María Sol Arenas con alguno de los perros que tiene en Estados Unidos

Deportes

Informe Especial

María Sol Arenas y el golf: una historia de vida, ilusión y esplendor

13|10|20 12:37 hs.

Por Jorge López de Ipiña 


El golf marcó una parte importante de su vida, significó mucho en su formación, le mostró un camino que ella adoptó y recorrió con orgullo, pasión y dedicación extrema, hasta situarla en un lugar donde se desarrolló plenamente como persona. 

María Sol Arenas, la eximia y brillante golfista que Tres Arroyos lanzó al Mundo, dio sus primeros pasos en este deporte a los 13 años y como parte de una recreación familiar, pero “a los 15 años empezamos a notar que me estaba yendo bien, la motivación se potenció y vimos que podía haber un futuro para mí”, recordó desde Carolina del Norte, Estados Unidos, su lugar de residencia desde hace más de 2 décadas. 

Rápidamente en el horizonte aparecieron las competencias nacionales; el panorama internacional asomaba con fuerza y todo eso “hizo que uno pusiera la mayor energía para progresar” destacó. Esas serían las primeras puertas que abriría a través de este deporte, porque después vinieron los viajes por el Mundo, defender a la selección nacional, ingresar en la Universidad de Campbell, radicarse en el país del norte, formar una familia; en fin, el golf marcó su “viaje”, pero su calidad, fortaleza y decisión la llevaron a armar una vida que le regaló un pasado al cual recuerda con orgullo y un presente que disfruta a pleno.



“Cuando uno empieza no se imagina dónde puede terminar, pero de a poco el deporte fue marcando etapas de mi vida y me hizo tomar decisiones que a esa edad no eran fáciles. A mí, el golf me cambió el rumbo de la vida” reflexionó convencida. 

El destino así lo quiso, pero muchas veces me pregunté ¿hasta dónde podría haber llegado María Sol si no hubiese aparecido esa maldita lesión en su espalda; cuánto más grande hubiese sido, qué tipo de jugadora profesional nos perdimos? Todas preguntas sin respuestas… 

A jugar 
La familia Arenas no sólo tiene al deporte en su ADN, la competitividad forma parte de cada uno de ellos. En el caso de María Sol, un poco influyó ese carácter por progresar y otro poco por la rivalidad que se armaba con su padre y sus hermanos. 

Cambió el tenis de Costa Sud “con Pepe Seoane como profesor” por la invitación que le hicieron en su casa para ir al Golf. “Todos los días, después de almorzar, estábamos firmes ahí. Me empezó a ir bien, le ganaba a mis hermanos y ya quería más (risas); después aparecieron las clases, los torneos…” y por suerte para el deporte tresarroyense “ya no paré”. 


Cuando su putter funcionaba, María Sol era una jugadora invencible


Su primer profesor fue “José Luis Haffner; él tenía mucha paciencia conmigo y con todos los Arenas; me enseñó mucho en un deporte tan detallista. Enseñar golf no es para cualquiera y José Luis siempre fue muy paciente y dedicado conmigo; después cuando llegué más alto empecé a tomar clases con los profesores de la AAG, pero siempre volvía y le explicaba a José Luis los cambios, hablábamos y trabajábamos mucho en ello” valoró. 

La revolución que generó María Sol en el deporte local fue significativa, en poco tiempo la ciudad tenía una atleta de primer nivel nacional. Después de una primaria ‘movida’, ya que la fraccionó entre Tres Arroyos, Necochea, Mar del Plata y Bariloche, agradeció que “la Escuela N°1 me haya permitido terminar ahí; llegué en diciembre e hice las 2 últimas semanas. Fue difícil vivir así; iba de una ciudad a otra”. 

El secundario lo desarrolló en el Colegio Agropecuario; y en el tercer año la agenda se ‘convulsionó’ cuando comenzó a competir a nivel nacional; “por suerte pudimos hablar con el director Patricio Ferrario, logramos arreglar los horarios y gracias a ello pude competir a otro nivel. No tuve problemas con el estudio, no fui la mejor ni la abanderada pero superé cada etapa bien y adquirí un buen aprendizaje” confesó. 

