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Tres Arroyos, SÁBADO 20.04.2024
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Jóvenes cronistas

Desde la materia Prácticas del Lenguaje, el profesor Javier Oroquietta les propuso a los estudiantes de 3º año del nivel secundario del Colegio Jesús Adolescente, la redacción de una crónica periodística, teniendo en cuenta los aspectos de la misma trabajados en clase. Para poder llevarla a cabo, cada uno de ellos debió realizar investigaciones, entrevistas y la puesta en palabra de sus propias apreciaciones. El lector se encontrará con diversos textos de interés general (deportes, viajes, lugares y personajes de nuestra ciudad y la zona) atravesados por una mirada poética y emotiva. Cada miércoles y domingo compartiremos estas producciones para que descubran nuevas formas de conocer la realidad


El empate que fue un triunfo 

Por Ir de 3º A
 
Ya afuera del campo se podía apreciar las emociones de todos los hinchas mediante las canciones, aunque su equipo estuviera perdiendo. Los fanáticos tenían corazones apasionados y nunca cesaron su canción.
 
La cancha era grande, pero a su vez también se veía chica. Predominaban los colores verdes y amarillos como un campo de colza. Ese día era muy soleado, pero también (copaban el lugar) el negro y el blanco que le pertenecían a las camisetas de los jugadores y sus fanáticos.
 
 Ya adentro de la cancha se podía apreciar a los jugadores, a los directores técnicos de sus respectivos equipos y los fanáticos de estos. El partido se trataba de Olimpo contra El Nacional. El fulgor de sus equipos, una radiante sinfonía de triunfos, ahora se desvanece como el sabor apagado de un amanecer sin colores. Poder ganar este partido, aunque no fuera la gran cosa, podría alegrar a sus aficionados.
 
El partido iba 2 a favor de Olimpo y 0 El Nacional, todos pensábamos que el ganador iba a ser el equipo de las camisetas blancas y a pesar de todo esto los fanáticos de El Nacional nunca dejaron de cantar. Antes solían ser reconocidos por tener la hinchada más presente, porque los inquebrantables fanáticos, en su arrolladora pasión, tejen un canto perpetuo que se funde en colores y notas.
 
Algo pasó, los delanteros del equipo perdedor se aventuraron en una dolorosa proximidad al arco, donde la ilusión chocaba con la desesperanza. Y por un gol de rebote que no quedó muy claro, ya que estaba del otro lado de la cancha, se hizo un gol y apareció la esperanza a los fanáticos del amarillo y negro.
 
 Se acabó el primer tiempo. Los hinchas de El Nacional cantaban aún más molestando a los hinchas de Olimpo. La ira brotó en aquellos últimos y para hacerles pelea también empezaron a cantar, aunque sin poder superar a los fanáticos del equipo perdedor.
 
Durante el receso estuve observando a las personas alrededor y todas tenían algo en común, tomaban mate, se levantaban a trabajar de lunes a viernes, pero había algo que los unía: la emoción de ver a su equipo triunfar. Después de atravesar un árido desierto de derrotas, finalmente encontraron el manantial que los llevaría de regreso a los prados dorados de su gloria pasada.
 
Empieza el segundo tiempo y estuvo lleno de disputas, gritos y sobre todo canciones. Ahora los jugadores de la remera amarilla y negra se veían con más confianza y con obvias ganas de ganar. Los jugadores de Olimpo se veían incómodos desde el comienzo. El pitido inicial del partido desató una danza caótica, donde las cosas tomaron vida propia.
 
Hubo choques e incitaciones entre los jugadores y muchas quejas por parte de los hinchas de ambos equipos. Y ahí es cuando se realiza el segundo gol por parte de El Nacional. La tribuna estalló de gente gritando “gol” o cantando aún más. El partido se estaba poniendo tenso, porque sabían que se iban al descenso.
 
