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VIERNES 21.06.2024
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Delta

Parte de mi trabajo era patrullar el Delta del Paraná. Mejor dicho: inspeccionar a los adjudicatarios de lotes para forestación. En 6 secciones de islas (desde Tigre hasta San Nicolás, pongamos) el mapa mostraba miles de lotecitos. Ninguno llegó a prosperar. Jamás. 
Por lo demás, bien poco inspeccionábamos. Por falta de fondos y por falta de interés; y pocos adjudicatarios conocí personalmente. Los que conocí, gente paupérrima. En Tigre estaba amarrada la Laida, viejo yate de madera de entre 12 y 16 de eslora; con dos motores Continental que pedían reparaciones a gritos. De tiro llevábamos una Pagliettini Gacelux semicabinada con un Mercury 115. Esa sí era un fierro. Don Angel Brandemann, patrón de a bordo, preparaba “el itinerario” -el Delta es como una telaraña- y allá partíamos por varios días. Marinero incluido, que se me burló porque dije “motor derecho”. De estribor, rectificó entre risas. 
El gran autor -desaparecido, en el mal sentido- Haroldo Conti solía escribir sobre el Delta. Historias de contrabandistas, naufragios, tiroteos con Prefectura, todo con la impronta del conocedor. Con el correr de las páginas fui rememorando ríos y canales por sus nombres, pero -además- apellidos que son de allí. Apellidos de lugareños que obtenían la adjudicación de las tierras que ocupaban, y ahí los cazaba el archivo y -por un error genético- quedaban en mi memoria. Quedaban. Mi memoria me hizo a mí mismo -su dueño- una demostración. De ello hace casi cuarenta años. Vean: 
Si hay algo opuesto a la salvaje vida del Delta profundo sería la paquetísima calle Arroyo de Buenos Aires. Allí estábamos con la -entonces- mi novia, visitando a sus familiares de apellido Pujato. Pujato, pensé. El jefe de familia era un anciano militar, el general Pujato. Reunidos en torno a la mesa se iban desgranando temas familiares de escaso interés para mí. Entonces, dirigiéndome al viejo general, pregunté: “¿Su apellido es Pujato?”. Sí, Pujato. “¿Y usted no tiene una isla en la primera sección del Delta?”. Los ojos del general se iluminaron ¿la conoce? Sólo en el plano. “Tiene forma de portaaviones”, me dijo entusiasmado. “Yo la he recorrido en autogiro”, agregó. Se refería al precursor del moderno helicóptero. Sí, recuerdo los nombres de los adjudicatarios, aún hoy. Algún otro apellido me salta del libro de Conti, que tengo a mano. Jamás esperé que ese Hernan Pujato, islero, no fuese un hombre de alpargatas y boina, de esos que pescan para comer y que obtienen gas natural introduciendo un caño en esa tierra pantanosa. Y fluye metano, el gas de los pantanos. O que cazan una pava de monte para la olla. No, era un militar retirado, que vivía en la calle Arroyo, tan celebrada por Landrú en sus crónicas satíricas. 
Recuerdo que a media hora de navegación el Delta ya se mostraba en su indescriptible magnificencia. Y a dos horas mostraba su soledad, sus carencias absolutas para el colono y las reyertas entre forestadores y ganaderos al estilo de los westerns. Los primeros forestaban, y los segundos armaban incendios para aprovechar los rebrotes. Había alguno -Vasallo, otra gala de mi memoria- que llevaba el Winchester en el recado. Allí se palpaba la otra cara del Delta. También yo tengo mi historia para contar. 
Nuestro jefe -Mario, agrónomo tresarroyense-; Perrone -compañero destacado en Tigre- y el propietario de la única fábrica de cassettes de Argentina andaban recorriendo la (presumo) Cuarta Sección. En el yate del empresario, maquinón de última generación (años 70) con dos motores Falcon marinizados, tanques inoxidables con ventiladores para evacuar los gases (hablamos de nafta) y todo lo que puede tener una máquina de lujo. Creo que los cassettes se hacen con celulosa, de ahí el raid por tierras forestables. 
Al anochecer se detuvieron en una zona de juncos y, sentados en cubierta, comenzaron por beber algo. El propietario observó el entorno, anunció que anclarían un poco más adelante y entró a la timonera. Supongo que el yate estalló en el momento en que el timonel dio contacto. Pero estalló. Todo el montón de litros de nafta estallaron a una. Y lo que quedó fue una inmensa tea. 