Empezar “a volar” 
Los torneos fuera de Tres Arroyos comenzaron a tener por el ’93 o ’94 una fuerte incidencia. “Era difícil manejar la presión, aparte yo debía enfrentarme a jugadoras que practicaban golf de toda la vida y una llegaba con sólo un par de años de experiencia. Fue difícil el primer tiempo, hasta que vieron quién era ‘María Sol Arenas’, la chica que venía ‘de un club chico, del campo’; muchas veces me cargaban, se burlaban, pero cuando uno hacía su trabajo en la cancha se terminaban todas esas cosas feas, no les quedaba mucho por hablar… Cuando me metí en el grupo e hice amistades, todo fue más fácil”, entendió. 

El primer torneo grande que jugó, “creo que por el Ranking Argentino”, en Tandil la marcó para siempre. “Yo iba con cero expectativa y experiencia sobre lo que se disputaba. El primer día jugué sin presiones y lo hice re bien, de hecho tras la primera ronda quedé primera, eso despertó mucho interés en mí, me volví el centro de atención del torneo y yo no estaba preparada mentalmente para soportar tanta presión y sobrellevar todo lo que te pasa por la cabeza. Entonces, el segundo día ‘la maté’, jugué mal. Pero nunca me olvidé de ello porque fue como que vi una luz, entendí que podía haber una oportunidad para que me fuera bien. Ahí desperté el interés de los profesores de la AAG para que comenzara a trabajar con ellos”, confesó. 


Una joven María Sol, en la redacción de La Voz del Pueblo


Con una visión distinta y un objetivo a futuro más firme, para María Sol ir de lunes a viernes al TAGC a practicar era una constante; y los fines de semana que podía, “me escapaba para Buenos Aires”. 

Hasta que al finalizar la secundaria adoptó la gran decisión de tomarse un año para dedicarse exclusivamente a jugar al golf. “Me fui a capital a practicar todos los días allá, estar cerca de la AAG”. 

Su apuesta fue grande y necesaria, porque tanta calidad o condiciones que vivían en su cuerpo merecían exteriorizase. En 1994, la tresarroyense consiguió su primer subcampeonato en los torneos nacionales de menores. “Eso facilitó mucho mi relación con la AAG. Me mostraron que me incluían en sus proyectos de selección”. 


En 1994, las rivales de María Sol en el Anual fueron Laura Alvarez Castillo, Ana Cepeda y Diana Porfiri


Fueron 5 años de máxima competencia, de estar en la cima entra las aficionadas. Así llegó en el ‘95 la consagración argentina de menores en Rosario, “esas fueron sensaciones hermosas, esos triunfos son imborrables porque le daban a una la fuerza y seguridad para perseguir metas más altas aún”. 

A esa temporada le sumó éxitos en el Putter de Oro de Necochea, el segundo puesto en la Copa Damas y el tercero en la Copa de Oro de Mar del Plata. 

En el ‘95 y ‘96, siendo aún juvenil y bicampeona nacional de la categoría, ingresó al selecto grupo de la selección mayor, moverse y medirse con las mejores pasó a ser una realidad. ¿Pero para una jovencita como María Sol qué significaba todo eso? “Al principio fue muy difícil, había mucha rivalidad, no te abrían las puertas con facilidad; hubo que pagar un derecho de piso importante, lo bueno de esto era que al ser parte todas de un mismo equipo, no debía haber problemas. Tuve la suerte de compartir mucho con María Olivero, a quien aprecio verdaderamente; ella era una gran referente, una grandísima jugadora. Pero con el paso del tiempo y después de compartir tantos viajes y vivencias, fui conociendo a cada una de una manera especial y profunda, y eso es lo que nos queda hoy en día, una muy buena relación”. 

El brillo del ’96 mostró un presente increíble 
El tercer puesto en el Sudamericano de Chile, en ese ’96, fue la primera recompensa importante con la selección de mayores, pero el país trasandino ya le había regalado el año anterior, en Santiago, un subtítulo sudamericano entre las juveniles.


María Sol en una de las competencias sudamericanas


En Lima, Perú, repitieron la medalla de bronce en la famosa Copa Los Andes con el equipo nacional, y ya parecía algo establecido que la tresarroyense ocupara un exclusivo grupo entre las mejores del continente; sin dudas fue el momento de gloria para el golf de nuestra ciudad, algo irrepetible, donde todos disfrutábamos de un magnífico sueño.

“Jugar en equipos era especial y máxime porque estabas jugando con la camiseta de tu país. La exigencia era mayor, sin dudas”, aseveró.

Pero venir de una familia tan deportista y competitiva le regaló a María Sol cierta naturalidad para afrontar la adversidad. “Podía soportar las presiones, aprendí cómo hacerlo hasta transformarla en algo natural y modificarlas al punto de convertirla en algo positivo”. 