Un señor estaba tan eufórico que su piel se convertía poco a poco en color tomate, mientras le gritaba al árbitro al unísono que movía sus brazos. Pero sabía algo. Sabía que se acabaría. Sabía que se terminaría el partido. Sabía que no iba a haber desempate. Y eso fue lo que sucedió, el partido había terminado y ninguno fue el vencedor.
 
Fue un evento emocionante y competitivo. Ambos equipos demostraron habilidad y determinación en el campo, brindando a los aficionados un espectáculo lleno de acción y momentos destacados, como cuando arrojaron la pelota a la tribuna y se la quedó un hincha. Ambos equipos mostraron un rendimiento similar y aunque no lograron convertir la cantidad suficiente de goles para obtener la victoria, fue impresionante ver cómo un equipo de estar perdiendo pasó a estar igual que el contrario.


Un hombre, mil pensamientos

 
Por M Race de 3º B
 
Pensamos que nos habíamos perdido y que habíamos tomado el camino equivocado. Perdices, cabritos, caballos flacos y embarrados, peludos y uno que otro galgo desnutrido que corría a la par del vehículo por algunos segundos, hasta alcanzar el agotamiento, nos rodeaban en la calle de tierra junto a los matorrales y a las vías abandonadas, de lo que alguna vez habría sido la alegría y el motivo de existencia del pueblo. Justo en el instante que Enrique, mi padre, tomaba el volante con las dos manos y comenzaba a poner reversa en los cambios, se detuvo. Antes de poder preguntarme, señaló a través del vidrio frontal. A lo largo de la punta de su dedo índice se encontraba la cúspide roja de una estructura que aparentemente estaba abandonada. No era el camino equivocado.
 
Unos metros más y apareció el cartel de chapa desgastada, que te hacía pensar que si te llegabas a cortar con la punta te agarraba tétanos. Decía “San Mayol” en letras rojas. En la entrada se abrían tres caminos, derecha, izquierda o de frente. Elegimos la tercera opción. La primera casa que nos encontramos parecía más una chatarrería, estaba llena de partes de autos viejos, dos tapas de inodoros, dos o tres ositos de peluches. La puerta estaba partida a la mitad. Dos gallinas y un gallo la vigilaban, era digna de una película de terror, daba miedo.
 
La decepción comenzó a surgir y la angustia de haber desperdiciado el día del padre en un lugar abandonado, que no valía la pena, se agrandó. Más de cuatro lotes alambrados con diversas plantaciones, un molino, dos cosechadoras, una casa de barro. Y de repente, a la derecha, aparecieron cuatro casas altas que parecían que el himno hubiera sido cantado por primera vez ahí adentro. La esperanza reapareció.
 
 La estructura blanca verdosa se dio a conocer, atrás de un rancho se encontraba esta iglesia que parecía abandonada, con sus escasas ventanas aparentemente cerradas, circulares y rectangulares. Una puerta ancha de madera oscura y sucia con una rendija para insertar una llave, sin picaporte. El ansia se hizo lugar. Toc-toc, nadie contestó y el ojo se posó sobre la rendija. Una iglesia hermosa, la verdadera definición de no juzgar un libro por su portada. Lirios ubicados en la orilla de los bancos, la mesa de mármol con el mantel blanco, simplemente bello.
 
Unos metros antes, se encontraba una pequeña casita, alambrada, con un patio lleno de hojas amarrillas, naranjas y rojas distribuidas por el suelo, mientras un hombre, de baja estatura y con un gorrito azul, intentaba sacarlas con un rastrillo que sobrepasaba su tamaño. “Hola buenas, ¿cómo andan? ¿Bien?”. Saludos educados al acercarse al hombre. “Bien, gracias a Dios”. Una respuesta poco inusual para un señor de aparentes 80 años. Era de Tres Arroyos. Un gran intrigante era la cantidad de habitantes. “Somos 42, pero vine hace 5 días y somos 43”, lo dijo riéndose, como si hubiese contado uno de los mejores chistes. Una risa bastante reconfortante, que te daban ganas de reírte con él y te hacia sonreír.
 
