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JUEVES 23.05.2024
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La pelota siempre al «10»

 

 

 

Quienes hayan seguido de cerca los partidos de la Liga Regional Tresaroyense de Fútbol en los últimos 25 a 30 años, seguramente coincidirán en que Marcelo Vázquez fue un jugador distinto, de esos que aparecen muy de vez en cuando. Dueño de una técnica impecable, Cacarito tenía además una gran inteligencia para jugar, muy vivo para manejar las situaciones. Y poseía también una suerte de sexto sentido para ganar siempre de cabeza, pese a contar con un físico diminuto y baja estatura. Esas características hicieron que dejase huella en los equipos por los que pasó, Quilmes, Echegoyen y Claromecó. En todos fue figura y salió campeón. Pero fue sin dudas el Cervecero con el que más se lo identifica. Por eso Quilmes le hizo el fin de semana pasado un merecido y acaso postergado homenaje.

En el marco de la Copa Orfel Fontán, Cacarito formó parte del primer equipo en dos partidos, jugando varios minutos en cada encuentro, y por un título, es decir, en serio, no en un amistoso. Pese a la notoria diferencia de edades con el resto de los jugadores, no desentonó. Si bien no abandonó nunca la práctica del fútbol (ahora juega en la Liga de Veteranos), jugó en primera luego de varios años, y prácticamente no se notó la diferencia. El aplauso no se hizo esperar, desde todos los costados recibió el reconocimiento.

A una semana del homenaje, ya más tranquilo, Vázquez recordó esos momentos inolvidables, y repasó toda su carrera, que ahora lo tiene como entrenador del Recreativo Claromecó.

 

– ¿Cómo viste el homenaje que te hizo Quilmes?

– Bárbaro, la verdad que no lo esperaba. Lo que se vivió el fin de semana fue muy lindo, emotivo. Me encontré con gente que hace mucho no me encontraba. Fue en Quilmes, el club que quiero, donde me formé, donde me conoce la mayoría. Muy contento y feliz por los momentos que pasé. El sábado jugué 60 minutos, y el lunes también jugué 45 minutos. Hablé con Omar (Espinal), que preguntó cómo estaba, y la verdad es que tenía muchas ganas de jugar, por eso pedí hacerlo de entrada.

 

– Nunca dejaste de jugar

– Todos los sábados sigo jugando en la Liga de Veteranos. Pero al margen de eso, esto no era un partido homenaje, era un campeonato, una copa. Es decir, que todos querían ganar, no es que era un amistoso donde no se golpea ni nada, era en serio. Al principio estaba nervioso, porque no sabía si iba a poder mantener el ritmo de los chicos. Yo era el primero que quería ganar, y la verdad, me sentí muy feliz por vivir todo eso.

 

– ¿Dónde naciste futbolísticamente?

– Yo era de Mar del Plata, por eso empecé en el Club Nación de allí. Después, por diferentes motivos laborales, mi familia se trasladó a Tres Arroyos cuando yo tenía 15 años. No quería jugar más al fútbol, porque en realidad yo no quería irme de Mar del Plata, entonces jugaba al tenis y al hockey sobre césped, en Costa Sud. Enfrente de mi casa vivía Julio Garrido, que en ese momento jugaba en la primera de Quilmes. Julio me insistía en ir a Quilmes, pero yo decía que no, que no iba a jugar más al fútbol. Hasta que un día me convenció, fui a Quilmes y ahí ya me quedé, me gustó, el trato con la gente, me hice de amigos y no me fui más. Era el año ´86.

 

– ¿Comenzaste en Séptima?

– Sí, en Séptima. En Nación había hecho baby fútbol, y todas las inferiores hasta llegar a Cuarta. En Quilmes arranqué en Séptima y la primera citación que tuve era para jugar en Cascallares, el técnico era Bulzoni. Yo no conocía, no sabía dónde quedaba. En Mar del Plata todos los partidos eran dentro de la ciudad, uno nunca iba a jugar afuera, por eso siempre lo recuerdo.

 

– ¿Cuánto tiempo en inferiores?

