Opinión

Editorial

Solita

03|10|20 21:13 hs.

     La noticia atravesó el mundo, pero sobre todo el corazón de la Argentina. Fue un golpe duro, inesperado, que perforó una mañana cualquiera de la primavera meridional. Llamamos a alguien; nos quedamos en silencio; buscamos otras confirmaciones; buceamos en las redes; miramos un punto; nos sentamos en el primer lugar que encontramos; nos apoyamos en la pared; hicimos memoria y nuestros ojos se nublaron de imágenes y humedad. Pensamos en ella y enseguida la imaginamos con su mano sosteniendo su pera, mirando un mundo lleno de humo de guerras y conflictos, interrumpido por oasis de flores en los puños de la gente buena. Y los globitos surgiendo. Uno tras otro, llenos de preguntas y cuestionamientos. Repletos de inocencia, de la buena. Nacida de una niñez que supimos perder sumergidos en la arrogancia de las cosas, a causa de querer navegar los mares de la ambición. Pero estaba ella. Siempre. Para recordarnos lo que perdimos por ir rápido, por desesperarnos quién sabe por qué. 


 Su papá partió. Aprovechó un descuido, un tumulto, un desorden, el día a día, el trajín de un planeta, la superficialidad de las charlas, la rutina de la jornada y la ansiedad de su país. Y se fue. Quedo la niña, su hija. Chiquita grande que ahora está huérfana, en un mundo de cuadritos. Allí, seguirá su vida acompañada de amigos y amigas, junto con su familia, de la tierra de las viñetas. Según cuentan no se enteró. Estaba preguntándole cosas a su mamá en un pasillo de su departamento, afirmaron; jugando con Guille, comentó uno al pasar; pensando una de las ideas que Libertad le había explicado a Miguelito, arriesgó un segundo; caminando con Felipe rumbo a la escuela (dijeron por lo bajo que este sonreía, porque al fin estaba cerrada) terció un parroquiano. Comprando en la despensa de Manolito, deslizó alguien que no quiso dar su nombre. Chusmeríos de Susanita, arguyó un recién llegado. Pero se la vio de verdad, dijo una chica que paso rápido en bicicleta, abrazada a Enriqueta, una de las hijas de Liniers. Se dieron cuenta que era ella por el pelo, por su color y su volumen. Estaba de espaldas, fundida en los brazos de su amiga más pequeña, que tenía cara triste, los ojos cerrados y el corazón ablandado por la fuerza de la ternura de la niña, ahora sin papá. La terminaron de reconocer por el moño en la cabeza. ¿Estás segura? Consultó una anciana de pelo blanco y de mirada aniñada. Sí, te lo juro, respondió la chica. Y siguió en bici, perdiéndose en una esquina. 

 Estará ahí. En un cuadrito. Solita, mirando una ventana poblada de estrellas. Después, tapada hasta la nariz, siendo observada por sus padres postizos detrás de la puerta. Luego, Guille con su chupete interminable metido en la cama junto a su hermana, arropándola con su brazo cortito. Y la Luna ahí, con cara de Quino, cuidando su sueño repleto de signos de preguntas. Los de esa noche, sin respuestas. Su historieta más triste. 

 Y llegó la mañana y era cierto. Tan verdad, que seguimos como si nada, amaestrando el dolor y queriendo encontrarla para ver como andaba. Finalmente, como al pasar, la vimos en la hamaca de la plaza que descubrimos en un cuadrito, callada, reconcentrada. No resistimos más y adelantamos la mirada. En los cuadritos siguientes venían sus amigos, corriendo, sonrientes. Pasamos la página y la observamos tomando una sopa intragable. Más adelante, junto a su padre del mundo de las viñetas, yendo a la farmacia en un auto sencillo, pero reluciente, luego de buscarlo en el garaje que lo custodia por las noches. Guardamos la historieta. La dejamos en donde hace un tiempo la olvidamos, pero más a la vista, para chequear su estado de ánimo cada tanto. El de Mafalda, la amiga más querida, más preguntona, más buena e inteligente, de la infancia que supimos perder.