Haber jugado en Miami (donde un año antes había disputado el Orange Bowl y vivido una clínica de 10 días junto al destacadísimo profesor David Leadbeter) no sólo le regaló a esta argentina una soberbia actuación que la puso en el segundo puesto del Torneo Optimis, sino que también le permitió ofrecer una excelente carta de presentación para la Universidad de Campbell. 

“Me estaban siguiendo e intentaron convencerme para que fuera con ellos; fue difícil, en un primer momento les dije que no. Pero cuando volví a Argentina los profesores de la AAG me convencieron en que si pretendía progresar, ésa era la mejor oportunidad, y que al talento que yo tenía no debía desaprovecharlo y demostrar acá lo que valía”. 

En ese ’96, Colombia, una tierra tan importante en el futuro de la tresarroyense ya que su esposo Juan Galvis es nacido en el país cafetero, también le abrió las puertas para que brillara con un segundo puesto en Bogotá. “A mi marido lo conocí en la Universidad de Campbell; pero él también era golfista, y con el tiempo, charlando nos dimos cuenta que ambos habíamos jugado ese torneo Jeans & Jackets en la cancha de San Andrés; las vueltas de la vida…”, acotó con cierta sorpresa. 


María Sol con su esposo, el colombiano Juan Galvis


Europa era un horizonte añorado, y el Torneo Xerox en Bélgica le abrió ese nuevo espacio. “Fui con María Esther Pionetti, no recuerdo qué tan bien nos fue, pero fue una experiencia impresionante. Nos costó mucho el idioma, paramos en una casas de familia; una gran experiencia que me sirvió para aprender, crecí mucho”, reconoció. Argentina terminó en el puesto 13 y la tresarroyense pudo medirse con rivales de todo el planeta.


Junto a María Pionetti, en la Copa Xerox de Bélgica


La tradicional y prestigiosa Copa Fay Crocker fue otro hito de María Sol en esta increíble carrera, ya que con la selección trajo el título desde Uruguay y lo revalidó en Mendoza. “Ya me había olvidado de todo eso, gracias por recordármelo porque fueron momentos hermosos. Estaba haciendo realidad el sueño de cualquier deportista, estar en el máximo nivel; representar a tu país!!! Estuve en un montón de lados, conocí a los mejores jugadores; gracias a Dios tuve esa oportunidad”, valoró. 

Estados Unidos en el horizonte 
Su gran deseo parecía tener un objetivo y su destino un rumbo: Estados Unidos como despegue final al profesionalismo, su gran objetivo que se sustentaba en una seguridad personal garantizado por un altísimo nivel y dedicación al trabajo. 

Tras completar ese gran 1996, que además de todo lo detallado le aportó triunfos el Campeonato Argentino Juvenil, en los torneos de Semana Santa y Putter de Oro de Necochea, Copa de Campeonas y Putter de Plata en Mar del Plata, Interfederativo en Lobos y 4ª en Viña del Mar; el año ‘97 trajo consigo un subcampeonato en el Argentino de Aficionadas, donde fue superada por Laura Cheves en Lagartos, campeona también del nacional. 

“Ese torneo se ve hoy como un mérito importante y es valioso, pero creo que en ese momento, al nivel que estaba y la forma que practicaba, no me dejó para nada conforme porque lo que yo quería era ganar, me preparaba para eso. El golf es un deporte de una exigencia plena y constante, y quizás no tuviste el mejor fin de semana y se te fue el Campeonato Argentino de las manos; yo era la número 1 del ranking y dentro de una fuerte presión que tenía conmigo misma es que no me conformó para nada ese segundo puesto” confesó la tresarroyense, a quien el Norte ya la tenía ‘atrapada’.


Ricardo Porfiri, presidente del TAGF le entrega un recordatorio. Fue el 15 de agosto de 1997, en una cena agasajo a María Sol, quien una semana después viajó a radicarse en Estados Unidos


Si bien la tresarroyense tenía experiencia de jugar golf en equipo por su paso por la selección argentina, “jugar para una Universidad acá, en Estados Unidos, es totalmente distinto. El trabajo es diario, la mentalidad varía, la relación es a cada momento, te levantabas a las 6 de la mañana, ibas a nadar en equipo, al gimnasio en equipo, prácticas de golf, la cena, todo en equipo, todos los días; el sentido y valor que se le da terminó de mostrarme algo que nunca había vivido”. 