– Poco, porque a fines de ese año se dio que Quilmes tenía dos partidos postergados, el técnico de Primera era Adolfo Luna. Había que jugar contra Garmense en De la Garma y contra Independencia en Chaves. Faltaban jugadores para formar el equipo titular, entonces Luna me citó para jugar con la Primera. Yo no lo podía creer, ni siquiera había jugado en Tercera. Fuimos varios chicos de inferiores a completar el equipo. Luego estuve un par de veces en el banco en el 87 donde Quilmes sale campeón. Y en el 88 debuté oficialmente, el técnico era Eduardo Kohly, que también era jugador. Pero en eso me tocó el Servicio Militar, un fin de semana que me largaron volví y quería jugar, fui el entrenamiento el sábado a la mañana, mi intención era jugar aunque sea un rato en Tercera. Cuando Kohly da la lista, yo no estaba en Tercera, estaba en Primera. Estaba citado para el domingo al mediodía, en ese momento el plantel almorzaba en el City Hotel, que era de Cacho Amestoy, un gran dirigente. A los 15 minutos del primer tiempo se lesiona Murro, que era el volante central. Entonces Kohly me dice que era mi oportunidad, Eduardo también era volante central, lo lógico era que entrase él, pero prefirió ponerme a mí, corrió el equipo y pude entrar yo, cuando el cambio en realidad era él. Quedé muy agradecido por esa oportunidad.

 

– Entraste en una época donde el fútbol de Tres Arroyos era semi profesional, con equipos que se reforzaban con jugadores de afuera

– Yo digo siempre que si bien no me tocó jugar a nivel profesional, lo pude hacer con los mejores de esa época. En Quilmes, en Huracán, en Boca, en El Nacional, San Martín de Chaves, en Alumni, habían traído jugadores  de afuera, tenían equipos bárbaros. Pasé la mejor época del fútbol de Tres Arroyos y yo tuve la suerte de estar ahí y de jugar. Fueron cuatro o cinco años casi profesionales. Un colectivo nos pasaba a buscar por la puerta de nuestras casas, lo único que había que llevar era el toallón y las ojotas, el resto te lo daba el club. Ibamos a entrenamiento, y el viernes concentrábamos para jugar el domingo en el City Hotel. Teníamos el doctor encima, baños de inmersión, desayunábamos en El Quijote, un trabajo profesional. Fue una época hermosa, con grandes jugadores. Por ejemplo, estaba Antonio Ruberto, que lo había traído Boca y después jugó una Liguilla con nosotros en Quilmes. Muchos recuerdan aquel partido de noche en cancha de El Nacional frente a San Martín, donde Ruberto hizo un golazo de tiro libre por arriba de la barrera. Dos años después, Ruberto estaba jugando Copa Libertadores en Olimpia de Paraguay, ése era el nivel que teníamos en Tres Arroyos en esa época.

 

– ¿Cómo siguió tu carrera?

– En el año 91 llega como técnico Horacio Rubén Galletti. Cuando ve el equipo dice que se iba a quedar con el arquero, que era Sergio Amestoy, con Boby Coronel y con Carlitos Bassi, que era polifuncional. Después, quería traer todos jugadores nuevos. Los dirigentes le preguntaron por mi, le dijeron «¿no se va a quedar con el chiquito ése?», y él dijo que necesitaba hombres y no chicos para ganar el campeonato. Medio me enojé, y le dije al doctor Fontán que me iba, que me diese el pase. Él me dijo que no, que me quedara que iba a tener mi oportunidad. Me quedé, pero vino un colectivo con 27 jugadores, de todos lados, pensé que nunca iba a poder jugar. Pero al arrancar el torneo no habían llegado los transfers de los jugadores de afuera, entonces empecé de titular. Al tercer partido, ya con todos los jugadores incorporados, Galletti me dice que yo le había rendido mucho, pero que él tenía que respetar lo que había dicho al principio y que tenía que poner a los jugadores que había pedido, que eran también los que más dinero cobraban. En mi puesto jugaba el Chiqui Diosque, pero a los tres o cuatro partidos, la gente me pidió a mí, y volví. Después tuve una relación bárbara con Galletti, y me quedó para siempre eso que me dijo, de mantener la palabra. Justamente Galletti me llamó para felicitarme por el homenaje que me hizo Quilmes.

 

– Más entrados los años 90 llegó aquel recordado equipo con Mario Epherra

– En el 92 salimos campeones con Carlitos Mastrángelo. Después empezamos con Mario, que recién se retiraba, venía de varias lesiones. Él tenía un taller en Avenida Moreno, cerca del complejo, que era la parada obligada de todos los jugadores, se hablaba todo el día de fútbol. Con Mario como técnico se hicieron campañas bárbaras. Ahí se empezó a trabajar más con las inferiores, ya no se traían tantos jugadores de afuera.

 

– ¿Jugaste torneos regionales?

