¿Y si traemos a Soda?
En noviembre de 1990, sin experiencia como productores, un grupo de trabajadores locales reunió los fondos para contratar a la banda más convocante del continente, Soda Stereo. Una idea que a día de hoy parece imposible de replicar
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Por Juan Falcone
El 20 de noviembre de 1990 quedó grabado como un hito absoluto en la memoria cultural de Tres Arroyos. Aquella noche, Soda Stereo hizo vibrar el Gigante de Huracán en pleno auge continental con su "Gira Animal". Sin embargo, el costado más extraordinario de aquel recital no estuvo sobre las tablas, sino en su génesis: una patriada impulsada por 30 personas de “a pie”, que arrancó como un chiste pero siguió con un “¿por qué no?”
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Cerati interpretando De Música Ligera con una galera (Captura de un video del evento mejorada con IA)
Una idea
La semilla de aquella aventura germinó en una mesa de café durante una madrugada cualquiera. Luis Elichiri recordó con precisión aquel momento: “Eso fue entre agosto y septiembre del 90, ya se había publicado el disco Canción Animal y apareció en un diario Clarín de un domingo
Nosotros estábamos con uno de los mozos de El Quijote, con Sergio Alarcón, tomando un café después del cierre del diario. Era de madrugada, no había nadie, él estaba mirando el diario y apareció, junto con el detalle de la gira, que había posibilidades de sumarse porque estaba sponsoreada por firmas comerciales. Dijimos como charla de café: '¿Y si los traemos nosotros acá?'. En el cronograma ya estaba establecido que iban a Mar del Plata y Bahía Blanca, y nosotros estábamos en el medio. Lo dijimos y punto. Pero enseguida le fuimos a preguntar a Liche Kraemer, que seguramente tenía más información. El hecho de contarle a Liche fue el arranque definitivo, porque él se ocupó de todo”.
El contexto del país volvía a la iniciativa una auténtica hazaña, “no era el uno a uno todavía. Era el primer año y medio de Menem previo a la convertibilidad, era una locura económicamente, era un escándalo. No tenía ningún asidero. En realidad fue una locura que se nos haya ocurrido y que lo hayamos hecho”, remarcó Elichiri.
La propuesta consistió en formar un grupo de 30 personas dispuestas a aportar 300 dólares cada una para reunir el anticipo. Ángel Fusaro explicó que la convocatoria fue natural por los ámbitos que frecuentaban: “Nosotros trabajábamos en el diario, algunos en la radio, en El Quijote o en Yamó. Éramos todos del ambiente de la noche prácticamente”. Gargaglione sumó: “Los dos que fueron a firmar a Buenos Aires fueron Luis y Liche Kraemer. Ellos fueron los que pusieron el gancho con los productores oficiales”.
La figura de Liche Kraemer
La figura del recordado locutor y conductor de LU24 Liche Kraemer resultó determinante para abrir las puertas necesarias en la Capital Federal. “Liche traía un montón de música de afuera y de Buenos Aires. En ese momento la radio, el diario y el boca a boca eran las máximas fuentes para enterarse de las cosas. Soda ya estaba con producción propia, se encargaban ellos mismos. Liche se contactó con la gente que conocía, tuvo las precisiones y supimos que había que llevar 9.000 dólares a Buenos Aires para firmar el contrato, y el resto se pagaba acá”, detalló Elichiri.
Gargaglione agregó un dato central respecto al valor del espectáculo: “Salía 15.000 dólares traerlos porque estaba de gira. Si no hubieran estado de gira, salía 25.000 dólares”. Elichiri enfatizó la gravitación del conductor radial: “Yo soy un convencido de que esto se hizo porque estuvo Liche en el medio, que era extraordinario y tenía los contactos. Si no hubiera estado él, no se hubiera hecho. Nosotros fuimos a la productora de Soda a firmar el contrato y él entraba y era Liche, lo conocían todos”.
Fusaro también evocó a su amigo con profunda emoción: “Liche era una persona con un sentido del humor espectacular, todo el mundo lo quería. En mi caso tuve mucha relación porque yo pasaba música y le prestaba los equipos. Tenía una habitación con las cuatro paredes llenas de discos que le mandaban gratis desde las discográficas por su programa”.
El objetivo del grupo fue acercar a la juventud local un evento inalcanzable de otro modo. “Las entradas fueron muy populares. Sacando la cuenta hoy en comparación, no llegaba a 20.000 pesos de ahora por persona. Teníamos una mesita en la confitería El Quijote donde vendíamos entradas de día y de noche. Vendimos unas 2250 entradas, pero los dos últimos días fue cuando se vendió casi todo”, señaló Gargaglione.
A la hora de montar el recital en el Gigante de Huracán, las exigencias técnicas desbordaron por completo las previsiones de un grupo sin experiencia en producción masiva. “Cuando hablé con la gente de Huracán por el lugar, lo primero que me dijeron fue que estábamos locos, porque ese año Mercedes Sosa había venido al Gigante y había ido muy poca gente. Nos preguntaban cómo íbamos a hacer para pagarles”, relató Elichiri.