Su Universidad, Campbell, tenía un buen posicionamiento deportivo pero existía el problema “que por un tema de religión no podía jugar torneo los domingos; eso ya cambió ahora. Pero en aquel momento clasificamos para las finales nacionales y jugamos las 3 primeras rondas, el domingo no pudimos hacerlo; para mí fue como una sorpresa. Después jugábamos contra universidades con situaciones similares o se arreglaba el programa para no jugar el domingo”. 


El equipo de la Universidad de Campbell


Sobre la competencia y nivel, Arenas recordó. “Nos fue bien, a nivel regional jugábamos en la Costa Este, hasta Colorado; hemos jugado en Nueva Orleans, Carolina del Norte, Virginia, Florida, Carolina del Sur. Algún torneo tocaba el centro del país también. La competencia era por equipos e individuales; yo entré en agosto y tras varios torneos donde ganamos bastante y yo individualmente fui segunda en varios, en noviembre sufrí la lesión. No pude jugar ni un año completo; empecé con los tratamientos, con todo tipo de estudios que me hicieron acá, en Colombia y en Argentina. También me perjudicaba tener que jugar dos rondas por día, llevándose una misma los palos. Traté mucho, lo intenté, me dieron mil inyecciones, pero no pude; varias veces me quedé dura en cancha y tenían que ir a buscarme. A veces jugaba sólo una ronda para aportarle un punto al equipo. Fue difícil, trabajar para recuperarme, probar y volver a sufrir la lesión; así sucedió desde el 97 hasta el 2000…”, lamentó. 

El Mundial, su gran objetivo 
Poder jugar un Mundial fue la gran meta de Sol, y ese deseo por hacerlo realidad la llevó a vivir una constante lucha de más de 3 años con la lesión. Pero nada ni nadie la privarían de cumplir su sueño pese a que en el ‘96 la AAG la dejó afuera del equipo que jugó en Filipinas, siendo en ese momento la tresarroyense un elemento distintivo en el país. “Creí que tenía chances de ser convocada, pero era muy joven y quizás eso influyó en algo”. 

El Mundial de 1998 tuvo a Chile como sede. “Ya estaba en Campbell con Mara Larrauri que también estaba en la selección, y junto a María Olivero fuimos un mes a practicar a Chile. Cuando regresé a Estados Unidos me lesioné y si bien seguía en el equipo el tema de la lesión estaba. Hablé a la AAG, los puse al tanto, les comenté mis dudas sobre lo que podía suceder; era un torneo por equipos, representando a mi país, no era algo mío, personal o individual. Ellos me dijeron que la decisión la debía tomar yo; fue muy duro, porque otra vez se me escapaba la posibilidad de cumplir mi sueño, pero elegí lo mejor y fue que una compañera me reemplazara”, destacó. 

El Mundial del ‘96 lo perdió por muy joven y el del ‘98 por la lesión; en el 2000 la cita ecuménica fue en Alemania. “Esos dos años, donde si bien traté de mejorar para ser profesional, me preparé porque mi meta era ir al Mundial. Tuve la suerte de estar, no preparada como hubiese querido, pero jugué para Argentina. Y en uno de los tiros desde un raff bastante alto sentí la lesión, me di cuenta que la espalda ya no me respondía y en ese momento me desmoroné. Me di cuenta que hasta ahí había llegado, más no podía soportar. Entendí que solo debía decir ‘ya no juego más al golf’; física y mentalmente estaba agotada, hice tanto pero tanto para llegar a un Mundial, y cuando estuve me di cuenta que mi cuerpo no podía aguantarlo. Yo no tenía contra qué luchar o no se sabía qué hacer porque nunca tuve un diagnóstico concreto de mi problema” reconoció. 


En el 2000 cumplió su sueño de representar al país y participó del Mundial de Alemania


Su destino tuvo una traza muy especial, si bien fue cruel con la tresarroyense, al menos le permitió cumplir su sueño mundialista. “Es el torneo más importante que un jugador aficionado puede disputar; pude ir, adquirí una gran experiencia, lo vivido fue inolvidable, el nacionalismo explota de una manera insospechada. Dentro de todo, por suerte mi final fue ahí; la luché hasta lo máximo que pude, pero cuando sentí ese dolor en pleno Mundial entendí que sólo me quedaba agradecerle al golf todo lo que me había dado…” 


María Sol con la Bandera Argentina atrás, una relación que regaló muchas alegrías


Después fue el momento de regresar a USA, “reencontrarme con mi vida, ver qué iba a hacer, cómo iba a seguir”; y sus estudios la llevaron a alcanzar el título universitario en administración de empresa en 2001 y en 2003 concretar una maestría. 