– Sí, jugué dos con Quilmes, y uno estuve en Boca, donde me llevaron y no alcancé a jugar. Estaba mirando el otro día un partido que jugamos en cancha de Olimpo de Bahía ante Villa Mitre, donde jugaba Omar De Felippe. Jugué contra Rivadavia de Necochea, Sarmiento de Pigüé, pero era una época donde los equipos de Tres Arroyos no llegaban a pasar la primera rueda. Les pasaba a todos, armaban equipos bárbaros, pero estaba ese karma de no pasar de ronda. Eran partidos durísimos, donde había que ser muy habilidoso mentalmente. Por ahí te pegaban una trompada, y nadie cobraba nada.

 

– ¿Cómo se dio venir a vivir a Claromecó?

– Fue en el año 99, el último que jugué en Quilmes. Me estaban debiendo una plata, y me quedé sin trabajo. Hablé con el Cuto Moreno, que estaba en la Comisión de Fútbol, para ver si podía cobrar ese dinero. Ya tenía una familia, mi esposa y una nena, ya no era solo. Mi suegro había vendido una quinta que tenía, y le pagaron con una casa en Tres Arroyos y una en Claromecó. Entonces me dijo que me viniera a Claromecó y que ponga una verdulería, porque la casa tenía un salón adelante, en Avenida 26. El Cuto Moreno me consiguió la plata que me debían en Quilmes, y me fui a Buenos Aires, y traje un camión lleno de fruta y verdura, e instalé la verdulería, inauguré el 21 de diciembre de 1999. Me fue bien, al año siguiente se instaló mi señora que todavía estaba en Tres Arroyos con un trabajo. Mario Epherra, que era mi amigo, ya vivía acá también, así que me fui haciendo amigos y conocidos y ya no me quise ir. La verdulería cerró y después trabajé con Mario en una lancha, saliendo a pescar. Mi señora volvió a quedar embarazada, y ya no nos fuimos más.

 

– Un par de años después jugaste en Echegoyen, en aquel recordado equipo que logró el ascenso

– Claro, Pablo y Rubén Julián habían ido a Echegoyen, y convencieron a los dirigentes para que me lleven a mí también. Teníamos un equipo bárbaro, pero venía con el problema de muchos años que no se podía ascender. Sabíamos que el campeonato no se nos podía escapar, pero los dirigentes nos hacían dudar, nos decían que había que esperar hasta el final, porque ya había pasado antes que no se lograba el ascenso, pero nosotros sabíamos que ese torneo era nuestro. Una gente bárbara la de Bellocq, fue un año espectacular, y ellos se merecían ese campeonato por todo lo que habían trabajado durante tantos años.

 

– En el partido del ascenso ante Olimpo, metiste un gol bárbaro de media chilena

– Sí, a medida que me fui haciendo grande empecé a hacer más goles. Al principio no hacía tantos goles, después me animé un poco más. Fui muy feliz en aquel partido, por ese ascenso, uno le veía la cara a la gente de Bellocq, que no lo podía creer, que después de tanto sacrificio al fin se daba. Es lo mismo que puede llegar a pasar acá en Claromecó si logramos el ascenso, que es la cuenta pendiente que tengo.

 

– Y después volviste a jugar, pero  en Claromecó, en el año 2007, donde se obtiene el Torneo Apertura del que hace poco se cumplieron 10 años

– Fue por Mario Epherra, que me llamó para dar una mano. Yo tenía la idea de colaborar pero como dirigente, pero Mario me convenció para jugar. Era un equipo donde la mayoría hacía varios años que no jugaba, algunos no habían hecho inferiores, arrancaban en ese momento. Pero había mucho entusiasmo, de los jugadores, dirigentes, de la gente. La verdad es que desearía volver a jugar esos partidos, porque el ascenso se nos escapó por muy poquito, y creo que era el momento justo. Creo que se supo entender desde el principio lo que quería Mario, además era un grupo de amigos, donde todos sabíamos que íbamos para adelante por el mismo objetivo. Me quedó la sangre en el ojo por llegar a primera con ese equipo.

 

– En la final del Apertura con San Martín no pudiste jugar

– No, porque venía con un problema en la rodilla. Era una lesión vieja de meniscos, y nunca me había querido operar. Entonces por ahí se me trababa la rodilla, justo esa semana anterior me pasó eso y no pude jugar la final. Yo los cargaba a los chicos, les decía que los había traído hasta acá, y que ahora les tocaba a ellos. Pero uno sabía que ese equipo era especial, que cualquiera que entrase iba a jugar, porque había una mentalidad tremenda. Era un equipo que sabía exactamente lo que quería, cada uno sabía lo que tenía que hacer y cuáles eran las limitaciones.