Su soledad fue el principal tema de conversación. “Tengo ganas de charlar, pero nunca encuentro a nadie”, un comentario que no podía ser pasado por alto. Con una pizca de curiosidad, sus ojos reflejaron una nostalgia. Contó cómo toda su vida se trataba del campo, tanto tiempo trabajando en él. “Estuve 52 años yendo al mismo laburo”. Su tono era como si estuviera enojado y quisiera reprocharle a la vida sobre su sufrimiento. “Es que la vida pasa tan ligero, se hace demasiado corta”, un verdadero pensamiento de un hombre de 78 años que vive solo.
 
 “No tengo ningún secreto” resonaron sus palabras en el callado patio, las gallinas comenzaron a cacarear. “¡Che, cállense!”. El señor les gritó como si fueran sus hijas que se estaban peleando. El día anterior había sido el aniversario de la iglesia, 90 años, y también la primera vez que él había entrado, desde que había llegado. Vivía en la casa de un amigo que le había “dado un permiso” para quedarse allí. “Cuando nacemos para laburar, nacemos para laburar”. Parecía que su vida giraba en torno a su oficio.
 
“Tengo las caderas que no dan más, el brazo este se me quebró, y me lo curé yo solo nomás, porque yo me caí de seis metros, me rompí las muñecas, pero supongo que me habré golpeado la cabeza también”, como si fuera lo más normal del mundo. Contó su amor por la lectura, que siempre lo acompañaba en la soledad del campo. “Leyendo siempre se aprende, por eso tengo el cerebro tan grande, me siento un diccionario y aparte te limpia los pecados”. Parecía que quería continuar la conversación, pero llegó la hora del almuerzo.
 
Fue un viaje corto que estuvo lleno de reflexiones sobre la vida y el trabajo. ¿Verdaderamente vale la pena trabajar toda tu vida para alguien, si luego te vas a arrepentir de no haber vivido plenamente? Como un pequeño retiro espiritual para replantearnos las decisiones tomadas o a tomar. Un pueblo pequeño, un solo hombre lleno de opiniones sobre todo y con muchas ganas de compartirlas.


Fractalito

Por Lapsus Calami de 3º A
 
 

 



Es difícil dar una definición clara y asequible para todos de lo que es un fractal, pero podemos decir que muchos de ellos son objetos cuya estructura se repite a diferentes escalas, es decir, tienen la propiedad de la autosimilitud (una figura geométrica es autosímil, si al ver una de sus partes con lupa reconocemos la forma de toda la figura de nuevo).
 
La palabra “fractal” proviene del latín “fractus”, que significa “fragmentado”, “fracturado”, o simplemente “roto” o “quebrado”. Es un objeto cuya estructura se repite a diferentes escalas. El término fue acuñado en 1977 por Benoît Mandelbrot, un matemático polaco nacionalizado francés y estadounidense.
 
Un ejemplo serían las ramas de los árboles: se bifurcan y se bifurcan nuevamente, repitiendo ese simple proceso una y otra vez a escalas cada vez más pequeñas; otro ejemplo, el brócoli romanesco: su estructura general está compuesta por una serie de conos repetidos a escalas cada vez más pequeñas.
 
Mandelbrot se dio cuenta de que la autosimilitud era la base de un tipo completamente nuevo de geometría… es a eso a lo que le dio el nombre de fractal, y es a eso a lo que a veces se le llama «la huella digital de Dios».
 
Por otro lado, el Peyote es un pequeño cactus sin espinas que contiene el compuesto psicotrópico mescalina. El consumo de mescalina por parte de los indígenas americanos se puede remontar a al menos 5.500 años atrás, posiblemente más. La mescalina es un alucinógeno que puede producir estados de consciencia radicalmente alterados.
 
