Opinión

Por Roberto Barga

Calma chicha

11|10|20 18:39 hs.

   Vivimos ese momento que podría definirse como “calma chicha”. La “calma chicha” es un tiempo signado por un ambiente de aparente normalidad. Sin embargo todos los actores del drama por venir, sean estos simples viandantes o influyentes poderes fácticos, son conscientes de que esa calma es aparente y que detrás de ella, nos aguarda el temporal. 


 A lo que íbamos: el carnicero de la esquina o el productor que tiene granos en el silo bolsa se hace la misma pregunta: ¿Hasta cuándo el Banco Central seguirá vendiendo dólares a 82 pesos? O para pasarlo a un castellano menos prosaico, ¿cuándo y de cuánto será la devaluación? 

 Más allá del súper cepo a los 200 dólares que vendían los bancos a los pequeños ahorristas, más acá de la rebaja a las retenciones sojeras, lo cierto es que el Banco Central no tiene el flujo necesario para financiar importaciones a 82 pesos y sigue desprendiéndose de reservas. Entonces, jugadores como Roberto Urquía, dueño de Aceitera General Deheza, que está parado sobre una montaña de aceite de girasol, no tiene ningún interés en venderlo, a la espera de lo inevitable. 

 El importador que importó sanitarios a 82 pesos, ¿a cuánto calcula la próxima reposición de las ventas? Y así sucesivamente con cada individuo o empresa que calcula su futuro. 

 ¿Puede el Banco Central ir a un tipo de cambio único? Poder puede, otra cosa son las consecuencias. Será un salto inflacionario de magnitud y por tanto de la pobreza y el empleo, pero el sinceramiento en ciernes se antoja inevitable, mientras contemplamos los estertores de esto que no es ni plan, ni leches, ni chicha, ni limonada. 

 Hablando de planes, se dice que Martín Redrado trabaja en uno, con la colaboración de Diego Bossio y Miguel Peirano. La idea es un ordenamiento fiscal, una fuerte rebaja impositiva, para alentar inversiones y un acuerdo con el Fondo, para que suelte líquido, quitarle ceros a la economía (una suerte de neoconvertivilidad) y recrear un clima de confianza. 

 Redrado habló está semana de “riesgo cambiario notable”, mientras fantasea su sueño húmedo, que no es otro que un reentre público por todo lo alto. La pregunta es si estas complejidades que antes describíamos pasan por la cabeza del Presidente Fernández, y, oteando la coyuntura, da la impresión de que no pasan. Entonces a un servidor le viene a la cabeza una anécdota que circulaba en el ocaso del franquismo: Manuel Fraga Iribarne, a la sazón, creador de ese experimento de la derecha española llamado Partido Popular, le llevó a Francisco Franco un plan para modernizar España y tratar de insertarla en la Comunidad Económica Europea. El dictador lo leyó, levantó la vista, miró fijamente a Fraga y le espetó; “muy bueno su plan Don Manuel, ¿para qué país lo escribió?” 

Y aquí radica la madre del borrego, porque una cosa es creer que los melones se acomodan solos y otra muy distinta es pensar que es el momento de dar un golpe de timón y redireccionar el barco. No es momento de estar en la procesión y tocar las campanas. No se puede mandar a Carlos Raimundi a desplegar un argumentario en la OEA a favor de Venezuela y a la semana siguiente, porque está la misión del FMI en Buenos Aires, condenar a Caracas por la “sistemática violación de los derechos humanos”. 

 El “affaire” Venezuela resignifica uno de los dramas que atraviesa la política argentina. Alberto Fernández, aparte de fungir como articulador de un frente heterogéneo, tiene que revalidar el título de heredero y muchas veces las dos cuestiones se vuelven incompatibles. La CGT de los “gordos” con Daer a la cabeza, pide pacto social y entendimiento con la AEA (Asociación Empresaria Argentina) y Bonafini, D’Elia, Navarro, Tognetti o Alicia Castro, se enojan por el voto condenatorio de la Argentina a la República Bolivariana. 

La administración del poder puede admitir cuestionamientos, lo que no admite sin que este quede mellado, es que las decisiones que se toman sean rectificadas permanentemente ante cada reclamo de fuego amigo o enemigo. Aclarando que aquí no estamos juzgando el acierto o el yerro de la medida, no puede un juez de primera instancia condicionar la decisión presidencial sobre la estatización de Vicentín, como tampoco puede Alicia Castro cuestionar públicamente la política exterior argentina, sin que truene el escarmiento. 

 Está de moda sostener que Fernández Alberto es víctima de Fernández Cristina, sin embargo ya quisieran muchos que Alberto ejerciera el mandato con la firmeza y la determinación con que lo hacía Cristina. 

 Ahora el interior 
Tocaba renovar el contrato social del Presidente con la sociedad en función de la crisis del coronavirus. Alberto Fernández compareció públicamente, esta vez desde la Casa Rosada, con filminas explicativas y acompañado por los gobernadores de Jujuy, Neuquén y Santa Fe. La foto de familia habla a las claras que el problema de la Covid-19 se mudó al interior y que el área AMBA si bien conserva números altos de contagios, los mismos van sostenidamente a la baja. El primer mandatario anunció restricciones en 18 ciudades del interior, sin aclarar cuáles. 

 La experiencia empírica demuestra que los protocolos funcionan y que este lío de la pandemia va de ensayo y error. Esta vez el primer mandatario evitó echarle la culpa a la gente de la propagación de la peste en el interior y eligió como culpable al propio virus. 

 La otra cara fue Rodríguez Larreta. El alcalde porteño, como siempre en su línea de extrema positividad, propuso más aperturas, festejó el regreso de unos pocos alumnos a las clases presenciales a partir del martes venidero y auguró un porvenir venturoso. Esas son las ventajas de no tener responsabilidades en la gobernanza de todo un país y, por sobre todas las cosas, de contar con una estrategia de comunicación adaptada a estos tiempos, donde importa mucho más el continente que el contenido.