 

– Y en la final del año por el ascenso también se estuvo muy cerca. Claromecó comenzó ganando, con un gol a los pocos minutos

– Sí, empezamos ganando en Chaves, tranquilos, estuvimos para hacer el segundo gol. Los perdonamos y nos ganaron ellos. Y en el segundo partido entramos muy confiados, demasiado creo yo. Hubo un tiro libre, con una avivada de Marcos López que no pidió barrera. Yo le digo siempre a los chicos que al margen de jugar al fútbol, hay que ser vivos. Y nos pasó eso, nos dormimos en el peor momento.

 

– ¿Cómo te convertiste en técnico?

– No lo tenía pensado. Hace dos años cuando se formó esta subcomisión de fútbol de Claromecó me llamaron para dirigir. Yo quería ser colaborador, pero llegado el momento no había técnico y me convencieron para asumir. Me parecía que me faltaban y todavía me faltan muchas cosas para ser técnico. Pero me gustó y ahora estoy todos los días tratando de aprender algo. Contento por lo que es la gente de Claromecó, por esta subcomisión que trabaja muy bien. Esperemos dar lo mejor, los jugadores lo merecen, se matan por entrenar y jugar y nadie cobra nada. Algunos entran a pescar, otros son albañiles, hacen horas corridas para venir a entrenar, un gran sacrificio. Por eso dio también que tampoco uno los puede reprochar o exigir como si fuesen profesionales, si alguno falta a entrenar porque tiene que trabajar, no le puedo decir nada. Hay que saber manejar un grupo cuando nadie cobra. Son chicos bárbaros, sin maldad, chicos buenos, estoy muy contento con este plantel que dirijo.

 

– Se ve que como técnico que te interesa mantener el orden

– Segunda División es muy difícil. Entonces el ritmo a veces te lleva a pegarle para arriba, a amontonarse. Hay que ser tranquilos, pacientes, si tenemos la pelota finalmente algo podremos lograr. A veces sale y a veces no. Y cualquiera de estos chicos que juegan en Claromecó lo pueden hacer tranquilamente en Primera. Lo vi el otro día en los partidos en Quilmes, yo pensaba que si estuviese algunos de los jugadores que tengo, ninguno desentonaría para nada.

 

– ¿Cómo hacías para ganar siempre de arriba siendo de baja estatura?

– Con mi físico siempre me costó ganar de arriba. Entonces fui mejorando y pensando en cómo hacer, con un marcador que siempre era más alto que yo. Decidí que tenía que ir a buscar la pelota antes de que venga. Yo siempre le digo a los chicos, que se pongan un metro o dos más atrás. Veo que son muy pocos los que van a buscar la pelota, casi todos la esperan. Atacar la pelota es más fácil para ganar de cabeza, hay que practicarlo mucho.

 

– ¿Qué técnicos te marcaron?

– Todos me han dejado algo. El primero en inferiores que tuve en Mar del Plata fue Jorge Piyul, él me enseñó a no protestar contra un compañero, a alentarlo siempre para que estuviera bien. Galletti también me dejó muchas cosas, Kohly lo mismo. Y con Mario Epherra fuimos muy amigos, donde aprendimos a separar las cosas. Yo nunca le dije a quien poner en el equipo, también sabía que si me tenía que sacar lo iba a hacer. Me marcó en la amistad y también como técnico, un tipo espectacular, hasta el día de hoy lo extraño, me pone mal que no esté.

 

– ¿Y en el fútbol nacional e internacional con quién te sentís reflejado?

– Creo que Marcelo Gallardo es muy serio, no vende nada que no es. Muchas veces uno se da cuenta cuando un técnico está vendiendo humo. Tampoco he seguido mucho la campaña completa de Sampaoli, pero también lo veo bien, esperemos que con la Selección le vaya bien.

 

– La última, ¿por qué Cacarito?

– Mi abuelo era canchero de Costa Sud, en el tenis. Yo vivía en Mar del Plata y todos los veranos en las vacaciones me venía con mi abuelo. De muy chiquito yo le decía Cacarito a él. Entonces mi abuelo empezó a decirme Cacarito a mí. No sé por qué ni de dónde salió. Cuando ya me vine a Tres Arroyos a vivir que empecé en Quilmes, hubo un chico en Tercera División que era Pinella, que había estado en Costa Sud, y empezó a decirme Cacarito delante de todos. Hasta ese momento me decían Vasquecito, porque era chiquito. Y ahí quedó para siempre, Cacarito. De hecho si alguien me dice Marcelo no me doy vuelta.

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