Carlos Castañeda, en uno de sus libros, “Las enseñanzas de Don Juan”, se refiere cariñosamente al espíritu del cactus Peyote con el concepto de Mescalito. Según Don Juan, Mescalito es un protector y un maestro. Es un protector para aquellos que «le gustan» aunque también daña a cierta gente porque «lo buscan con la idea de sacar provecho sin trabajar», para aquellas personas que carecen de un aliado. Mescalito puede cumplir una función de protección viendo que nada malo le pase a uno.
 
“Fractalito”, una mezcla que surge de la fusión de dos términos: “Fractal” y “Mescalito”. Este es el término que, para autodefinirse, utiliza Sebastián, quien “está acompañado” por ese espíritu del cactus, y que, de infinitas facetas se comprende, al igual que un fractal, en las que, si se les hace “zoom”, podría reconocerse a su persona, como si fuera la figura.
 
 Lunes 26 de junio, a las 6 de la tarde, una chica se acerca y dice: “Seba está adentro, pasá”. La puerta se abre y sale un hombre con casi toda la cabeza rapada, salvo una parte, un “mechón”, atrás, donde tiene una trenza. Al entrar a la casa, hay que sacarse el calzado, porque está todo el piso alfombrado. Para que no se ensucie, se anda descalzo.
 
Desde que se entra a la casa, se puede respirar el suave aroma de música. Hay una sala, donde se puede sentir el espíritu que esta emana, que genera una sensación de tranquilidad… Él vive entre los instrumentos, entre lo que le gusta, entre toda esa energía del espíritu musical.
 
Su casa, es lo que más se asimila a un hogar. No tenía nada demasiado sofisticado ni súper especial ni extravagante. Simplemente, la sencillez; la sencillez de vivir entre lo que le gusta. Repleta de instrumentos, algunos metálicos… pero tan acogedora. Esa sensación al entrar de que es lo que es y no hay nada más… esa sensación tan inspiradora que te despierta. Pero inefable.
 
 “Soy músico. Hago música”.
 
Muchas personas lo podrían conocer por ser músico, por tener varios proyectos en los que combina disciplinas y otras cuestiones para componer y todo lo que comprende a aquel rubro, como, por ejemplo, las matemáticas. Pero, detrás de esto hay muchos otros intereses ocultos, como ciencias, mística, filosofía, entre otros.
 
“Me gusta todo esto porque busco la felicidad”. Es una persona que hace las cosas que lo pongan contento y estar bien, conforme, pleno.
 
Él compone su propia música. Cuando compone, mezcla; une frecuencias, porque dice que “la frecuencia cura, despierta”.
 
Bradbury, en uno de sus libros, hace referencia a una civilización que encuentra el camino y el sentido de la vida al fusionar el arte, la ciencia y la religión. Sebastián, al componer, intenta utilizarlos como componentes para su música. Diferentes partes que forman un todo. “Hago música métrica. Calculo la proporción áurea de los temas. Yo creo que la respuesta es la música, las vibraciones. Todo vibra, todo es frecuencia”. Además, gracias a esto, tiene una percepción de la vida muy interesante, que tal vez nos podría dar un indicio de que el camino de cómo vivir la vida es por ahí.
 
Sin embargo, la música y el hecho de que sea músico y todos los proyectos que tiene no son lo único interesante. Tal como uno de los términos que fusionó, creando “Fractalito”, el fractal, debido a su infinitud de facetas que conforman su persona, tiene un montón de cuestiones que lo forman, como por ejemplo, una filosofía de vida muy interesante, que le permite verla de otra manera. Esta percepción, resulta muy inspiradora, por lo que estaría muy bueno que muchas personas puedan conocerla.
 
