Iris en su lugar en el mundo, el Barrio Residencial. En la plaza Italia se crió y se puso de novia

La Ciudad

Iris Murcia de Elgart

La vida es bella

11|10|20 10:46 hs.

Por Juan Berretta


Iris habla rápido, va y viene en el relato de sus casi ocho décadas con la misma intensidad que las ha vivido. Se la ve y se la escucha feliz. Transmite ganas de vivir, de hacer. “A mi gusta trabajar”, dice. Y lo repite por más que Arnaldo, su compañero desde hace 60 años le pregunta si no le da vergüenza decir eso. “Yo le digo que no, porque es verdad. No puedo estar sin trabajar”, insiste. 

Nació y se crió a metros de la plaza Italia, donde vive hoy. Porque pese a que se mudó varias veces, hace ya algunos años logró volver a su lugar en el mundo. “Yo soy de acá, esta es mi plaza, este es mi barrio”, cuenta sentada frente al ventanal que da a la Italia. Es la menor de tres hermanos, con los que casi no convivió. “Mi papá se murió a los siete meses de que yo nací y a mi mamá, que era muy joven, le era complicado criarnos. Así que empecé a ir a la casa de una prima de ella”.

Cuando Iris todavía era muy chiquita la mamá también falleció y ella quedó a cargo de su tía Julia. A sus hermanos los enviaron con otros familiares a Buenos Aires. “Pero tuve una niñez feliz, me trataban como una princesita”. 

Su vida como estudiante transcurrió en la Escuela 16 y su clara vocación docente la llevó a hacer el magisterio. Con apenas 17 años ya estaba en condiciones de dar clases, pero la falta de oportunidades la empujaron a descubrir su otro gran amor: la peluquería. 

“Sin horas para ejercer, fui a la peluquería que estaba donde está la farmacia Rendo y le dije a la señora que yo no tenía plata para pagar un curso, pero que la ayudaba en lo que necesitara y así podía ir aprendiendo. Yo no podía estar sin trabajar, necesitaba hacer algo”, recuerda. Mimí Muñoz, la peluquera, aceptó gustosa y le transmitió todos sus saberes. 

Antes de los dos años Iris entendió que estaba en condiciones de independizarse y empezó a atender a sus clientas. “Arranqué en mi casa, atendía en mi habitación. Hasta que mi mamá se hartó de que entrara y saliera tanta gente y dijo que me buscara un lugar donde trabajar”, comenta. 

Fueron tres salones por lo que anduvo durante poco más de 10 años hasta que se instaló en Falucho al 200 con su peluquería “Selecta”. “Era impresionante la clientela que tenía, te hablo de 20 o 30 personas por día. Hasta llegué a tener dos peluquerías. Siempre trabajé muy bien”, cuenta sobre el oficio que abrazó durante más de 30 años. 

En marzo de 1983, a los 41 años, le llegó el nombramiento docente. Para Iris fue algo increíble, nunca había ejercido la docencia, que era su vocación, pero se enfrentaba a una difícil decisión, porque tenía que dejar la peluquería. “Yo pensé, ‘no puedo morirme sin ponerme el guardapolvo otra vez, quiero volver a la escuela’”. 

Fue entonces a la asamblea de repartos de cargos y sucedió lo impensado: pudo elegir la Escuela 16, y como cargo definitivo. “Sentí una emoción tremenda. Iba a trabajar en mi escuela. Y ahí estuve hasta que me jubilé, 17 años”, dice. Claro que no dejó las tijeras, sino que repartió su día en las dos actividades. 

Antes de retirarse de la docencia, dejó la peluquería, pero no para tener más tiempo libre, sino para descubrir un nuevo oficio: “Me hice cargo de la imprenta de mi marido. El tenía un socio que decidió retirarse, y Arnaldo trabajaba en Necochea y necesitaba que yo agarrara la imprenta hasta que él pudiera arreglar su salida”.

Iris se puso al hombro Imprenta Rápida, y pese a empezar sin ningún conocimiento, se convirtió rápidamente en una experta en el manejo de la duplicadora y del diseño. “A los ocho meses pudo sumarse mi marido, pero yo había logrado tener muy contenta a la clientela. Y después seguimos los dos, fueron ocho años hasta que se incorporaron mis hijas, y yo di un paso al costado”. En ese mientras tanto se había jubilado como docente. 

“Nunca paré del todo. Siempre encontraba algo para hacer”, dice.

Así fue como hace nueve años llegó a Cordic, institución de la que es la vicepresidenta. “Cuando me meto en algo es para trabajar, no para perder el tiempo”, asegura. Y hoy es uno de los motores de la entidad. “Cordic me satisface. Me llena la vida ver la gente que progresa, me gusta conversar con los pacientes que asistimos. Me gusta darme”. 

El vertiginoso relato de las vivencias de Iris se frena en seco al repasar el mes de abril de 2017. Y la peluquera, docente, gráfica y mil cosas más, baja la vista y se quiebra al recordar la pérdida más dolorosa que una madre puede tener. “Perdí a Verónica. Ahí atrás tuyo está la única foto de ella que puedo ver porque no está mirando a la cámara”, cuenta sobre la hija que le robó el cáncer. Entonces, conmocionada, cuenta que ya había atravesado por ese dolor insoportable: “Tuve cinco hijos, ahora tengo tres, porque también perdí el que era el tercero, se me murió de cinco días”.

Se corre las lágrimas de los ojos y luego de reconocer que ha tenido muchas carencias afectivas en la vida, no es de lamentarse. “No me gusta mirar para atrás. No conocí a mi papá, mi mamá se murió joven y me crió una tía, no tuve relación con mis hermanos, perdí dos hijos… Todo es cierto, pero ya pasó. Lo llevo conmigo, pero siempre mirando para adelante”. 

Entonces, la charla vuelve a Verónica, sin dudas un golpe de nocaut aún para una luchadora incansable como Iris. “El dolor de la muerte de mi hija está y va a estar para siempre. Pero yo soy una persona feliz aun con la muerte de mi hija, porque sé que son cosas que pasan en la vida. Yo digo que Dios me la regaló y la tuve 45 años, y siento que vivió bien. Es triste, claro, pero la muerte es parte de la vida”. 

El relato se va consumiendo, llega el momento de las fotos, Iris acepta cruzar y sentarse en un banco de la plaza Italia. “Acá nos hicimos de novio con Arnaldo en 1960. Hoy llevamos 55 años de casados”, cuenta mientras se ríe. “Por suerte es un hombre tranquilo, nos balanceamos…”, dice.

Y antes del codazo de despedida, revela una perlita que no podía quedar afuera del relato: “Sabés que hace unos años me cambié el apellido. Yo era Sánchez, hasta que descubrí de casualidad que habían anotado mal a mi papá cuando llegó a la Argentina desde España. Pude rastrearlo con la ayuda de mi hijo que vive allá y averiguar que se apellidaba Murcia. Así que lo cambié. Hubo que hacer miles de trámites y modificar todos los documentos y papeles donde figuraba mi nombre. Pero lo hice. Yo soy así”.