“Yo estaba en proa, destapando una botella de vino y salí volando”, me dijo Perrone. Cuando pudo pararse, buscó a Mario. El río estaba incendiado, y ubicó a Mario flotando de espaldas. El fuego le iba llegando, pero Mario con una mano se tomaba de los juncos y conseguía alejarse algo. No tenía demasiada movilidad. La explosión lo tomó muy de cerca. Perrone lo tomó por las axilas y lo arrastró a la orilla. La nave seguía siendo una tea. Incapaz de flotar, la nave se fondeó, pero la profundidad no era mucha, y allí quedó, ardiendo, iluminando la noche. 
Perrone buscó al tercer compañero con la mirada, procurando acercarse. De pronto, como una figura fantasmal apareció incendiado y caminó por la cubierta, hasta tomarse de la baranda. Allí quedó. Ardiendo. 
“Tírese”, repetía Perrone gritando. Al fin, se mandó entre el fuego y le cacheteó la mano con la cual se aferraba. Y el hombre cayó al río. Perrone lo sacó del río incendiado y lo puso junto a Mario. “Qué pasó pibe… qué pasó pibe”. Estaba blanco e hinchado, me contaría Mario luego. Y repetía eso. 
En medio de la nada, de noche, Perrone arrancó por los pajonales sin saber muy bien adonde. Quizá buscara la lucecita de una vivienda. En eso estaba, cuando lo detuvo una patrulla de zapadores pontoneros con asiento en Zárate. Gente dedicada, a la sazón, a la llamada “lucha contra la subversión”; tras escuchar una gran explosión y ver aquel fuego, encararon a Perrone como si fuese lo que llamaban “un subversivo”. Mal. Un subversivo huyendo a campo traviesa con la ropa hecha pelota… y lo patotearon. A Perrone se le fueron los nervios, y gritó: “¿Qué…me vas a pedir documentos?”. Grito va, grito viene, se entendieron y comenzó el salvataje. Zárate sería, creo, Cuarta Sección de Islas. El Far West. 
El empresario entregó su alma allí en el juncal. Mario tuvo varios meses de cama cubierto de vendajes y yesos, de lo cual, finalmente, emergió diez puntos. Buen estado físico y buena esposa. Perrone, de tanto en tanto, caía en La Plata, acompañando a una adjudicataria, a los fines de asesorarla. Aún joven, la señora mediría un metro ochenta, muy bien distribuídos, y combinaba felizmente el sex appeal con el wild appeal, porque ella era de “la isla” y hasta daba un poco de miedo. Sucumbió Perrone, finalmente formaron pareja oficial, sentando domicilio en “la isla” -Perrone se hizo cimarrón- y con un patrimonio que se conformaba con una canoa llamada “No se presta” y algunas cosas más. Cuando a un tipo le atrae una mujer necesita bien poco. 
Y aquí sigo con el libro de Haroldo Conti, veraneante en Claromecó -mecenas mediante- pero con el ADN de “la isla”. Su pluma remite a esa mágica región, muestra su apego por aquellas mansiones verdes. En la página 49 estaba contando que su padre, o el padre de alguien, se lanzó a su última aventura. Planteó un itinerario y -con su perro- se embarcó en el bote y partió. No volvió la primera semana; no volvió la segunda ni la tercera. “Alguien oyó los ladridos del perro, desde el río abierto, y rebotando en la distancia. Era una cosa bastante curiosa que vinieran desde ahí. Luego languidecieron y cesaron…”. Los encontraron. “El viejo y el perro estaban acurrucados en el fondo del bote, como si durmieran”. Apestaban, pobrecillos. 
Cubrieron el bote con unas tablas y siguieron lo que hubiese dicho el finado: “Para la tablazón, viraró. Para la cubierta, petiribí, la teca americana”. Clavaron aguantando la respiración y los enterraron con bote y todo. Allí -y no hace tanto- si un tipo moría en su casa, quedaba acostadito mientras mandaban el aviso a la municipalidad. La lancha de la municipalidad podía tardar tres días. La familia comía y vivía con el difunto ahí. Morir en el bote y ser enterrado en el bote era para isleros. No estuvo mal. 
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