había diagramado. Cerró y volvió cada cosa a su correspondiente espacio, así como Mónica lo había ubicado. 

De a poco el almacén se hizo de una nueva identidad, la de “Despensa La Quinta”, nombre que Mayra eligió por su amor al lugar donde creció su pareja y en que la familia vive. 

El espacio no condiciona el surtido. En el almacén hay de todo y de todas las marcas de primera, de las intermedias o baratas. 

En ocasiones especiales Mayra prepara alfajores de maicena caseros con una receta de su abuela y los publicita en sus redes. Los acomoda en lindas bandejas de plástico que presenta con diferentes stickers con frases como: “Mereces lo que sueñas”, “Deseo que te guste”, “Hecho con mucho mimo”, “Hecho con mucho amor”. 

La atención 
“Pienso que en el almacén tenés un día bueno, uno malo, en este punto es más lindo porque tenés que llamar a la gente, innovando, haciendo cosas por las redes”. Mayra fue alumna de la Escuela N°1 y la secundaria la cursó en la Escuela Técnica de la que egresó con el título de “Técnica en industria de procesos” y aprobó el curso de manipulación de alimentos, dos aprendizajes que le sirvieron para emprender su trabajo como almacenera.

Las ideas fluyen, especialmente aquellas que la empujan a presentar sus ventas de forma original y digna de ser fotografiadas. Para el Día del Padre preparó combos en los que puso vino, algún porrón de cerveza, saladitos, “la gente venía y descubría el almacén”.

No es fácil convocar clientela que llegue hasta La Quinta en French al 2050, hay que transitar la Ruta 3 o la 228, o, varias cuadras hasta llegar a esa zona. En el almacén de campo conseguir clientes y que lleguen los proveedores cuesta el doble que en los barrios “es lo que me encanta porque sentís el sacrificio y la adrenalina que genera cuando la gente se acerca a comprar”. 

El ambiente casi despoblado, familiar, donde los rostros son amigables y conocidos enamora diariamente a la almacenera que descubrió junto a su amiga Agustina Piscicelli que el Instagram era otro buen medio para que la gente disfrute del placer del campo a través de las imágenes que Mayra capta de sus productos. 

La foto que sube revela un mate con el sticker de “Despensa La Quinta” en su lomo que acompañado de alguna golosina o bizcochitos anuncia cada mañana la apertura del almacén. “Si bien no estamos en el medio del campo, estar en la quinta tan lejos es algo muy parecido”. 

Al mediodía empieza el mayor movimiento, lo mismo que ocurre a la tardecita y, es en esos momentos cuando Mayra afirma su identidad, “se me eriza la piel cuando veo gente haciendo cola en el ingreso”. 

Los proveedores llegan hasta el almacén semanalmente, muchos de ellos siguen facturando a nombre de su suegra, algo que emociona a Mayra que honra el lugar con cada gesto. “Siempre tuve que llamar a la gente para que viniera a comprar, por eso la pandemia no me afectó, se siente el sacrificio a flor de piel porque hay que hacer lo posible para que la gente venga, me gusta la atención al público”. 


Las tazas decoradas con un sticker del almacén, otro detalle que marca que “La Quinta” impregna toda la vida de Mayra


El almacén brinda cientos de historias que se revelan en la charlas con sus clientes, hay tiempo para la conversación que enmarca el silencio, la tranquilidad, el descanso, la tibieza del sol que se cuela por las hendijas de la ventana de la despensa de la que cuelga un luminoso cartel que dice: Abierto. 

“La gente te charla y acá tenés tiempo de charlar, no se corta al cliente, si se da la conversación tenemos tiempo”. 

Bruno tiene su trabajo fijo en Rurales Román y Mayra trabaja el almacén al que sólo le saca de las ganancias algunas golosinas para los chicos, milanesas o bifes, pero sueña con que crezca y no reprimir el deseo de comprar todo lo que quiere. “Tampoco se trata de que Bruno pague todo, tengo que solventar los gastos de las ventas. Ni bien abrís no ves un peso porque todo es para pagar hasta que de a poco haces una pequeña ganancia”.

Mayra cuenta con dos ayudantes incondicionales, Santino y Julieta a los que les encanta atender, son los que reponen y acomodan la mercaderías, si ven llegar a algún proveedor son los encargados de avisar a su madre o los primeros en salir a recibirlos. “Me encantaría que crezca, sueño que venga gente todo el tiempo”. 

El ir y venir de autos y aficionados al fútbol que llegan de todos los rincones de la ciudad para emprender el juego en las canchas de Gustavo Ferrari le dan un plus al lugar, el necesario para que Mayra esté agradecida hacia el concesionario de las canchas que le da el tránsito necesario para que muchas veces se arme una buena cola de clientes frente a su almacén.


De a poco el almacén se hizo de una nueva identidad, la de “Despensa La Quinta”, nombre que Mayra eligió por su amor al lugar donde creció su pareja y en que vive con él y sus hijos


“Me encantaría aprender otras cosas en la cocina para ofrecer comidas hechas por mí. El sacrificio es este lugar se siente, tanto de las familias que se acercan a comprar como de la nuestra”.

Va hacia la tranquera de ingreso a su despensa con Julieta en brazos y Santino girando en su vehículo veloz alrededor suyo, no imagina una vida fuera de esas tierras, no podría pensarse lejos de allí, no se despediría del silencio interrumpido por algún gorjeo de vez en cuando, ni de las previas con mate y bizcochitos, fotos, Instagram y Facebook para promocionar las ventas del día. 

“Mi sueño es seguir acá y que la despensa se haga muy conocida, por eso le pido a los clientes que me etiqueten o me hagan las críticas necesarias para mejorar o dejen sus opiniones para que me conozcan”. 

En La Quinta hay historia, la tierra suelta olor a trabajo y sacrificio, la despensa recuerdos y ejemplos. 

La Quinta es el almacén de campo que alumbra desde el pizarrón con letras en rojo, amarillo, azul, verde la vida de Mayra y su familia. 

Abierto.