Las dimensiones del show obligaron a resolver sobre la marcha problemas de gran escala. “El escenario lo traían ellos en dos camiones semi llenos hasta arriba porque acá no había estructura para eso. Nosotros mismos salíamos del diario y nos subíamos al camión para bajar las tablas y ayudar a armar. Además, tuvimos que alquilarle de urgencia un transformador a la CELTA porque no alcanzaba la electricidad del lugar para semejante despliegue de luces y sonido”, recordó Pucho.
Elichiri graficó la inocencia con la que encararon los preparativos: “Llegó el productor técnico a la madrugada, nos pusimos a tomar un café y de todo lo que nos pedía parecía que no teníamos nada. Nosotros teníamos armado el frente del escenario con sillas, como si vinieran Los Chalchaleros. Vino el productor y nos dijo: 'Saquen esas sillas de ahí porque eso es campo'. Nosotros no teníamos ni idea de lo que era un campo en un recital de rock. En el contrato también figuraban cosas que jamás habíamos visto, como una botella de whisky Chivas Regal en el camarín o un teléfono inalámbrico para que ellos pudieran comunicarse con sus familias en Buenos Aires”.
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La noche del show
El 20 de noviembre, el operativo de seguridad recayó íntegramente sobre las espaldas de los propios organizadores. “No teníamos experiencia en nada. No había policías adentro, éramos todos nosotros atajando a la gente. Nos pasaban por arriba y por abajo del escenario. Yo estaba abajo con una cámara queriendo sacar fotos y todos me pedían que los dejara pasar al frente. Les dije que esperaran a que se apagaran las luces y los dejé pasar porque no había forma de contenerlos”, confesó Gargaglione entre risas.
Marcelo Nucera revivió la intensidad de esa jornada desde adentro: “A mí me tocó custodiar el pasillo perimetral técnico entre el grupo y la gente del campo. Para mí es un recuerdo inolvidable porque sentías la energía del público y veías a los músicos con toda su potencia a diez metros. Fue algo único. Si tuviera que actualizar ese espectáculo al presente, creo que sería imposible lo que hicieron los chicos. Destaco la idea que tuvieron y cómo la llevaron a cabo; en la actualidad me parece una cosa imposible e irrepetible”.
Fusaro completó la estampa del impacto que causó en el público: “He visto a chicos lagrimear de la emoción. No es lo mismo ver un recital desde lejos en la cancha de River que tener a Soda Stereo a diez metros en tu propia ciudad”.
Al hacer el balance financiero, las cuentas cerraron con precisión y espíritu solidario. “De 15.000 dólares iniciales terminamos gastando cerca de 27.000 por todos los costos que se sumaron, y recaudamos alrededor de 29.000 o 30.000 dólares. Le donamos 500 dólares a la Escuela Especial 501 y con el resto nos pagamos dos muy buenas parrilladas entre nosotros”, detallaron Elichiri y Gargaglione.
Pese a haber sido los artífices del show, ninguno de ellos conserva una fotografía junto al trío liderado por Gustavo Cerati. “Estábamos tan metidos en cuidar las puertas, los pasillos y que no pasara nada, que ni siquiera nos sacamos una foto. Cuando terminó el recital nos fuimos con Liche a saludarlos y despedirnos al restaurante Tropo, donde ellos estaban cenando, y ese fue nuestro único contacto directo”, admitió Fusaro.
Como reflexión final, Luis Elichiri rescató el valor de animarse y probar aunque se presenten adversidades: “En ese momento había una crisis tremenda, nosotros nos animamos a hacer esto y salió bien. Lo importante, si de algo sirve esta historia, es no quedarse con las ganas y siempre intentarlo”.
El contexto
Para entender la magnitud del suceso, cabe recordar que en noviembre de 1990 Soda Stereo se encontraba en el pináculo de su trayectoria. Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti venían de encadenar el éxito continental de "Signos" y "Doble Vida" con la publicación de "Canción Animal", considerado una de las obras cumbres del rock en español. La banda realizaba una gira histórica por más de treinta ciudades argentinas y latinoamericanas, acompañados por Andrea Álvarez en percusión y Tweety González en teclados.
Arriba del escenario, el recital fue demoledor. Con un repertorio que alternó novedades como "(En) El Séptimo Día", "Hombre al Agua", "Cae el Sol" y el flamante hit "De Música Ligera", la banda cautivó a los miles de fanáticos presentes. Entre las postales más celebradas de la velada quedaron el guiño de Cerati entonando "Tres Arroyos se ve tan susceptible" en "La Ciudad de la Furia", el instante de humor tras un error técnico en "Entre Caníbales" donde Gustavo bromeó diciendo "y pensar que lo ensayamos toda la tarde", y los bises finales donde el líder lució una galera para interpretar una versión ska de "Un Misil en mi Placard", sellando una jornada imborrable para la historia del distrito.

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