La vida… algo tan cotidiano, pero tan misterioso al mismo tiempo. Algo que la biología y otras ciencias podrían explicar como un ciclo sencillísimo; nacer, respirar, desarrollarse, procrear, evolucionar, morir… Algo tan común que todos tenemos. Pero, es, a su vez, algo tan incomprendido… ¿cuál es el sentido de vivir? ¿por qué estamos acá? ¿cuál es nuestro propósito? ¿qué pasa después de la muerte? Necesitamos respuestas, lo sentimos. Creemos que obtener las respuestas a estas preguntas nos solucionaría todos los problemas, nos haría felices y entenderíamos nuestro propósito. Es algo que nos atraviesa como comunidad, como humanos. Probablemente, pensemos que estos son interrogantes que todos tienen y no es posible hallar una respuesta…
 
 Pero, recostado sobre su espalda, observando pacíficamente el techo, Sebastián dijo: “La vida es frecuencia. Todo está vibrando. Si existe, vibra. Hay distintos grados de consciencia, pero somos, simplemente, moléculas reorganizadas. Un conjunto de elementos agrupados de diferentes formas que vibran en diferentes frecuencias”.
 
Tan complicado que parece… esta sencilla afirmación aparenta ser algo que podría despejar y aclarar bastantes dudas, y puede hacer que se comprenda que todo es mucho más sencillo de lo que se piensa. El parece tener un secreto para la felicidad, la plenitud y el entendimiento. Y, aparentemente, le funciona de maravillas…
 
“A veces, no entender, es haberlo entendido. Se genera una dualidad en aceptar que hay cosas que no se pueden entender, ya que, al no entender, estás entendiendo; entendiendo que no se puede entender”.
 
Tal vez, lo importante en esta vida no es entender cómo es la vida o cómo surgió, sino que es entender qué hacer con esta, qué aportar como ser, ser humano. “Lo importante, es hacer lo que te gusta; aceptar que hay cosas que se escapan de uno, comprender que hay cosas que no podemos comprender. Así seremos felices y sentiremos a su vez, gratitud y responsabilidad, porque vas a sentir que estás haciendo lo que viniste a hacer. Este es mi propósito. Esto es lo que tengo que hacer con mi vida, así es como debo vivir la vida.”
 
 Es una persona llena de conocimientos empíricos, repleta de sabiduría que debería compartirse: “Somos parte de un todo infinito. A eso le puedo poner el nombre de Dios. No veo mucho mérito en creer. Creer encapsula la mente y se pierde la posibilidad de hallar la esencia y ser libre. Me gusta sentirme libre; todos deben sentirse libres. No se debe encapsular la mente en una creencia, que te impida ver más allá. Uno debe ser espectador, no creyente. Tener experiencia, eso le da peso a la palabra certeza, lo que te da tranquilidad, aceptación. No discutís. No está bueno discutir y es muy cautivable perder la razón, perder el juicio”.
 
Generalmente, nuestra vida se basa en preguntas y cuestiones imposibles. Querer comprender lo incomprensible. Querer que nuestra razón llegue mucho más allá de lo que podría llegar. Todo esto para intentar conocer más cosas y asuntos y, tal vez, algún día, hallar el secreto para llegar a la felicidad. Pero, quizá debamos entender que esto no nos hará felices y comprender todo lo que creemos incomprensible. Debemos vivir el día a día, el presente, compartir nuestra vida y aportar algo como seres humanos con lo que queremos hacer, con lo que nos gusta, porque ahí reside la cuestión: seremos felices si hacemos lo que nos gusta y aportamos algo que deje “nuestra huella”… como sentir: “soy un ser infinitesimal en este universo; pero hice esto”, vivir el presente con las demás personas, ayudándolas a hallar su felicidad y aceptar que nuestra razón no lo puede todo, que algunas cuestiones se escapan de nosotros.
 
Transcurrido un largo rato desde las 18 horas, le pregunto:
-¿Qué más podrías contarme?
 
-Por ahora, nada más. Eso es todo por el momento… ¿Jugamos al ajedrez?
 
-Dale.
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