En 2001 se recibió en Administración de Empresas en la Universidad de Campbell



Hoy en día es una empresaria y “no cambio nada de mi vida. Todo lo que pasó me ayudó a formar la persona que soy; la vida no es fácil, te va a dar cosas que uno no entiende pero hay que seguir para adelante con la frente en alto. En el 2009 tuvimos unos problemas con unos perritos que teníamos, nuestras mascotas; mi esposo Juan decidió dejar su puesto de gerente en una empresa de seguros y se dedicó a aprender lo que era psicología animal. Se involucró con el entrenamiento y cuidado de los animales, hoy en día estamos con esta empresa que tiene 11 años de vida. Tenemos un centro de entrenamiento en Carolina del Norte y tres hoteles, 1 en Florida y 2 en Carolina y un cuarto que abriremos a principio del año venidero. No nos podemos quejar, la vida nuestra la dedicamos a los animales, basamos nuestras vidas en función de ellos, tenemos 9 perros, gatos y cabras; y más 200 animales que recibimos a diario en los hoteles” confesó sobre su feliz presente y abriendo el corazón, María Sol Arenas, una embajadora tresarroyense que desplegó su golf por el Mundo aportándole brillo, calidad y luz propia a nuestro deporte. 

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La mejor de Tres Arroyos 
En los años 1995 y 1996, el CPD distinguió a María Sol como la mejor deportista tresarroyense. “Lo recuerdo como un gran logro; primero, el temor en subir al escenario a recibir ese premio. Yo era muy tímida y siendo tan chica el público me daba terror (risas); poder explicar lo que uno sentía era increíble, porque había tanta gente, tan buenos deportistas que dedican tanto de su vida para cumplir sus objetivos, que recibir ese premio resultó maravilloso y es algo que recuerdo con profundo valor y un gran sentimiento”. 


Con su padre Osvaldo, al ser elegida Mejor Deportista tresarroyense por primera vez


El tiempo ha pasado y Sol ha “crecido mucho como persona, hoy en día no tengo problemas; pero en ese momento era muy tímida y hasta por ahí insegura. Esos reconocimientos eran fuertes y como que te bloqueaban; pero tener esa distinción, sabiendo todo el esfuerzo que vive en cada uno de los grandes deportistas que tenía la ciudad, hoy me permite valorar con especial cariño la posibilidad de haber estado ahí”.


En 1994, María Sol consiguió su segundo título del Club. Siempre tiró del carro con optimismo y confianza


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Olvidar para no sufrir 
“Cuando decidí dejar el golf en el 2000, me costó mucho; trabajé mucho para olvidar, quise borrar de mi vida al golf. Me costó admitir que no podía jugar más sabiendo que podía llegar tan lejos. Yo no completé un ciclo, físicamente no pude más. Fue muy difícil para mí tomar una decisión aunque no había otra alternativa porque la espalda no me dejaba jugar. Durante mucho tiempo transité por un duro proceso donde no quería hablar ni ver golf; necesitaba reencontrarme como persona, saber quién era, qué iba a ser de mi vida sin el golf. Por mucho tiempo traté de olvidarme de todo, de cortar cualquier contacto con el golf porque no quería seguir sufriendo. Los pocos recuerdos que me quedaron fueron sobre cosas que cambiaron el rumbo de mi carrera. Hay otras que literalmente han desaparecido de mi mente, he borrado mucho de mi vida. Los títulos de Campeona de Tres Arroyos del ‘93 y ‘94 son parte de mí, fueron valiosos, ganar en tu club despierta cosas especiales, pero siendo muy sincera, esas son algunas de las cosas que traté de borrar de mi vida”, dijo resignada.


La pesca, un hobby cercano a la pasión


A 20 años de su retiro y tras un arduo proceso, hoy esa dura etapa está bastante superada. “Es así, por ahí me invitan a jugar acá y algunos hoyos hago; cuando voy a Argentina salimos con mis hermanos y nos matamos de la risa, nos divertimos mucho. No puedo jugar mucho porque nunca me curé, pero si tengo la oportunidad, juego un poquito. Hice las paces con la vida y con el golf…”, reconoció.       


Un finish perfecto para María Sol. El drive y su potencia siempre fueron un elemento determinante en su juego